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Material para mi clase de Comunicación y Globalización

estimados y estimadas.

la idea es que bajen el libro, “Inteligencia Colectiva”, de Pierre Levy, y lo lean con atención.

puntos que son importantes para la clase:

* La comprensión de lo que es la Inteligencia Colectiva (IC)

* La comprensión de los cambios en la mediásfera, y las características de cada una de sus fases.

* La comprensión de lo que implica para las empresas crear cultura a través de redes tecnológicas, mundos mediáticos y simbólicos, y lo que conlleva para las audiencias, el consumo.

* Lo que ello conlleva a entender la relación entre lo global con lo local.

el libro lo pueden bajar de la siguiente liga:

http://inteligenciacolectiva.bvsalud.org/public/documents/pdf/es/inteligenciaColectiva.pdf

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Imágenes desde la cultura para recordar el futuro. Miradas desde la mediología. VI

Tercera noticia.

 

 

Revisar el Atlas de Infraestructura Cultural de México (2003), publicado por el Consejo Nacional Para la Cultura y las Artes, es interesante para el caso de Guanajuato. Si uno lo revisa con detenimiento, hay una división del tipo de infraestructura y por ahí hay cosas que se asoman y señalan tendencias en el estado. En el patrimonio arqueológico e histórico, es decir, estatuas, zonas arqueológicas, la presencia es considerable y significativa a nivel nacional. Si se visualiza la que se refiere al patrimonio artístico e infraestructura cultural, es una zona intermedia, es decir la que se refiere a museos, bibliotecas, librerías, teatros, cines, casas de cultura, centros culturales. En ambos casos hay una particularidad: la mayoría han estado ubicados históricamente en la ciudad de Guanajuato. Pero en lo que se refiere al tercer tipo de patrimonio, es decir, el de la industria cultural, es decir, estaciones de radio y televisión, así como equipamiento de aparatos electrónicos de ambos medios, el estado está en un punto alto, relevante, pero ahora la peculiaridad es que esta infraestructura está distribuida entre ciudades como León, Irapuato, Celaya.

 

Es por ello que una noticia publicada el 23 de junio del 2008 no es sorprendente, pero si suscita la reflexión[1]. En este caso, la nota es aislada, sin continuidad o discontinuidad, una referencia a un trabajo de búsqueda de una nota para cubrir un espacio dentro de las rutinas diarias.

 

La nota dice: “Leen pocos en León. Sólo 3 de cada 10 guanajuatenses recibieron estímulos de sus padres por la lectura”. La noticia es importante y merece citarla más en extenso.

 

La noticia proviene de Luz María Castañón Cavaría, una integrante de Biblioteca Central, un área importante de Centro Cultural Guanajuato que se abrió en septiembre del 2006, y cuya propuesta era ser la biblioteca más grande del estado, y una de las principales del país[2]. La funcionaria comenta que si bien en el 2007 recibieron 160, 587 visitas, los usuarios fueron muchos menores. De mayo a junio del 2008 atendieron a 8, 650 usuarios de 18 en adelante y a 3, 364 jóvenes de 13 a 17 años, y 2, 632 niños de 12 años. Se emplearon 11, 588 libros de colección y de consulta general, y 8, 843 de la sección infantil. Desde septiembre del 2006 se han extendido 6, 825 credenciales. Además, señala que la Biblioteca Central ofrece una diversidad de estrategias para atraer la atención y propiciar el gusto por la lectura y a conocer las instalaciones. Sin embargo, la opinión es que se lee poco. Dice la funcionaria:

 

Hay jóvenes que sólo vienen a conocer las instalaciones y no los podemos obligar a que tomen un libro y lo lean ya que sería contraproducente, ni tampoco reprenderlos, sino que ellos mismos sientan el gusto por la lectura”.

 

Uno de los puntos más iluminadores de la nota es con el que inicia: la historieta de Mafalda y el libro de álgebra de Baldor son los libros más solicitados. Es iluminador porque no sólo habla de las tendencias generales de lectura en el país, sino de la historia misma de la lectura en la ciudad.

 

Un poco hacia atrás: la educación moderna en la ciudad se dio entre las décadas de los treinta y de los cuarenta del siglo XX; la presencia de librerías ha sido lejana en el tiempo, pero se puede hablar de una mejoría en su equipamiento en los setenta y ochenta; bibliotecas las ha habido, pero escasas, mal formadas y casi abandonadas, y sólo hasta finales de los ochenta hubo una estrategia de dotar varias bibliotecas públicas en la ciudad, esto junto con otras estrategias educativas como la edificación de los Centros del Saber, el museo de ciencia Explora, la Feria Nacional del Libro.

 

Para un metabolismo social y cultural, la historia de la lectura pareciera que es reciente, como lo ha sido el de la educación, y en muchos aspectos ambas están ligadas. Las bibliotecas públicas, los Centros del Saber, la Feria Nacional del Libro y el museo de ciencias Explora los han utilizado como parte de las actividades docentes de la educación básica y media superior[3]. Pero pensemos por otras vías.

 

La pregunta  por la lectura ha retornado en las décadas recientes, en mucho, por la presencia del texto electrónico, de los nuevos recursos audiovisuales que permiten ver con otras miradas la presencia de objetos culturales varios, entre ellos, los libros. Las reflexiones parecen inquietar a más de uno.

 

Pareciera que las textualidades que emergen con las nuevas tecnologías de información y de comunicación propician una serie de fenómenos inéditos que están cimbrando a todas las culturas, y ante ello se busca encontrar lo que genera lo nuevo para intentar seguirle los pasos a un mundo debocado, desbordado. Asimismo, porque su presencia, coincide con una serie de fenómenos donde no sólo las sociedades entran en procesos de desencaje, sino de descentramientos culturales varios, las maneras de comunicarnos, de conocer, de percibir y actuar socialmente (Giddens, 2000). En un mundo como hoy donde el soporte electrónico y el empleo de información en lo textual y en las imágenes audiovisuales parecen conducirnos a una reorganización cultural de magnitudes como la aparición de alfabeto (Chartier, 2000), los textos, las narrativas, las estéticas se colocan como una instancia ya no instrumental, sino estructural y fundamental para el funcionamiento y el acceso a las dinámicas sociales y culturales.

 

El historiador Roger Chartier (1997: 18) nos da algunas pistas al reflexionar sobre está nueva forma de acercarse a lo “literario”:

 

Indica con rara agudeza las diversas oposiciones que organizan la cultura escrita y que se refieren a la norma estética (imitación, invención, inspiración), a los modos de transmisión de los textos (recitar, leer en voz alta, decir para sí mismo), a la identidad del destinatario (el público, los letrados, el príncipe o el mismo poeta), y a las relaciones entre las palabras y las cosas (inscritas en el orden de la representación, la ilusión o el misterio.

 

Esta manera de concebir la producción de textos y su lectura se refiere a ubicar a la producción y lectura de textos dentro de la dimensión analítica de la cultura con la cual se irá haciendo evidente que ambas son un producto histórico y cultural, por tanto diverso y con modificaciones a lo largo del tiempo. Esto implica que el proceso no es necesariamente, y únicamente, un resultado que inicia en la producción, sino desde la misma recepción de los textos, por lo cual los usos sociales, las prácticas y consumos culturales de las lecturas serán parte del objetivo a explorar, entender.

 

Es decir, podríamos hablar de algo más amplio del mismo libro y que podría extenderse a todo material que proviene de la producción distribución y consumo de textos, la cultura de lo impreso. La aparición de bibliotecas públicas y privadas es parte de ello, pero igualmente la conformación de una oferta cultural de lo impreso, y un mercado, que a su vez facilitaría la especialización, proliferación y diversificación tanto de editores, escritores, lectores, conformando todo un campo cultural cada día más profesional (Bourdieu, 1995), con desniveles y tendencias varias, como sería la creciente presencia de una diversidad de productos populares, que se especializarían en conformarlo y hacerlo accesible a diferentes grupos y culturas populares a través de distintas estrategias de difusión, como la aparición de las salas de lectura, la inserción en la prensa, la venta en los kioskos de revistas, las suscripciones, etcétera.

 

Otro elemento que enfatizan tanto la Historia Cultural  como los Estudios Culturales, cada una a su manera, es que a través de los textos se ponen en circulación unos modelos culturales particulares (Chartier, 1994: 7), mediante los cuales se pretende “educar” tanto las sensibilidades como el conocimiento de los lectores, ser herramientas en la conformación de identidades personales y colectivas, espacios virtuales por donde circulan mundos simbólicos, afectivos e imaginarios con los cuales se identifican, vinculan. Igualmente, buscan ser una estrategia de distribución cognitiva y afectiva de contenidos morales, ideológicos, con el fin de normar conductas, gestos, maneras de hacer y de pensar. Es el caso de los manuales de conducta y urbanidad (Torres Septién, 2001 y 2002), de cortesía (Burke, 1998),  por ejemplo.

 

Un caso ilustrativo de lo anterior es el de la literatura para las mujeres, donde con la especialización y diversificación de la cultura de lo impreso, encontraron tanto un mercado como un sujeto a quien habría que modelar y remodelar continuamente, un proceso no ajeno a diversas tensiones y confrontaciones por la oposición frontal que se dará en los modelos propuestos para las mujeres.

 

Además de las novelas, estuvieron la prensa, la publicidad, las revistas, el cine, la radio, y más adelante la televisión, una serie de medios de comunicación que a fines del siglo XIX y durante la segunda mitad del siglo XX, fueron conformando una industria de la cultura por medio de la cual se difunde lo que se llamó “cultura de masas”, y que en el epicentro de su atención estaría el mundo de los jóvenes y de las mujeres.

 

Si bien el caso del cine destaca en la primera mitad del siglo XX como uno de los espacios donde se hacía visible esa tensión (Torrés Septién,, 2002a), el caso de los libros, la prensa y las revistas lo fue desde finales del siglo XIX y hasta muy entrado el siglo XX. Por un lado, hubo una estrategia editorial dedicada a las mujeres para educarlas a ser mujeres, y que marcó el circuito social en el que se habían de mover a lo largo de sus biografías.

 

No es fácil encontrar información que nos pueda dar elementos para tener una idea de cómo era la vida de la mujer a finales del siglo XIX, pero un recurso importante para nuestro objetivo son las memorias del leonés Toribio Esquivel (1992) donde traza a lo largo de sus memorias una serie de imágenes sobre la ciudad, las personas y las costumbres a fines del siglo XIX y principios del XX.

 

Dentro de las memorias de Esquivel, la familia tiene un lugar particular y continuo, y de entre los miembros de la familia destaca la figura de su madre a la cual la ve alrededor de dos puntos básicos: las labores que debía desempeñar a lo largo del día, y las atenciones que debía brindar a toda la familia y a algunos parientes. De ella dependía la alimentación de la familia, la supervisión de los sirvientes, las provisiones de comida, el decorado de la casa, la confección de ropa para todos en su casa, la atención de los invitados, los actos de cortesía, la impresión y conservación del buen gusto y las manifestaciones artísticas, el cultivo de la lectura[4].

 

De lo expresado por Esquivel, el mundo íntimo de la madre se podría pensar que eran dos actividades: la lectura, y la confección de ropa. Ambas ocupaban parte de su tiempo, le llenaban de satisfacción, podía vivir en su mundo imaginario, y le daba, asimismo un lugar en la sociedad. Como el mismo Esquivel, y otros, menciona las mujeres no recibían una educación que les permitiera trabajar (1992: 59), las posibilidades de seguir estudiando o desarrollándose por parte de las mujeres de estas familias, recaía en aprender cosas para la casa, y algunas manifestaciones artísticas como la pintura, la música, el canto, y la lectura.

 

Otra forma de acercarnos al mundo de las mujeres leonesas de esa época puede ser al revisar algunas de las lecturas que hacían y que eran las que habitualmente constituían parte de su vida ordinaria, las maneras de entretenerse, pasar el rato, y adquirir tanto una educación que no podían hacerlo de otra manera, como de acceder a una educación y vida sentimental. En los relatos, se muestran tanto las representaciones que se generan sobre las mujeres, lo que se ve, a lo que se reacciona, así como lo que se espera de ellas. En ese sentido, no sólo hablan de las mujeres, sino que los discursos que las nombran, las evocan, también habla de la mirada de quien las mira[5]. Y en el mundo de las lecturas, en cada generación y entre generaciones, que hacían las mujeres se puede observar aquel paso que va de un mundo de las lecturas donde la iglesia y el sistema moral era predominantemente, un mundo que era tanto familiar como confiable, al paso a un mundo inestable y no confiable.

 

Es posible comenzar con lo expresado por Esquivel respecto a su madre, y algunas de las mujeres con las que convivía, que eran asiduas lectoras de cierto tipo de lecturas. De una o de otra extracción, las lecturas eran las que una mujer de su época podía leer, es decir, lecturas que representaban una “cultura superficial”, media, popular de esos tiempos, “que todo católico” podía leer. El mismo Esquivel señaló algunas de las lecturas que hacían en las reuniones familiares, algunos son de índole religioso y otras son de extracción literaria. También mencionó a su madre leyendo libros religiosos que le permitían atravesar por la pérdida del segundo esposo, así como la afición de las novelas que llegaban a través de algunas revistas españolas, como era el caso de la revista La Moda Elegante[6].

 

Otras maneras de acceder a libros eran a través de los gabinetes de lectura o bibliotecas públicas. María de la Cruz Labarthe menciona que un primer gabinete de lectura se creo en 1824 por parte del gobierno estatal y que posteriormente se pasó al Ayuntamiento su administración. Fue en las últimas décadas del siglo XIX cuando se abrieron bibliotecas públicas como la de la Sociedad de Enseñanza Popular, en 1883 la Sociedad Católica abrió otra más “con una sección hemerográfica bien surtida” (Labarthe, 1997: 427), en 1898 la Biblioteca Pública Católica, en 1923 el obispo apoyó la creación de otra biblioteca promovida por la Unión de Damas Católicas. De acuerdo con Labarthe, existió una biblioteca pública oficial a fines del siglo XIX, y de otras bibliotecas que “formaron parte de instituciones que fueron ampliando su acervo con las colecciones bibliográficas de algunos particulares o de otras instituciones, aunque también pasaron por épocas de descuido y saqueo” (1997: 427-428). Otras bibliotecas fueron las del Círculo Leonés Mutualista que se abrió en 1920 y contó con más de 4, 000 libros[7].

 

Pareciera que la afición de la lectura en las mujeres no era tan generalizada, y que esta se reducía a algunas oportunidades específicas, que pronto se irían haciendo cada vez más limitadas. Una travesía posible es el paso de estas inquietudes a otras que implicarían actividades más de etiqueta social. La lectura entonces comenzó a girar por los libros y revistas que podían ser accesibles en los gabinetes de lecturas públicos[8], algunas librerías y bibliotecas donde se tenía acceso, y en otros casos, que se podían obtener por medio de suscripciones. Pero ello nos hace pensar que los libros estaban muy delimitados, que las suscripciones no las podían realizar todas las mujeres, aunque si compartir, además de poder pasar por todas las mediaciones familiares e institucionales que favorecían, vigilaban o controlaban lo que era posible leer[9]. Al parecer, los temas más socorridos eran los religiosos, históricos y algunas novelas que se consideraban populares.

 

A las obras clásicas que era posible leer de las bibliotecas, gabinetes de lectura y bibliotecas familiares, habría que añadir cierta literatura popular que gustaba a las mujeres, y que en muchos casos pasaba bajo un aura de prohibición que se remonta a varios siglos atrás, principalmente libros que formaban colecciones de relatos que se publicaban para el gusto de las mujeres de posición social favorecida, amas de casa, donde se relataban historias de familias y de mujeres europeas, de alta sociedad o de mujeres que quieren ingresar a la alta sociedad europea, principalmente francesa, y que la historia se torna en un drama, en una tragedia, llena de referencia morales, donde las mujeres se debaten entre las aspiraciones de reconocimiento y de poder, para lo cual emplean su belleza y astucia como armas y estrategia para seducir a hombres de un medio aristocrático, frío, hostil, y una historia de amor, donde aparece el mundo sentimental y noble de las mujeres (Sarlo, 2000).

 

Por ejemplo, en León llegó a principios del siglo XX los libros de la Colección Ambos Mundos de F. Granada Editores, donde se publicaron obras como: La Bohemia, Indiana, La mujer de treinta años, Mujeres de rapiña, El libro de los snobs, Margot, Una entretenida, La pecadora, Werther, Mimi Pinson, con autores como Balzac, Goethe, Musset, Dumas, George Sand, entre otras.

 

Otro tipo de lectura que era habitual, era aquella literatura que ponía en énfasis en las condiciones y situaciones de la mujer. Libros de consulta para las mujeres que tanto podían encontrar algunas reflexiones sobre la manera en la manera en que las mujeres debían ser educadas, las actitudes, valores y formas de ser y hacer por cultivar, que les explicaban sobre las distintas fases en las cuales evolucionaban, desde niñas hasta madres, así como daba consejos, recomendaciones sobre la manera en que debían educar a los hijos y las hijas. Un ejemplo de ello puede ser el libro de Francisco Nacente publicado en 1907 por la editorial Maucci y que llevaba por título La mujer a través de la historia. Historia moral de las mujeres, que se anunciaba como un “estudio filosófico recreativo de su estado y significación en todos los periodos de su vida”. 

 

Los libros sobre las mujeres y para las mujeres no dejaron de ser publicados, sino más bien conforme los tiempos pasaron, fueron llegando nuevos libros que iban respondiendo a las situaciones de las nuevas épocas, y promovidos en las escuelas donde se educaban a mujeres, y leídos por las madres quienes ofrecían esas lecturas a sus hijas. En la década de los cincuenta del siglo XX aparecieron algunos libros que toda madre o adolescente de las buenas familias debía de leer, y que se completaba con lecturas propias para las niñas como Mujercitas y María.

 

También a principios de los cincuenta comenzaron a llegar otro tipo de libros, de los cuales podemos mencionar tres libros[10]. El de María Rosa Vilahur, La joven ante la vida, impreso en España en 1944 y en México hasta el año de 1951, el libro del sacerdote español Emilio Enciso Viana, titulado La muchacha en el noviazgo”, y  el del sacerdote Salvador Carranza, La mujer frente a la vida, publicado en tres tomos: El libro de la Colegiala, El libro de la Joven, El libro de la Esposa, y que también escribió un libro para los hombres, El hombre frente a la vida, también en tres tomos (La vida afectiva, La moral, Los negocios), y que contó con mucha popularidad en su época entre las familias leonesas, pues se convirtió en el libro de consulta de las madres, quienes les daban a sus hijas los tomos correspondientes, y entre las escuelas de hombres y mujeres.

 

A esto, muchas mujeres, y sus hijas, accedían por la literatura popular para mujeres de la época. Revistas femeninas que se publicaban en la ciudad de México y que se podían conseguir en León, ya sea en los puestos de revistas o por suscripción y que algunas familias todavía guardan como colección. Algunas de esas revistas insistían en temas propios de las mujeres, donde la mujer es el ama del hogar, y muchas de las secciones estaban dirigidas a esos menesteres. A finales de los cuarenta y durante los cincuenta estaba revistas como Confidencias, ¡Oiga!, Cine Álbum, Cine Novelas, Cine Universal.

 

Posteriormente, en la década de los sesenta, comenzarían a llegar nuevas revistas donde la imagen de la mujer se modificaría sensiblemente, pues se articula un estilo de ser mujer de acuerdo al “sueño americano” con la promesa de trascender tanto los roles tradicionales de la clase social y sexual, donde la mujer que se presenta deja de sentir culpa y no tiene inconveniente de admitir su vida sexual, además de que se promueven estrategias para la organización de la vida personal, el hogar, el consumo de la moda, y la búsqueda de romances. Antecedentes de muchas revistas que ahora circulan y que difundían nuevas imágenes de ideales de ser mujer, como sería el caso de la revista Cosmopolitan que propició el invento de la “cosmo girl” (McRobbie, 1998).

 

La pregunta por lo que han leído las mujeres leonesas a partir de los setenta y hasta la fecha podría señalar algunas de las tendencias del por qué no se leen libros en una biblioteca: el surtidor de lectura ha estado en otro lado, no sólo en otro tipo de lecturas, aquellas que provienen de la industria de la cultura y que implica revistas femeninas y de otro tipo, sino de lecturas predominantemente mediáticas: la televisión, el cine, primero, el Internet, el anime, los videos musicales, los videojuegos, Youtube, los blogs, My Space, Facebook. Todo indica que el formato libro se desplaza del soporte de papel al soporte electrónico a través de diversas pantallas digitales.

 

Pero también se puede pensar en algunas lecturas que comienzan a aparecer en los ochenta y en los noventa y que recrean otra forma de ser joven, mujer joven, en cierta forma una actualización de los libros editados a principios del siglo XX, pero con otras estrategias que marcan el sentido de por dónde están las mujeres jóvenes en los últimos tiempos y el tipo de lecturas que les ayudan a formarse un criterio, una norma, una seña de identidad. Desde el libro de los setenta, Pregúntale a Alicia, hasta Los hombres prefieren a las mujeres cabronas, pasando por títulos como, El Alquimista, El Caballero de la armadura oxidada, Juventud en Éxtasis, y otros más por esa vía.

 

Un punto importante para entender la presencia de estos libros en la ciudad es a partir de la llegada desde los noventa de nuevos espacios para la compra de libros como son las tiendas departamentales (Sanborns, Vips, Liverpool) y de librerías como la del Fondo de Cultura Económica, Gonvill, Ghandi, El Sótano, que ofrecen un espacio para el consumo familiar de libros dentro de las rutinas de los paseos de fin de semana de muchas familias por los centros comerciales de la ciudad, o como zonas de atracción especializada de este tipo de productos.

 

Pero quizá donde más se concentra la lectura de la mayoría de las mujeres jóvenes es en el caso de libros que han sido un producto de lectura masiva a nivel mundial donde el caso de los libros de la saga de Harry Potter es un modelo canónigo a seguir[11], y que las editoriales han ido buscando su reemplazo, donde la mejor señal de los últimos años son las novelas de la escritora Stephanie Meyer con su trilogía de libros sobre vampiros: Crepúsculo, Luna Nueva, Eclipse[12].

 

No sólo la cantidad de libros vendidos en el mundo y en la ciudad, la diversidad de productos que se relacionan con ellos en formatos como películas, videojuegos, muñecos, juguetes, ropa, etcétera, sino la ramificación de este corte editorial y, sobre todo, la participación de comunidades de aficionados en Internet, mediante chats, páginas webs de aficionados y la creciente presencia de relatos creados por los mismos fanáticos sobre estos mundos provenientes de los libros, los fanfics, hablan de otro tipo de lectura, de otra producción editorial de textos por leerse. Nuevamente Monsiváis (2006: 173):

 

Con todo, el uso del Internet provoca que, sin ser éste el propósito, se lea como nunca antes. El atractivo hipnótico de la tecnología auspicia generaciones de lectores que no se reconocerían como tales.

 

Para lugares donde históricamente han estado presentes las bibliotecas, estas han representado una reserva de su memoria que denota la matriz de una comunidad en lo que se refiere a la producción de productos y productores literarios. Han sido un lugar instituido histórica, social y culturalmente y que señala a una cultura de lo impreso, un mundo letrado que se organiza y crea soportes para el soporte de su memoria, por ello se busca su continuidad y su perpetuación. Pero estos lugares instituidos tienden a ser desplazados por la acción de la industria de la cultura y de los medios de comunicación porque ellos implican el desplazamiento de los medios y mediums que soportan la memoria y recortan la historicidad y la conciencia histórica (Debray, 2001). Los nuevos mediums que soportan la textualidad son las tecnologías del saber, del afecto, del vínculo social, de la autoidentidad.

 

Así, no es gratuita la poca afición a la lectura, más allá de los recursos impresos que se requieren para la tarea escolar y la afición a cómics en una ciudad donde la cultura de lo impreso ha corrido y corre por otros lados.

 

Y la ausencia del gusto, habito y uso de la lectura habla de cosas más amplias de la ciudad misma: la impronta cultural histórica, la conformación de subjetividades e identidades, las prácticas que si son importantes y divertidas, las transformaciones sociales y culturales que se dieron a lo largo del siglo XX y el huracán de transformaciones que se han dado desde el abrir del siglo XXI.


[1] Periódico A. M., 23 de junio del 2008.

[2] Periódico A.M., 8 de septiembre del 2006.

[3] Recomendamos la lectura del artículo de Raúl Muñiz Torres, “¿Qué leen los mexicanos?”, con motivo de la inauguración de la edición 18 de la Feria Nacional del Libro de León, el 12 de mayo del 2008 y publicado en el periódico El Correo de la ciudad de Guanajuato.

[4] De la lectura de su madre, expresa: “No carecía la literatura de atractivos para ella, aunque del carácter que entonces consentía la educación de la mujer, sin ser su gusto superior al del medio social en que vivía, y además sujeta a la lectura a plan y medida como lo exigía su temperamento. Leía con entusiasmo las novelas que se publicaban en La Moda y ocupaban su imaginación, en lo que se refiere al mundo literario, y las comentaban con las otras personas a quienes prestaba turnándose el número de la revista, hasta la semana siguiente en que venía la continuación de la novela, la cual era esperada con verdadera expectación. Las hijas de Atanagildo, Pobre Lucila, las hijas de lord Eakburn, eran los títulos y otros parecidos, de aquellas piezas literarias que más lograron sostener por largo tiempo el interés, ya por lo emocionante de su tema, o ya por lo extenso del relato que se extendía varios meses en los números de la revista” (Esquivel, 1992: 79-80).

[5] Se reconoce que trabajar a partir de textos que era muy probable que leían las mujeres leonesas de la época implican una serie de problemas metodológicos que aquí no es posible atender, como sería el caso de dar cuenta de la importancia de los contextos sociales y culturales de recepción (Burke, 1997: 116), así como de la distancia que hay entre la lectura y la misma experiencia de las mujeres, de los mismos procedimientos subjetivos de interpretación y de apropiación (Ginzburg, 1994).

[6] Pudimos acceder a un ejemplar de la revista La Moda Elegante, correspondiente a la edición del año LXXI, número 32 del 30 de agosto de 1912. La revista tenía como subtítulo ”Periódico de señoras y señoritas, indispensable en toda casa de familia”, y tenía varias secciones que eran acompañadas tanto por fotografías como con dibujos: traje de tarde, novedades de sombreros, hojas de labores, frisos, trajes para señoritas, trajes para niños, y sección de textos que incluía: una sección conocida como “Revista parisiense”, que era una descripción de la última moda en París, una novela por entregas que se llamaba “La herencia de Boisredon”, una sección que se llamaba “Por tierras inexploradas. Notas de una viajera”, donde una supuesta mujer relata sus viajes por tierras exóticas, una sección  llamaba “Desde mi celda. Cartas de todas partes”, donde se relata la vida personal de una mujer, que tanto incluye la vida de su hogar, como los lugares y costumbres de la tierra que conoce al viajar, así como una sección de respuestas que les hacían lectoras de todo el mundo.

[7] Para una descripción más amplia de las bibliotecas en la ciudad de León en el siglo XIX y principios del XX, ver Labarthe, 1997: 426 a 430.

[8] A finales del siglo pasado se abrieron gabinetes de lectura, donde algunas personas se podían suscribir pagando cierta cantidad mensual a cambio de poder llevarse a su casa para leer libros y revistas en existencia, que después se devolverían al gabinete. Por ejemplo, en 1893 se anunciaba en El Pueblo Católico, el 3 de septiembre, lo siguiente: “A los amantes de la lectura. El que suscribe, avisa al público que desde el 1 de septiembre quedó establecido un gabinete de lectura en la Librería Religiosa, en la cual hay una variada colección de más de 300 obras históricas, morales, literarias, recreativas y religiosas. La suscripción será pago adelantado: 75 centavos al mes”.

[9] La iglesia prohibía la lectura de algunas novelas porque eran una muestra de degradación, y las relacionaban como una forma de promover actos inmorales e indeseables como la prostitución. En un artículo sobre la prostitución que publicó El Pueblo Católico, el 1º de diciembre de 1907, se decía: “Desde que la novela pornográfica tiene pase libre en la sociedad, los niños son hombres, pero hombres envejecidos en la maldad….los padres de familia tanto celebran las gracias de sus hijos, alaban en ellos como una gracias su empeño por la lectura, lectura que es su mal y que debiera evitar los padres de familia. …y la novela anda de mano en mano, como una cosa buena, y la sociedad devora el mal que es su muerte permitiendo que los niños sepan lo que debían ignorar, ya que la inocencia es el encanto de la niñez…por medio de la pornografía logran las sectas el fin que se proponen, destruir el reino de Dios en los corazones y arruinar a los sociedades que han podido resistirlas…la conservación de la moralidad de los pueblos, es el principal deber de la autoridad”.  

[10] Algunos de estos libros eran obsequiados por parte de algunas madres a sus hijas, o bien, en algunas escuelas formaban parte de la lectura de algunas materias de la secundaria y la preparatoria, y estaban en sus bibliotecas.

[11] El grupo editorial que ha manejado los derechos de edición de los libros de Harry Potter señala que las ventas de estos libros les ha generado unas ganancias de 4, 47 millones de euros durante los seis primeros meses del 2008. Nota del periódico El Mundo, del 29 de agosto del 2008. Por otro lado, la venta del libro, Harry Potter y las reliquias de la muerte, en septiembre del 2007, en su edición en inglés, marcó una diversidad de records de ventas: en Estados Unidos se vendieron 8.3 millones de ejemplares en 24 horas. Grupos editoriales en línea como Bordes Group Inc, Amazon, Barnes & Noble, anunciaron igualmente que este libro se había vendido en 24 horas como ninguno otro, incluyendo los anteriores libros de Harry Potter.  En la ciudad de León se anunció que ese día se vendería en las librerías como en Gonvll, Gandhi, El Sótano, Librería de Cristal, en donde personas habían apartado más de un centenar de libros en cada caso. Lo interesante a destacar es que la compra del libro era en su edición en inglés, y muchos más hubieron de espera un año, en el 2008, para comprarlo en español. Ver notas del periódico A. M. del 8 de septiembre del 2007.

[12] Ver nota periodística de la Revista Fucsia, del 23 de agosto del 2008, cuyo titular reza: “El nuevo Harry Potter. Ya llegó el reemplazo de los libros del mago adolescente. Ahora hacen furor en el mundo las historias de jóvenes vampiros escritas por Stephanie Meyer”. Consultado en: http://www.semana.com, el 8 de Septiembre de 2008. También se puede ver en la nota del periódico El Día, de La Plata, Argentina, cuyo título dice: “Harry Potter vencido por criaturas nocturnas”. Consultado en: http://www.eldia.com.ar, el 8 de Septiembre de 2008.

Imágenes desde la cultura para recordar el futuro. Miradas desde la mediología. V

Segunda noticia.

 

 

El mundo que aparece a partir de los emos tiene reminiscencias a otras dimensiones históricas, sociales y culturales más amplias de lo que se ve a simple vista.

 

En los tiempos en que se hacen visibles públicamente los emos, se les remite a ser parte de una tribu urbana, y al considerar a las tribus urbanas se le relaciona con una diversidad de subculturas juveniles. El punto es ese: se le ha tendido a ver como parte de las tribus urbanas, y desde ahí se busca hacer la genealogía de tribus urbanas presentes. La pregunta es: ¿sólo remite a las subculturas juveniles?

 

La tendencia de ver la historia de los jóvenes en México es de entender a los jóvenes en un desarrollo que va desde los cincuenta como los jóvenes clase medieros que optan por ser rebeldes sin causa y en los sesenta la generación de los hippies, o jipitecas para el caso de México, mientras que los jóvenes de extracción popular pasan a ser en los setenta como chavos banda. En los ochenta, estalla la diversidad urbana de los jóvenes y en los noventa comienzan a llamarlos como subculturas.

 

La visión hasta ahí es de corte occidental, principalmente a partir de lo que sucede en países como Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, y otros más.

 

Pero a finales de los ochenta y a principios de los noventa en el país comienza a ser visible otra manifestación de tendencias en algunos grupos juveniles, que tanto cruzan a algunas de las subculturas como a otro tipo de agrupaciones. Quizá la forma más conocida para algunos en nuestras tierras son los “otakus”, jóvenes pertenecientes a diversas extracciones socioeconómicas pero que se convierten en fanáticos o aficionados a los mundos que provienen de la industria de la cultura, principalmente la que se produce en varios países de Asia, o siguiendo los patrones generados en esos países: el anime, el manga, el karaoke, los videojuegos, los juegos de cartas de combate, así como todos los íconos, narrativas, música, películas, libros, estilos de vida que proceden de esos mundos[1].

 

Sin embargo, el asunto no se reduce a la denominación de otakus, que significa entre otras cosas más, la denominación de una de varias tendencias de jóvenes asiáticos que se han ido ramificando con distintas tendencias, como los cosplay, los hikikomori, las ganguro, las lolitas góticas, los crossplay, y más, que para algunos son manifestaciones de tendencias que no se agotan en las subculturas, aunque se manifiestan como tales, aunque con una tendencia gradual de propiciar hibridaciones entre tendencias y características de distintos grupos de subculturas, propiciando una serie de debates, discusiones, enfrentamientos, similares a los que se han dado históricamente en torno a las razas y etnias.

 

En Japón desde finales de los ochenta se comenzó a hablar de los shinjinrui (nueva especie), un nuevo tipo de ser del joven japonés que rompe de manera radical con las tendencias que por siglos o generaciones anteriores de los japoneses y que se les acusaba por su carencia de entusiasmo por el trabajo, desencanto por la política, un fuerte egoísmo y una tendencia a la pereza. Los shinjinrui han sido vistos como una nueva raza, algo que comenzó como una pequeña manifestación que a la larga se ha ido convirtiendo en una forma estructural y generalizante de formas matriciales de la sociedad japonesa que rompe con lo tradicional, lo desafía, pero igualmente lo lleva por una nueva forma de vida que en mucho dependen de las industrias de la cultura, de los medios de comunicación, de las tendencias de una sociedad basada en la economía de la información, del consumo. Y eso, si bien es parte de una tendencia de la presencia de Japón que importa al mundo desde los ochenta, igualmente implica, como expresa Michel Maffesoli (2004a: 14), “el resurgimiento de estructuras inmutables siempre nuevas, cosas antiquísimas, arquetípicas, que se elevan ante nuestros ojos”.

 

Entonces, Asia es un modelo que ha ido llegando a nuestras ciudades y apenas comenzamos a verlos. Los emo son una de sus conexiones, aunque no todo.

 

Es por ello que hay dos noticias de los últimos tiempos que nos sirven para entender los hilos del tiempo que colapsan en nuestra cultura, que aparecen como pequeñas manifestaciones pero que hablan de cuerdas más lejanas en el tiempo y que su tendencia no es sólo a ampliar su manifestación, sino a ser parte del nuevo tejido social. Este tipo de noticias no fueron de escala internacional o nacional, únicamente local, y su aparición a sido discontinua a lo largo de los últimos años.

 

La primera fue publicada el 18 de abril del 2008 y de refería a que en Valle de Santiago, Guanajuato, había una empresa china que tenía esclavizadas a más de ochenta mujeres chinas, que con engaños las habían traído y las explotaban laboralmente[2]. Si bien fue una nota que causo algo de indignación, en la ciudad de León no tuvo más consecuencias, quizá porque era un caso un tanto “lejano”. Pero si uno revisa noticias de años más atrás, en el 2006, encontrará que en la ciudad de León se habían dado algunas denuncias en contra de algunos empresarios coreanos por los maltratos y explotación a empleados, principalmente niños y mujeres[3].

 

Más allá de la indignación por la violación de los derechos humanos de los asiáticos, el punto a subrayar es la distancia como en la ciudad se les asume con respecto a su presencia simbólica y real. Veamos.

 

La prensa local tiene varios años difundiendo una serie de notas que se refieren a la preocupación de los empresarios leoneses y a los gobernantes municipales sobre China, y todo se remite a la competencia desleal que este país genera a partir de su estrategia comercial y económica en lo referente a la industria del calzado. Es decir, la llegada del calzado chino puede crear una crisis en la industria local de impactos amplios y profundos. Todo se debate en luchar en tres frentes: en cortes internacionales ante las condiciones de la importación y exportación del calzado, la lucha contra la piratería china, la inquietud de exportar calzado, cuero y otros productos a China.

 

A lo largo de los últimos años las noticias en la ciudad se refieren a las manifestaciones de empresarios sobre los acuerdos y luchas contra China por la entrada de productos chinos a nuestro país, o las estrategias por “conquistar” China mediante la venta de productos de esta industria[4], la visita de empresarios a países asiáticos[5], o la organización de cursos para conocer la manera como operan a nivel internacional países como Japón para aprender de ellos[6], y cuyos antecedentes se dieron en los ochenta cuando los empresarios se interesaron en los sistemas de organización de empresas para ser más productivos y renovar las plantas productivas, los sistemas de operación, basados únicamente en modificar a la empresa y no al sistema productivo y otros sistemas sociales que, para la mentalidad japonesa han sido fundamentales y se manifiestan en la organización empresarial: la familia, el tiempo libre, la educación, el arte, el nacionalismo, etcétera.

 

Otras noticias se han referido a los “golpes” a la piratería china en la ciudad o en el país[7], que, en algunos casos, se les ven ligados con mafias asiáticas y mafias de México de donde provenían productos como cinturones, bolsas, zapatos, botas, chamarras, pero igualmente películas, música, videojuegos. No es gratuita la manifestación pública, en desplegados de prensa y anuncios panorámicos, contra la piratería, o el repudio de todo lo que es chino.

 

Entonces, las noticias nos hablarían de que todo se reduce a una estrategia comercial, de un sector concreto, pero igualmente señalan otra cosa que no se manifiesta plenamente: la presencia de organizaciones chinas en el país, en Guanajuato, en León. Todo indica que la presencia de los chinos, y de otros países asiáticos es de diversos tipos y su estrategia no sólo es comercial, sino formar parte de la ciudad, de la cultura de la ciudad.

 

Por ello es interesante otra nota que de la prensa,  que parece una más entre otras, casi como algo anecdótico en la ciudad. El 23 de junio del 2008 se publica que en un mercado local, en la sección de las fondas, hay un local que vende comida china y compite con el resto de los locales que ofrecen la comida tradicional[8].

 

Si bien los dueños del local de comida china son leoneses, eso hace ver algo más amplio: la presencia en los últimos años de una serie de restaurantes de comida china, cantonesa, japonesa, en la ciudad. Si bien estos restaurantes comenzaron a establecerse en los ochenta (Eiki, El León de Jade), en los noventa comenzaron a crecer lentamente sobre todo en espacios comerciales, para el dos mil, estos comienzan a estar en zonas diversas de la ciudad, incluso en zonas populares, y en la mayoría de los casos son atendidas por familias de chinos que llegaron para integrarse a ese negocio. Chinos, japoneses, coreanos, tailandeses y otros más, han abierto restaurantes y locales, de sushi, comida china, coreana, cantonesa, cafeterías y pastelerías.

 

Hay una serie de comunidades chinas que están presentes y manifiestan una forma de llegar al país de una manera diferente a como lo habían hecho en décadas o siglos precedentes. Esto nos lleva a la necesidad de pensar de manera más amplia en lo histórico, social, culturalmente, dado que se refiere a la tendencia lejana en el tiempo de la forma como occidente y oriente se han vinculado y han manifestado dos tendencias civilizatorias que se atraen, se rechazan, y, en conjunto, crean vínculos que se implican mutuamente tanto en el vínculo como en el rechazo (Ianni, 2000), pues si bien se han dado tendencias de rechazo, igualmente se han dado tendencias de interés y atracción, y esto ha llevado a la necesidad de reconocer que estos vínculos han formado parte de la vida cultural de México.

 

Hay algunos antecedentes de contacto con China y Japón en la época Colonial que eran parte de un movimiento de expansión y de comercio que se definía a partir del océano y de la navegación. Históricamente, ese contacto era mínimo en el sentido de la presencia y establecimiento de estas comunidades en México (Martínez Montiel y Reynoso Medina, 1993), y en el caso Chino sólo lo será hasta el siglo XIX dentro de la producción agrícola, y un punto básico de su establecimiento en el territorio nacional fue a partir de los centros portuarios más importantes en esos tiempos. Es por ello que los principales establecimientos fueron en ciudades de Baja California, Tampico, Yucatán, entre otros. El caso de Japón sería evidente hasta mediados del siglo XX a través de acuerdos para el desarrollo de la industria y la tecnología en el país, y fue muy precaria hasta que en la década de los setenta comenzó a crecer.

 

Pero la presencia de estas comunidades, y la coreana de la que poco se conoce en lo que se refiere a su presencia histórica en México, no sólo se redujo a la producción agrícola o industrial, sino que igualmente se fue dando en dos vectores: ser parte de la vida de algunas ciudades con impactos en la economía y en la sociedad al crear sectores productivos y de servicios como plantas industriales de diverso tipo, restaurantes, panaderías, así como centros habitacionales propios de las comunidades asiáticas, en particular las chinas.

 

En algunas ciudades, Mexicali por ejemplo, los principales restaurantes son chinos, y la comunidad china está presente en las agrupaciones empresariales, y esto igualmente habla de una comunidad china que se mueve en su interior como si estuvieran en la misma China, pero con lazos y redes con los sectores comerciales y económicos de la ciudad, y con ciudades de Estados Unidos. Aguascalientes sería un ejemplo de la comunidad japonesa a través de la instalación de la armadora de automóviles Nissan.

 

Su presencia es dual: dinamizan la economía local, pero impactan en lo social. Su movilidad como comunidad cerrada crea rechazos y genera xenofobia: ellos rechazan y discriminan a la comunidad local, un sector de ella depende de ellos porque genera empleos, y el resultado es el repudio a lo asiático.

 

Pero hay algo más. Por ejemplo Japón también se hizo presente mediante su impacto en la tecnología, sino que los japoneses que llegaron introdujeron un saber que era propio de sus países. No sólo llegaron profesionistas como ingenieros, dentistas, cirujanos, médicos, sino que ellos igualmente introdujeron algunas prácticas religiosas, artísticas y culinarias, las artes marciales, música, los arreglos florales y la decoración de espacios de diverso tipo (Ota Mishima, 1993).

 

Todo indica que a lo largo del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, la presencia de las comunidades asiáticas ha sido moderada y pequeña en Guanajuato. El INEGI señalaba en el 2005 que en Guanajuato había 423 coreanos, 133 taiwaneses, 94 japoneses, 89 chinos, 6 filipinos y 5 tailandeses, mientras algunas autoridades calculan que unos mil asiáticos viven en León[9]. Pero se calcula igualmente que en 2006 llegaron 1, 500 asiáticos al estado de Guanajuato para establecerse en León, Valle de Santiago, San Francisco del Rincón, de los cuales 553 eran coreanos, 328 chinos, 284 japoneses, 126 taiwaneses, además de personas que han llegado de Mongolia, Nepal, Kazajistan, Kirguzistan, Paquistan, Singapur, Vietnam[10].

 

El crecimiento se ha estado dando, en pequeñas dosis, en la década de los noventa y en el dos mil. Es decir, apenas comienza a ser visible su presencia.

 

Uno va a ciertos centros de consumo y la presencia de orientales comienza a ser habitual, y esto se refleja igualmente algunas zonas residenciales donde además de personas que han llegado de distintas ciudades del país, se tiene de vecinos a algunas familias de asiáticos, y sus hijos se inscriben en escuelas tradicionales de la ciudad. Los fines de semana se les pueden ver en algunos restaurantes japoneses o coreanos que se han abierto en los últimos años. Sus hijos serán una nueva raza, y ellos para la ciudad será una nueva mutación poblacional.

 

Pero no todo se refiere a la manera como la presencia de los asiáticos altera la vida en la ciudad. Está la presencia de la cultura asiática en la población de la ciudad, del país.

 

Cuando un estudiante me pregunta que dónde puede estudiar japonés y esto me lleva a pensar que en algunas universidades de la ciudad se están dando clases de chino, japonés, que han personas o centros de lenguas que han incluido el estudio del japonés, me lleva a pensar que no todo es para prepararse para el futuro de las relaciones comerciales de corte internacional. El joven que me pregunta que dónde puede estudiar japonés es uno de varios que me lo han preguntado y la respuesta del por qué lo quieren estudiar es la misma: quieren hacer anime.

 

Esto es un primer indicio. Asisto a la feria del libro de la ciudad y en los locales donde venden mangas y anime, hay manuales, escritos y audiovisuales, para aprender japonés. Asisto al segundo piso de la plaza de la tecnología, donde se venden mangas y anime, y ahí venden manuales de estudio de la lengua japonesa. Voy a convenciones de otakus de la ciudad, y sucede lo mismo. La lengua y simbología japonesa es un medio que identifica y conecta, incluso más allá del interés de hacer anime en algún momento de la vida de los jóvenes. Es un conector, un recurso de identidad, de vínculo.

 

Pero hay algo más. Una estudiante hace la exposición de algunas tendencias juveniles, que van de los góticos, los darketos, los cibernautas, los hikikomori. La sentencia final de la exposición: para muchos de estos jóvenes el anime es más real que la realidad.

 

Recurro a Carlos Monsiváis (2006, 173) que expresa:

 

El analfabetismo funcional es la relación dominante con la lectura. De acuerdo con esto: lees es dejar de ver lo interesante, leer es renunciar al privilegio de la realidad.

 

En tierras donde la lectura es parte de no atender la realidad, lo que aparece como constante, más allá de la realidad inmediata y lejana, de la página del libro que no entra porque no ha entrado nunca y cuando se tiene que hacer lo hace de manera que parece anacrónica, aburrida y sin sentido, lo que está presente, lo que habla y define la realidad es la imagen que se mueve en las pantallas.

 

Nuevamente recurro a Carlos Monsiváis (1979), que hace décadas escribió que los jippitecas mexicanos, en los setenta, eran los primeros norteamericanos nacidos en México. Quizá había que pensar en paralelo con algunos de los jóvenes mexicanos que ven que el anime es más real que la realidad: es la primera generación de japoneses nacidos en México, generación que despierta la misma sensación que en los ochenta en Japón respecto a los shinjinrui, y de la que nos toca desconcertarnos porque los referentes para entenderlos están bajo modelos occidentales, cuando el surtidor del cual se abastecen proviene de otras fuentes.

 

El medio del cual proviene es Japón, pero igualmente China y Corea. En los tres casos el proyecto de llegar a occidente es un proyecto que se gestó décadas atrás e implicó una transformación profunda en su sociedad y resulto en alteraciones radicales en sus tradiciones y en sus generaciones de jóvenes, donde la vida se centro en un proceso de conformación, sobre todo en el caso de Japón, de un proyecto económico y cultural sustentado en las tecnologías de información y en la industria cultural que en los ochenta fue evidente que se había conformado en toda una estrategia con productos para la “exportación cultural”: además de productos tecnológicos de diverso tipo, la afición a prácticas y mundos simbólicos, estilos de vida, sustentados en las artes marciales, el karaoke, la música, el cine, los videojuegos, el manga y el anime (Ortiz, 2003), aunque para los occidentales, el mundo particular de lo “japonés” expresa un sentimiento, un mundo emocional, una evocación, un vínculo que así como era parte viva y fundamental en el espíritu de la tradición japonesa que se diferenciaba claramente de occidente de las generaciones hasta mediados del siglo XX (Tanizaki, 2007), ahora lo es para Occidente, pero cabalgando en los nuevos rasgos del Japón postmoderno, postconvencional.

 

En literatura, un síntoma de esos cambios y estados emocionales son las obras literarias de Haruki Murakami, Kenzaburo Oé, Banana Yoshimoto.

 

Si en la ciudad de León se puede rastrear la conformación de identidades de los jóvenes a partir del modelo hispano hasta mediados del siglo XX, a partir de entonces se puede ver el giro hacia el “américan way of life” que se reflejaría en las capas medias en lo que se refiere a las aspiraciones de un modelo de casa habitación, un tipo de familia con un estilo particular, la ilusión de tener malls y de viajar a Disneylandia, de vestirse a la moda californiana, la afición por los hotdogs y las hamburguesas, la música de rock, las películas y las series de televisión de fabricación al estilo Hollywood. A finales de los noventa y a principios del dos mil en los jóvenes aparece el modelo asiático y las familias no saben por qué y de dónde viene todo ello.

 

Los jóvenes que eran niños a finales de los ochenta y principios de los noventa resintieron varios cambios: la ciudad se transforma, crece, se expande, y los riesgos de jugar en la calle, de ir al parque, de estar con los vecinos o amigos de la escuela, los lleva a quedarse en casa. Los padres tienen que dejar la casa para ir a trabajar. Los niños se quedan y encuentran en ella una compañera y un quehacer: la televisión, la videocassetera, los videojuegos. Ahí ven las caricaturas y películas infantiles que transmiten en la televisión o las películas que rentan los padres. Ahí ven series como Caballeros del Zodiaco, He Man, Thundercats, Candy, Heidi, Remi y otros más.

 

Cuando crecen y llegan a la secundaria, hay cosas que cambian: pueden salir a la calle con los amigos, ir a las cafeterías, los centros comerciales, los billares, y otros lugares; en la casa ha llegado el Internet, el DVD, los discman, y se encuentran que sus aficiones giran a partir de series de televisión como Los Simpson, la revelación que tienen algunos con la serie de anime Evangelion y otras más. Entonces empiezan a correr por otras vías.

 

Una clave: lo que ven y bajan de Internet; lo que pueden comprar en centros de venta de productos del anime o en mercados o tianguis donde venden películas piratas. Ambos casos implican un centro de venta y una economía no localizable, distribuida, borrosa, que no necesariamente pasa por los centros de renta y venta de películas o música. Otras redes comerciales, otras redes de relación social y afectiva, donde objetos, productos y prácticas se integran de otra manera. Llaveros, gorros, mochilas, almohadas, bebidas refrescantes, muñecos, playeras, chamarras, gorros, colgijes, frituras, postres, revistas, películas, carteras, cinturones, son parte de todo ello.

 

Los jóvenes ven series como Full Metal Alchemist, Holic, Naruto, Death Note, Avatar,  Sailor Moon, Marmalade Boy, o películas como Ghost in the Shield, Princess Mononoke, Porco Rosso, Shaman King, Samurai Jack, Otaku no video 1982-1985, Train Man, My Sassy Gir, Fly Daddy Fly, Azumi, juegan a videojuegos desde los clásicos como Mario Bros, Space Invadres, Donkey Kong, Zelda, hasta más actuales, por decir algunas, sólo algunas, de cientos, de miles de opciones.

 

No por nada se dice que tanto el anime como los videojuegos generan más ganancias que las películas norteamericanas[11]. Por ello se han incluido en las películas, los videojuegos y las series de televisión de Estados Unidos elementos o recursos que provienen del anime, e incluso son parte de la programación de canales para los niños como Níkelodeon, Cartoon Network, o canales como Disney Channel ha incluido rasgos estéticos juveniles y programas con este tipo de perfil. Incluso, la aparición de canales dedicados exclusivamente al anime. Películas como Matrix, Kill Bill, o películas infantiles como Kung Fu Panda, Schreck, son una reminiscencia de ello y el curso introductoria a los nuevos niños a esta estética y a esta mística.

 

Porque el anime y el manga se pone como un recurso estético de atracción afectiva e identitaria para niños y jóvenes. Las estrategias de publicidad de Moviestar, de la Bimbo, de Gamesa, Kellogs, Sonrics y otras marcas más de productos varios para niños tienen mucho de esta vertiente, occidentalizándola. Y por ahí, probablemente, vendrán las maneras de “confeccionar” a la nueva niñez y juventud.

 

En la ciudad de León crece la preocupación por los jóvenes, y son dos las grandes esferas de la preocupación: la salud y la violencia. Las estrategias giran alrededor de educación sobre la sexualidad, las adicciones, y la mirada es hacia los jóvenes pandilleros, miembros de bandas. De ahí en más la preocupación gira alrededor de las deficiencias educativas y de los impactos en los valores familiares.

 

Estas preocupaciones están basadas en índices de enfermedades, adicciones, asesinatos, accidentes automovilísticos, suicidios. Pero las tendencias son más generales. Las dos grandes instituciones sociales de la ciudad, la familia y la iglesia católica están golpeadas. Dos indicadores mínimos: el aumento de divorcios, la baja en los matrimonios[12]; la ausencia de los fieles a misa. En ambos casos se acusa a las mujeres que siguen las tramas de las telenovelas, a los jóvenes que miran un mundo vacío y carente de valores[13].

 

Estas miradas, como la de los empresarios que miran al gigante chino, sólo ven una realidad parcial y dejan de ver procesos más amplios: procesos civilizatorios que se están dando por todos lados: uno que proviene de una historia cultural lejana en el tiempo, otra historia cultural lejana en el tiempo que se cimbra.

 

Así como en los siglos XVI y XVII se consideró al Bajío Mexicano como un laboratorio de razas, hoy parece volver a darse un proceso de nuevas mutaciones.


[1] Para una referencia sobre los otakus, se recomienda visitar las siguientes páginas web: http://es.wikipedia.or/wiki/Cultura_otaku; http://incilopedia.wikia.com/wiki/Otaku

[2]  Ver periódico A.M., del 18 de abril del 2008.

[3] Periódico A. M., 27 de octubre del 2006.

[4] Periódico A.M. del 20 de agosto del 2006.

[5] Periódico A.M.  del 2 de septiembre del 2006 y del 21 de abril del 2008.

[6] Periódico A. M. del 30 de agosto del 2006.

[7] Periódico A.M. del 15 de abril y del 30 de mayo del 2008.

[8] Periódico A.M. del 23 de junio del 2008.

[9] Consultada de una nota periodística del portal del periódico A.M. en: http://www.am.com.mx, el 5 de septiembre del 2008.

[10] Tomado de nota periodística del portal del periódico A.M.: http://www.am.com.mx, consultado el 5 de septiembre del 2008.

[11] Para revisar las ganancias que estos productos generan en Japón, así como las tendencias de diversificar las tendencias de grupos como los otaku y a partir de ellos crear estrategias de mercados para el consumo de jóvenes, recomendamos revisar el documento, “New Market Scale Estimation for Otaku: Population of 1.72 Millon with Market Scale of Y411 Billon”, consultado el 10 de agosto del 2008 en: http://www.nri.co.jp/english/news/2005/051006.ttml

[12] En el portal del periódico A. M., http://www.am.com.mx, consultado el 5 de septiembre del 2008, se puede ver que en 1998 había 373 divorcios por 10, 000 bodas, en el 2008 eran 1, 300 divorcios frente a 8, 000 bodas. En 1998 había un proceso de divorcio al día, en el 2008 hay entre 4 y 6 diarios

[13] En el portal del periódico A. M., http://www.am.com.mx, consultado el 5 de septiembre del 2008 se reporta que de acuerdo con estudios del Arzobispado de León, pese a que el 98% de la población en la ciudad se dice ser católicos, sólo el 30% asisten a misa los domingos, en una proporción de 3 a 10 leoneses, aunque algunos sacerdotes que ellos calculan que sólo es el 9 o 10% de la población.

Imágenes desde la cultura para recordar el futuro. Miradas desde la mediología. IV

III. Noticias del Imperio. De las tribus a las tribus urbanas para poblar el anime.

 

 

El pasado reciente. Si uno hace un recorrido por distintas trayectorias que conectan diferentes zonas de la ciudad de León, uno no puede dejar de observar, además de que son diferentes formas de regionalizar a la ciudad, que están cubiertas de una diversidad de imágenes y textos: lentamente la textualidad y lo icónico se ha ido tornando visible, no sólo modificando el ambiente urbano, trastocando los paisajes, sino que señalan otras maneras de ser de la ciudad, así como de vivir y experimentar la ciudad.

               

Igualmente uno no puede dejar de observar, que por su ubicación topográfica y su dimensión topológica, sus soportes, sus materiales significantes, así como sus sistemas discursivos, que las imágenes y las textualidades tienen una dimensión política, es decir, “una organización cognoscitiva que afecta a todos los niveles de la vida en comunidad” (Muñoz, 2004: 13), una forma de “ordenamiento de la realidad mediada simbólicamente” (2004: 15).

 

Pero este ordenamiento cognoscitivo mediante las imágenes y las textualidades responden a diferentes modelos del vínculo de la vida política mediante la dimensión de la cultura que se ha ido manifestando en la ciudad, y que representan una diversidad de propuestas y tendencias que se despliegan con el fin de ordenar la vida simbólica de distintos grupos sociales. Y esto es parte de un pasado reciente en la ciudad, un proceso que comenzó a mediados de la década de los ochenta del siglo XX, pero que cobro vigor y se generalizó a principios de la década de los noventa, cuando el país y la ciudad se abrieron plenamente a la internacionalización, a las emanaciones de la globalización.

 

Desde entonces, muchas cosas cambiaron: la ciudad entró de lleno a la postmodernidad, pero esa entrada hizo evidente otro proceso que parecía oculto, como ha sucedido con la activación de la dimensión local al generalizarse lo global: muchos de los remanentes de su premodernidad se unieron en un matrimonio extraño con el mundo luminoso de lo posmoderno.

 

El pasado reciente de la ciudad de León, es parte de esa articulación, y a falta de un retrato completo, de una visión de conjunto, es mejor elaborar una serie de imágenes, de destellos, por los cuales el pasado reciente manifiesta vínculos, resonancias mórficas, con pasados lejanos. Noticias del Imperio, aquellas que provienen de los medios de comunicación.

 

 

Noticia primera.

 

 

No nació aquí, pero para México, se dio a conocer a partir de acontecimientos que sucedieron en la ciudad de Querétaro, la puerta hacia Tierra Adentro, y desde ahí se desató y corrió hacia el norte, donde en otros tiempos fueron las tierras de la Gran Chichimeca: la agresión a los grupos de jóvenes denominados emo.

 

El 8 de marzo del 2008 aparece la noticia de que 800 jóvenes, “pertenecientes de grupos urbanas, como punk, metaleros, bandas oscuras y skaceros agredieron a jóvenes del movimiento emo –identificados porque su filosofía es actuar conforme a sus emociones y sentimientos-, con el objetivo de impedirles reunirse en una plaza del centro histórico de la capital queretana”[1].

 

La noticia creció y se expandió como fuego sobre hierba seca por distintos medios y recursos: la prensa, la radio, la televisión; páginas web, correos electrónicos, bogs; rumores y comentarios entre distintos grupos de jóvenes, padres de familia, centros educativos. La noticia fue nota en periódicos internacionales, como en España y algunos países de América Latina. Para algunos, fue causa de indignación, para otros de escepticismo. Para algunos fue la especulación sobre las actitudes de los grupos juveniles involucrados, que en días subsecuentes se manifestando su no participación en las agresiones porque no es parte de su filosofía de grupo, para otros fue la búsqueda de saber qué son los emos y las desde ese momento conocidas como “tribus urbanas”, para otros era la comprobación del racismo e intolerancia prevaleciente no sólo entre los grupos, sino en la sociedad en general.

 

Igualmente, en los días subsecuentes, comenzaron a aparecer notas periodísticas de llamados a agresiones o de agresiones a emos en diferentes ciudades del centro y del norte del país.

 

Durante las primeras comparecencias del juicio levantado contra seis agresores a emos en la ciudad de Querétaro, estos jóvenes manifestaron que la agresión se había hecho porque les molestaba que “se adueñen del Centro Histórico”.Algunas de las pruebas que se dieron para culpar a los jóvenes, fueron algunos mensajes que mandaron desde sus celulares. Uno de los mensajes era una invitación al centro histórico de Querétaro el 25 de abril para “dar muerte a los emos” porque “destruyen a la sociedad” y pedían llevar a “la masacre: palos, cadenas, tubos, navajas, piedras, botellas”. En un segundo correo era otra convocatoria para ir a golpear a los emos en una tocada para el 11 de abril en una escuela privada[2].

 

Mucho revuelo en pocos días, muchos dimes y diretes, muchas especulaciones, declaraciones que iban del desconocimiento, al desconcierto, a la toma de postura. En estos tiempos, la palabra emo fue la que mayor atención tuvo y puso en marcha a los buscadores de internet, y el apartado de la Wikipedia fue el diccionario que obró los prodigios de tornar visible lo difuso, de colocar un aura de sentido ante lo evanescente. Y en ese ir y venir, en algún rincón, la sospecha de si esa realidad editada y señalada permitía ver, aquello que ha señalado Michel Maffesoli (2004a: 14), “el resurgimiento de estructuras inmutables siempre nuevas, cosas antiquísimas, arquetípicas, que se elevan ante nuestros ojos”.

 

El suceso parece un acontecimiento mariposa que parece convertirse en un tornado, y de entre los vientos a los cuales se incitó, alguien hace una observación.

 

En una entrevista, el sociólogo de la Universidad Autónoma de México, Héctor Castillo Berthier, responde sobre el por qué de las agresiones: “…si leemos los mensajes anónimos que se mandaron por internet, la convocatoria era a otras tribus, los skatos, los punketos, los metaleros. Esa es la convocatoria que toman los medios. Si se revisan los primeros blogs de las entrevistas de los agresores, todos eran más bien estudiantes lasallistas o maristas o del Cumbres, todos eran chavitos clase media sin ninguna cuestión identitaria física, que te decían: ‘¿Por qué no me gustan los emos?’ Porque son homosexuales, porque lo mismo da un hombre que una mujer y no los puedes distinguir, y no queremos que los homosexuales vengan a esta plaza”.

 

El sociólogo añade sobre el origen de los ataques: “… tiene que ver más con la intolerancia generada desde los extremismos de grupos que pueden ser de extrema derecha, que están ligados a asuntos escolares, y que dicen: ‘A ver, yo mando un mensaje: recuperemos nuestra plaza, no queremos homosexuales, perfecto, pues vayamos a agredir’. Y todo viene en un comunicado anónimo donde la culpa la tienen los otros”.

 

En el fondo del cual el sociólogo hace sus observaciones hay algo más de lejano que el pasado reciente y que sin embargo invita a pensar de manera rápida sobre la manera como se colapsa el tiempo en historia reciente: la articulación de viejas tendencias sobre nuevos actores para ocupar el espacio histórico y primordial, simbólico, que va más allá de las filiaciones identitarias históricas primeras, sino de las improntas y mecanismos para fijar el orden, la continuidad y los marcos desde los cuales se organiza lo social y lo humano, en un tiempo donde las amenazas de las certezas y seguridades son nuevamente amenazadas por la presencia de la alteridad, como expresa Ian Chambers (2006: 234), una dinámica que tiene su propia historia, y que remite a aquellas etapas del colonialismo y violencia, como lo acontecido con la conquista de América, donde erradicar la alteridad “es suprimir todo lo que se opone al ejercicio del poder que me permite estar seguro de la rotundidad de mi autonomía”, dentro de un entorno donde la vida se ha movido, las fronteras, las articulaciones de lo social en el tiempo y en el espacio se ha reconfigurado y es un proceso en marcha[3].

 

La noticia de la agresión a los emos, entonces, manifiesta algo más de fondo que el simple suceso: una realidad que se ha ido manifestando pero que parece estar vacía de significación, simbólicamente generalizada, y a la que una instancia la torna visible, la señala y le otorga una impronta de sentido[4]; una realidad que colapsa y se pone en tensión, y que eso mismo conlleva un cuadro complejo y complicado del presente, pero impulsado en mucho por resortes de pasados varios que se tejen de una manera tal que lo hacen visible y concreto; un contexto y un fondo que le da espesor y sentido: momentos de crisis, de tensión, donde se forja un ambiente colectivo en diferentes planos y niveles (internacional, nacional, regional y local) que hablan de una zona de tiempo para alterar tanto los imaginarios colectivos y la vida social.

 

En el periodo desde que se gestó la agresión a los emos, los medios de comunicación incluyeron este suceso dentro de la agenda social de lo que toca ver al tornar visible no únicamente los procesos cambiantes que conforman la vida social que alcanzan la dimensión de agenda pública, sino la manera como su acción torna factible ocupar emocionalmente un territorio, el ánimo y el sentimiento colectivo (Virilio, 2007: 30), en un procedimiento que Rossana Reguillo (2000: 74) menciona como la recuperación del “habla mítica” del pueblo, “en el sentido de jugar con las ganas de experiencia, con la necesidad de un mundo trascendente que esté por encima de lo experimentado y que sea, paradójicamente, experimentable a través del relato de los miedos de los medios”, donde, como expresa Jesús Martín Barbero[5]:

 

Los medios constituyen hoy, a la vez, el más sofisticado dispositivo de moldeamiento y cooptación de las sensibilidades y los gustos populares, y uno de los más vastos conjuntos de mediaciones históricas de las matrices narrativas, gestuales, escenográficas del mundo popular, en cuanto ámbito de hibridación de ciertas formas de enunciación, ciertos saberes narrativos, ciertos géneros dramáticos y novelescos de las mestizas culturas de nuestros países.

 

Durante los meses en que se enmarca la agresión a los emos y la reacción de ellos y de la opinión pública, los medios de comunicación tenían una agenda pública que devenía de meses atrás, y dentro de la cual el incidente propició incorporar nuevos sentidos dentro de campos de sentido reiteradamente trabajados[6]. La agresión propició reacciones varias en la prensa nacional[7].

 

La sección de sucesos locales retomó el tema de los jóvenes: desde los reportajes sobre lo que son las tribus urbanas y el nuevo lenguaje que usan los jóvenes en el Internet[8], el crecimiento del uso de música en soportes tecnológicos portátiles[9], hasta noticias que los involucran y los ubican dentro de entornos donde son los causantes de amenazas y peligros: el alcoholismo y los accidentes viales[10]; la presencia creciente de bandas, pandillas, donde se hace particular énfasis en la presencia de mujeres jóvenes[11]; la preocupación por la drogadicción juvenil y la necesidad de tornar más fuerte la “operación mochila”; la presencia en el estado de Guanajuato, y en la ciudad de León, de los “maras”.

 

En contra parte, están otros sucesos “contenedores” de las amenazas y peligros: además de manifestaciones públicas como las de la iglesia sobre los jóvenes y la presencia de mafias en la ciudad[12], aparece la organización de marchas a favor de los valores familiares[13], la organización de pláticas para prevenir a los adolescentes sobre la drogadicción y otros problemas relacionados con la salud[14], el develamiento de una estatua de Juan Pablo II en la Plaza Principal, y la encuesta publicada el 30 de abril, el día del niño, donde se expresa cómo los niños viven con el temor de ser asaltados[15].

 

Estas dos tendencias se enmarcan en sucesos más amplios que enmarcan lo que sucede en el estado de Guanajuato y/o en la ciudad de León: por un lado, la tibia mención de redes de narcos y de operativos militares que ingresan a las ciudades para “prevenirlos” y “combatirlos”[16], así como la incesantes olas de robos, asaltos, secuestros, el asesinato de mujeres, los suicidios; por el otro lado, mientras se señala continuamente los problemas constantes en la ciudad por el caos vial, se señala el crecimiento de atropellados, por imprudencia, exceso de velocidad, debido al alcoholismo y desenfreno de jóvenes automovilistas; igualmente está la polaridad de realidades: mientras se habla del crecimiento de hombres y mujeres que migran hacia Estados Unidos[17], el bajo nivel escolar de los niños, se menciona del millonario presupuesto para combatir la pobreza ayudando a las familias con índices de pobreza extrema, y de combatir el analfabetismo entre las mujeres guanajuatenses; finalmente, se hace presente la problemática de la salud ante las preocupaciones por el crecimiento de la obesidad, la diabetes y las enfermedades que aparecen debido a las caries, todas relacionadas con una problemática mayor: la alimentación.

 

El entorno: la realidad se descompone en varias realidades que se mueven frenéticamente y llevan a un colapso donde todo se torna inseguro, inestable, amenazante. Retorna el imperio de la violencia, del miedo, de las amenazas.

 

Tiempos de politeísmos ideológicos y emocionales, de sacudidas colectivas por la telúrica re aparición de viejos arquetipos y remanentes arcaicos que parecieran manifestar lo expresado por Durkheim (2000: 33) en el sentido de que en “lo que concierne a los hechos sociales, aún tenemos una mentalidad de primitivos”, ya que como expresaría el historiador francés Jean Delumeau (1996: 17) “permiten alcanzar los sentimientos y comportamientos suficientemente significativos en el plano colectivo”[18].

 

Mas allá de la compleja y complicada contextualización del presente en diversas esferas, campos y niveles, la agresión de los emos activa viejas realidades, que si bien son parte de las condiciones de una sociedad del riesgo (Beck, 1998) que dinamiza la modernidad y la globalización (Ianni, 2000), pensamos en dos mecanismos que hacen en el presente aquello que señala Paul Virilio (2007: 53) sobre el impacto contra la barrera del tiempo, que al rebasarla por su velocidad y su acción bajo el vector del presente y del “tiempo del instante”, el retroceso por los caminos históricos que posibilitaron su manifestación.

 

El primero se refiere a la propuesta de Octavio Ianni (2000a: 57) de ver a la violencia como un recurso heurístico, porque:

 

Revela lo visible y lo invisible, lo objetivo y lo subjetivo, en lo que se refiere a lo social, económico y lo político y cultural, comprendiendo lo individual y lo colectivo, la biografía y la historia. Se desdobla permisivamente por los poros de la sociedad y del individuo. Es un evento heurístico de excepcional significación, porque modifica sus formas y técnicas, razones y convicciones de conformidad con las configuraciones y los movimientos de la sociedad, en escala nacional y mundial.

 

No por nada la violencia, como el miedo, tiene un proceso histórico particular que parece ser una constante en la historia de la civilización humana, que se torna colectivo e intencional, ante hechos y momentos de choque o contacto entre culturas, como en el caso de las colonizaciones, imperialismos y globalismos[19], pero igualmente en momentos de reacomodos colectivos al interior de los pueblos.

 

El segundo está íntimamente relacionado con el anterior y que se refiere al doble proceso que continuamente se desarrolla, por varios procesos históricos, sobre la necesidad de observar, nombrar y establecer a la diferencia con el “otro”, donde queda claro que no basta señalar y nombrar al otro, sino el marco de visión, propio de una acción militar o militante dentro de una guerra, y que en tiempos pasados, era la razón del empleo de mapas, cartografías, censos, cartas de navegación, y que desde mediados del siglo XX, las transformaciones de lo visual, de la fotografía al cine y de esto a los diversos soportes audiovisuales, son fundamentales (Virilio, 2007: 28) para las reformulaciones de lo real, lo verdadero, lo correcto (Virilio, 1999: 101).

 

Como lo fue en la Colonia con el cambio de los códigos de las representaciones visuales, en la actualidad se realiza mediante los recursos de la teleóptica, y no es gratuito que Rossana Reguillo (2005: 92-93) señale a la mirada como la estrategia de definir y organizar la diferencia, donde el desarrollo de la telescopía es fundamental, bajo la lógica racional y visual que posibilita lo telescópico y lo microscópico, siendo este último el desarrollo de las “tecnologías de la proximidad” que se instalan en el hogar y que posibilitan apreciar de las diferencias dentro de los marcos endógenos de las culturas, lo que posibilitan la transformación del uso de la televisión, y del Internet, como un recurso metereológico del metabolismo y de la vida social (Virilio, 1999: 26).


[1] Periódico, La Jornada, domingo 9 de marzo de 2008.

[2] Publicado en el periódico La Jornada, el martes 8 de abril de 2008.

[3] En este punto, retomamos las observaciones de Marc Augé (2007: 18)  en que las “fronteras” resurgen creando nuevos tipos de oposiciones, ante la apariencia de que las fronteras tradicionales se habían disuelto, porque se ha instalado un mercado laboral mundial y porque los medios de comunicación parecen haber borrado las distancias y obstáculos del tiempo y del espacio. Por ello propone la diferenciación de la ciudad mundial (“constituida por las vías de circulación y los medios de comunicación y difunden una imagen del mundo cada vez más homogénea”) con la de ciudad-mundo (donde “la población se condensa y, a veces, se producen enfrentamientos originados por las diferencias y las desigualdades” (2007: 20).

[4] No sólo la inquietante necesidad de muchos grupos por saber qué es un emo, sino una “tribu urbana”, que de manera generalizada se desprende del sentido otorgado por Michel Maffesoli (2004b) para tratar de encontrar en este término a un colectivo amenazante, agresivo y degradante.

[5] Citado en Reguillo, 2000: 75.

[6] En este caso nos referiremos al caso de la prensa, y específicamente al periódico, A. M. (Antes Meridiano), durante los meses de marzo y abril del 2008.

[7] Habría que destacar la encuesta realizada por el periódico Reforma, y publicada el domingo 4 de mayo del 2008 sobre la intolerancia de y sobre las “tribus urbanas”, y aplicada en el Distrito Federal, Monterrey y Guadalajara.

[8] En el reportaje publicado por el periódico A. M. el sábado 26 de abril del 2008, se mencionan una serie de datos importantes sobre el equipamiento tecnológico en Guanajuato y la ciudad de León: en 1999 había 192, 781 usuarios de celulares y en el 2005 eran 523, 805 en Guanajuato, siendo la ciudad de León la que concentra la mayor cantidad de usuario: 83, 437 en 1999, y 440, 849 en el 2005; en 1999, había 163, 484 casas con computadora y en el 2005, eran 722, 560 en Guanajuato, mientras que en la ciudad de León había 60, 298 en 1999, y 266, 808 en el 2005

[9] Es interesante la nota publicada en el periódico A. M. el lunes 7 de abril del 2008, donde se entrevistan a jóvenes de secundaria y quienes manifiestan que lo usan para no aburrirse, en paralelo se publica otra nota donde se entrevista a director de Salud Municipal quien señala que el uso de estos aparatos causan daños a la salud.

[10] En la edición del lunes 7 de abril del 2008 del periódico A. M., se menciona que el 2007 hubo 1, 450 personas que murieron en accidentes automovilísticos causados por el alcohol, siendo los causantes los jóvenes,

[11] De acuerdo con el periódico A. M.,  del 17 de abril del 2008, se calculan 1, 008 bandas en la ciudad de León, integradas por 30, 000 jóvenes de los cuales, 6, 000, el 20%, son mujeres.

[12] La presencia de la Iglesia católica de la ciudad de León se ha convertido en el siglo XX, y principal en la última década, en un líder de opinión pública con capacidad de convocatoria a nivel empresarial y política, por eso se publican sus llamados, aunque se ha llegado a manifestar su vínculo con el narco a través de limosnas, cosa que el Arzobispo de León ha desmentido. Periódico A. M., 7 de abril del 2008.

[13] La familia y los valores familiares han sido una de las áreas estratégicas de la administración del gobernador del estado de Guanajuato, Juan Manuel Oliva, quien ha participado en las marchas realizadas y ha implementado presupuestos  y ha firmado convenios para el “rescate de 100 familias”. Periódico A. M., 26 de marzo de 2008.

[14] En el periódico A. M. del 22 de abril se publicó la noticia de que el DIF de la ciudad de León había recibido un presupuesto de $408, 800 para implementar programas de orientación familiar, desarrollo comunitario y nutricional y estrategias de prevención de drogas para beneficiar a 2, 500 estudiantes de secundaria, ya que ellos son “más vulnerables a caer en problemas como la drogadicción, embarazos no deseados y desórdenes alimenticios como obesidad, bulimia y anorexia.

[15] Es interesante observar la encuesta publicada por el periódico A. M. el 30 de abril del 2008, en relación al tipo de respuestas de niños por clases sociales. Por ejemplo, en lo que respecta a lo que sueñan, mientras los niños de padres de mayores ingresos sueñan con divertirse y viajar, un mejor ambiente ecológico y a usar tecnología, los niños de clase media, sueñan con que sus ciudad sea grande y menos contaminada, mientras que los más pobres, suelan con subir de nivel socioeconómico, apoyar a su familia, mayor seguridad donde viven.

[16] El periódico A. M. del martes 25 de marzo del 2008 reporta el primer operativo del Ejército Mexicano en la ciudad de León en un operativo antidroga en la zona urbana.

[17] De acuerdo con las cifras de Desarrollo Humano de Guanajuato, 93, 000 guanajuatenses emigran al año a Estados Unidos, de los cuales el 81% lo hace en carácter de indocumentado. Periódico, A. M., lunes 7 de abril, 2008.

[18] La afirmación de Delumeu la hace bajo la orientación de su trabajo de investigación sobre la relación de la religión y el sentimiento de seguridad en Europa en el siglo XV y XVI.

[19] Un ejemplo de ello para el caso de América Latina en la época de la conquista la podemos ver en Muldoon, 1991.

Imágenes desde la cultura para recordar el futuro. Miradas desde la mediología. III

II. En tierras de la Gran Chichimeca y del anime.

Hace un tiempo la Comisión Estatal del Deporte y Atención a la Juventud del Estado de Guanajuato en México realizó unas pruebas genéticas entre la población de sus municipios para identificar desde la práctica deportiva para la que genéticamente son aptos. En el caso de la ciudad de León los resultados fueron que su población era buena para el tiro al blanco. Un deporte de corte militar, de la cual se practica formalmente desde hace algunas décadas, ¿de dónde viene este potencial? De los genes, por tanto, hay que ir más atrás en la historia.

 

Durante los primeros años desde que llegaron los españoles a México, el territorio ocupado y poblado fue hasta la ciudad de Querétaro, porque las comunicaciones permitían los traslados seguros y porque se dieron sobre asentamientos de poblaciones sedentarias. Más allá estaba el norte, inhóspito y bárbaro donde habitaban varios grupos de tribus indígenas que se les conocía de manera genérica chichimecas, y que ellos reconocían como la tierra de la Gran Chichimeca. Una de las principales características de los chichimecas, que era parte la herencia que se trasmitía de padres a hijos y una de las razones por lo cual eran inhóspitos y solo pudieron ser pacificados, más no sometidos, fue la práctica del tiro del arco y flecha (Powell, 1985).

 

Algo que se trasmitió por siglos, que se abolió por otros siglos más, perdura en los genes de los pobladores de la ciudad de León, en el estado de Guanajuato. Lo visible más bien, son las huellas de sus procesos de fundación hispana y católica, pese a que a la ciudad de León se le reconoce por su extrema fervor católico, su actitud emprendedora, industrial que se sintetiza en su lema: “El trabajo todo lo vence”.

 

En las tierras de la Gran Chichimeca se fundó a la ciudad de León, una frontera hacia otros territorios, un refugio para las rutas hacia las minas de Zacatecas y de Guanajuato. En los tiempos de la Colonia, la zona donde se ubica a la ciudad de León se le conoció, y desde entonces, como el Bajío Mexicano, integrado por un sistema de ciudades, como pocas otras hubo desde entonces, y además de ser una de las zonas agrícolas y mineras más importantes, fue un territorio para la aparición de nuevos sujetos y formas de vida inéditas en el país, y que posibilito ser un espacio de mestizaje de distintos tipos.

 

 

El hueso, el monumento, la memoria.

 

 

El historiador de las religiones y de las tradiciones sagradas, Frthjof Schuon (1980:34) expresa: “Lo que algunos llaman ‘el sentido de la Historia’ no es más que la ley de la gravedad”. El punto: antes de que las culturas fueran históricas, las de carácter a históricas o pre históricas, eran en base a la dimensión espacial, un émulo de las cartografías celestes. La historia propició un punto y una trayectoria, un peso de gravedad.

 

Por su parte, el científico Paul Devereux (2007:33) señala: “La especie humana tiene mucha más prehistoria que historia. El cerebro humano lleva esa prehistoria en sus diversas partes estructurales; la mente la lleva en el subconsciente”. El punto: conocer lo profundo de los espacios es conocer la manera como la mente ha obrado desde la prehistoria.

 

La cultura es una fuerza de gravedad pues uno de sus rasgos básicos es la permanencia, la continuidad, la memoria. Sus ejes son el tiempo y el espacio donde se materializa y cobra vida una forma de ser y estar en común a través de sus costumbres, ritos, cosmovisiones y mentalidades.

 

Vayamos a la ciudad de León, el vínculo de dos momentos: el pasado lejano, el año de 1576, fecha de su fundación, momento en el que culmina un proceso que comenzó entre 1530 y 1950 donde sólo había asentamientos humanos en lo que se llamaba “Valle de Señora”. Un edicto o mandamiento del Virrey de la Nueva España: hay las condiciones para poblar y fundar una ciudad que sería de beneficio “para la pacificación de los indios que en dichos valles andan alzados y rebelados al servicio de su Majestad, y que se eviten los daños que hacen especial en las Minas de Guanajuato y Comanja”. El pasado cercano, más no resiente, en el siglo XX se crea el escudo de armas que busca “simbolizar” a la ciudad de León: en la parte superior, enmarcando todo el escudo, la base de un torreón que pretende significar a la ciudad; en el interior, un cuadrante, como las cuatro direcciones, su propia cosmogonía: en el primero, San Sebastián, patrono oficial de la ciudad; en el segundo, el “León de Castilla”, referente europeo del cual se indico y mando implantar su nombre; en el tercero, el escudo del Virrey Martín Enríquez de Almanza, quien mandó fundar a la ciudad; finalmente, un panal y tres abejas formando un triangulo con el cual se quiso simbolizar el trabajo y la laboriosidad[1].

 

Los dos momentos: el centro de gravedad que se formó en una ciudad desde la cual, comenzó oficialmente su historia: España, el catolicismo de carácter de mártir, sacrificado para que viva el Espíritu, la laboriosidad, todo estaba por construirse, no había piedra sobre la que colocar otras piedras, había que crear un territorio. Por eso lo que llama la atención del escudo es el torreón: la piedra en forma de una torre de vigía y seguridad (apaciguar indios, cuidar los bienes de la Corona), sede el imperio, de la vigilancia política.

 

No la piedra que liga a un espacio, la piedra trazada por lo arquitectónico que funda un tiempo en el espacio. ¿Así comenzó la historia? ¿Así comienza una cultura? ¿Dónde comienza todo?

 

El filósofo francés Regis Debray (2001: 42) comenta: “Al principio fue el hueso, no el logos”. La afirmación revela algo más profundo: el hueso es un archivo, un recurso de la memoria tanto de la vida de quien lo poseía, como de la comunidad que lo conserva. Es por ello que señala el filósofo francés que las sepulturas fueron la “primera memoria mnemotécnica” porque en ella se permitía tanto el contacto del pasado con el futuro, un proceso que materializaba las cosmovisiones y formas de vida de un grupo. En la sepultura, el hueso se prolonga y extiende a la piedra, y la piedra que se edifica como megalito, monumento, sintetizan la “aventura simbólica” de la edificación de la memoria colectiva, pues otorga presencia a lo que ha desaparecido, vigencia a lo importante y fundamental para la continuidad.

 

La cultura, entonces, es algo que se trasmite a través del tiempo, el tiempo largo de los siglos, y se inscribe en la memoria colectiva. Pero para que la memoria permanezca ha de contar con una diversidad de recursos nemotécnicos que permitan la continuidad, pese al paso de las generaciones, de las transformaciones. Los recursos mnemotécnicos se inscriben en objetos que almacenan mentalidades  y cosmovisiones colectivas: las huellas que dejan, la vida simbólica que se guarda, cuando se materializa permite formar grupos, forjar lugares para que algo perdure porque se convierte en un soporte de sentidos colectivos, un geosímbolo que reúne y hace durar y tenga una utilidad a lo largo del tiempo.

 

En nuestro caso, la mirada se ha fijado en un espacio concreto: la ciudad de León, Guanajuato. Su historia es larga y con el correr de los años fue conformando un espacio social y urbano donde algunas de sus construcciones fueron edificándose como recursos mnemotécnicos para su memoria colectiva. Varias de estas construcciones permiten reconstruir la forma como se ha edificado la ciudad, y no sólo por la manera como han sido usados, sino por lo que ha permanecido a lo largo del tiempo ya que su materialización en edificios, templos, monumentos, jardines, manifiestan su mundo simbólico, su mentalidad, sus costumbres, representaciones y valores. Estos espacios y construcciones son una herencia del pasado, una huella que materializa la identidad histórica y primaria de los leoneses, que pese a las transformaciones de su vida a lo largo de los últimos siglos, permanece en los albores del siglo XXI.

 

Es por ello que la mirada se puede colocar en una construcción que permita observar la manera como lo fundamental de la identidad histórica permanece pese al correr del tiempo, que ocupo un espacio en la ciudad en momentos de transiciones profundas, incluso en ámbitos mayores como el país y el mundo, un tiempo que puso a prueba las huellas originales, y la mentalidad básica y primordial. Esa construcción es la sala de cine.

 

Si al principio fue el hueso y después el monumento, el siguiente paso fue el templo, sucedáneo de la cueva, la montaña, el bosque, representación fija del orden, del cosmos. Pero a nivel humano, primero fue el clan, después fue la civilización para finalmente pasar a la cultura. Es por ello que a lo largo de la historia humana la comunidad ha sido un factor fundamental para la vida social, que cuando se ha visto amenazada, es porque elementos culturales más amplios se están desintegrando: las tradiciones entran en colapso.

 

Para forjar la cultura, el templo ha sido fundamental: un espacio de continuidad con la naturaleza, con los ancestros, con un orden superior. Igualmente es la metáfora del cuerpo humano, su interior, y el templo unifica, da sentido de totalidad, de comunión y continuidad. Es un tanto como lo expresado por Elías Canetti (1982) sobre las “masas cerradas”, instituciones con rasgos más de un orden familiar, donde lo importante eran los límites delimitados donde la masa se establece y “el espacio que llenará le es señalado”, y esos límites le permiten una estabilidad, y la repetición evita la desintegración. Expresa del rito de la misa:

 

En la regularidad de la ida a la iglesia, en la familiar y exacta repetición de ritos precisos, se le garantiza a la masa algo así como una vivencia domesticada de sí misma. La realización de tales quehaceres en tiempos establecidos se convierte en sucedáneo de necesidades de índole más dura y violenta.

 

Quizá no sea gratuito que al final de su libro, A personal journey with Martin Scorsese through american movies., el director de cine norteamericano, Martin Scorsese (1999), expresara sobre la fascinación que le abrió el cine cuando era niño y el vínculo que sentía al ir a la sala cinematográfica, muy cercana a la de una iglesia:

 

No veo un conflicto entre la iglesia y las películas, lo sagrado y lo profano. Obviamente, hay grandes diferencias entre la iglesia y las salas de cine. Ambas son lugares para la reunión de la gente y compartir una experiencia común. Creo que hay una espiritualidad en las películas, aun si no se quiere suplir la fe. Encuentro que a lo largo de los años muchas películas se han dirigido al lado espiritual de la naturaleza humana, desde Intolerancia de Griffith a Las viñas de la Ira de John Ford, a Vértigo de Hitchcock, a 2001 de Kubrik… y muchas otras.  Ha sido a través de las películas que se ha contestado una antigua pregunta para el inconsciente común. Han llenado una necesidad espiritual de la gente que tienen de compartir una memoria común. 

 

La expresión y reflexiones de Martin Scorsese hablan algo de lo que ha sido la presencia del cine y la experiencia que propicia en sus públicos: de entrada, su vínculo con otra institución social, la religiosa, que tanto tiene el poder de llegar a lo profundo mediante una serie de imágenes, discursos, como congrega a una comunidad en un acto ritual, colectivo, emotivo, afectivo. El cine como otro espacio similar a la iglesia donde se encuentra con imágenes que tocan lo profundo de las necesidades humanas, un inconsciente colectivo y forman una memoria común. La fusión de imágenes, ritos, espacios, surtidores de imágenes y símbolos que desde aquí en la tierra hablan y conectan con lo que está en los cielos.

 

Como sucede con un templo de carácter religioso, la puerta de la sala de cine es un umbral que separa dos realidades, dos mundos donde los asistentes pueden detener el fluir del tiempo que se vive en la cotidianeidad para acceder a otra temporalidad, más allá de los límites personales y humanos, y a través de las historias que las imágenes hacen presentes, dejarse llevar por su fluir y poder conectar el pasado con el presente, poder transcurrir en el tiempo. Fue la sala cinematográfica la que posibilitó que el cine pudiera estar presente en los contextos inmediatos y sociales de los grupos sociales diversos. Más que un recurso tecnológico que entraba a la vida familiar, que generaba discursos sobre la vida del hogar y sus circunstancias, como la televisión, la sala de cine diseñaba la entrada del mundo social a su interior, y ahí cada imagen, cada sonido, cada dialogo era una totalidad, una conexión desde el interior con lo más amplio.

 

Al inicio del siglo XX, las principales infraestructuras urbanas en la ciudad eran los templos, y sobre templos, estadios, teatros, se fundaron salas de cine, que andado el tiempo, algunas salas de cine fueron convertidas a su vez en templos. Ruinas circulares por donde la materia crece en la espiral de espacios consagrados a la consagración y el asombro.

 

Igualmente, en las décadas previas al siglo XXI, en la ciudad de León aparecieron otros espacios urbanos con ambiciones de totalidad como la de un templo: los centros comerciales. Alejados del centro histórico, un espacio al cual las familias acuden cada fin de semana, como antes lo hacían sus padres o abuelos a la plaza principal, no sólo a divertirse y a convivir, sino a sentirse parte de una comunidad, pero donde ahora los rasgos que constituyen y dinamizan esa comunidad se gestan a través de círculos más restringidos, a través de redes sociales, más que a comunidades, y más cercanos a la capacidad de consumo, de realizar ciertas prácticas, de vivir en ciertos territorios de la ciudad, de un capital económico y cultural que los une y los hace diferentes a otros grupos sociales.

 

La presencia de nuevos espacios y de nuevas formas de agrupaciones sociales señala un proceso de transformación, algo que no ocurrió de un día para otro, o del día a la noche: fue el crecimiento y expansión de la mancha urbana, una explosión demográfica que disparó a su población de una manera como no se había realizado por siglos[2], con su consiguiente diversificación a través de olas migratorias de personas de distintas partes del país, e incluso, de varios países del mundo; alteraciones en la vida diaria y la ramificación de nuevas actividades y prácticas culturales, otras maneras de habitarla, la aparición de diversos centros espaciales que diseñan y posibilitan las formas de estar y moverse por la ciudad.

 

Los espacios que posibilitaban la presencia de las masas cerradas de Canetti han dado espacio a las masas abiertas, y estas se han distribuido por la ciudad, y se han agrupado de acuerdo a una nueva organización de los espacios, y del tipo de agrupamientos colectivos.

 

La ciudad, como un todo, se ha regionalizado: sus habitantes ya no conocen ni transcurren por todo su espacio, sino que sólo lo hacen por determinadas regiones, y en ese sentido, ha ido ocurriendo lo señalado por el sociólogo inglés Anthony Giddens (2004) como una de las principales manifestaciones de la modernidad: un distanciamiento entre el tiempo y el espacio, es decir, la manera como las personas han pasado de una forma de estar presentes, a otras donde la manera como se relacionan es debido a su ausencia y el empleo de recursos que los conectan a través del tiempo y del espacio: rutinas estandarizadas que permiten la conexión ocasional, fragmentaria, y delimitada; la emergencia en lo cotidiano del transitar por la ciudad que implica el uso de medios de transporte y de la movilidad por avenidas que son un espacio que diseña un estar a través flujos y de estancias móviles; el empleo de tecnología como los celulares, el internet y el messenger, los MP3 y las agendas electrónicas, y otros más. En términos del filósofo español, Jesús Martín Barbero (1996), se ha dado un “des ordenamiento cultural” que se manifiesta a través de tres procesos: el des centramiento, la des especialización, el des arraigo.

 

El distanciamiento entre el tiempo y el espacio, y el des ordenamiento cultural da las pautas para entender algunos de los procesos del paso de las culturas pre modernas a las modernas de acuerdo a la propuesta del sociólogo Anthony Giddens: el paso de las relaciones de parentesco como una vía para estabilizar los vínculos y las relaciones a través del tiempo y el espacio, a las relaciones personales que giran alrededor de diversas esperas: las íntimas, las de amistad, las de trabajo o compañerismo, las anónimas, las impersonales; el paso de una comunidad local que propicia un entorno familiar, estable y conocido, a relaciones basadas en sistemas abstractos que permiten mantener diversos tipos de relaciones, por algún fin, pero que generan circuitos espaciales y limitados de familiaridad, pero que tienden a la inestabilidad y hacia lo desconocido; las cosmologías religiosas que proveen un sentido global a la vida y al vínculo con el mundo y los demás, y la tradición como un vínculo que conecta al pasado con el presente, a los sistemas de ideas y pensamiento que permiten adquirir el sentido de una profesión, de eficacia, un estilo de vida, un lugar en el mundo que conecta el pasado personal con el futuro, sin que necesariamente esté mediando una tradición histórica, colectiva y local.

 

Es por ello que la manera como las familias se reúnen en los centros comerciales tienen una diferencia significativa a la manera como se hacía en la plaza principal: ya no es para dar continuidad a una comunidad y a una tradición que conecta el pasado con el presente de acuerdo a un espíritu colectivo e histórico, sino dar continuidad a un contacto con grupos que permitan la reiteración de pertenencia a una forma de ser y a un estilo de vida que se tiene que re hacer y re afirmar continuamente de acuerdo a los dictados de una diversidad de sistemas de expertos: el consumo, la moda, las innovaciones tecnológicas, los universos de sentido que provienen de los medios masivos, la publicidad y otras más.

 

Pero así como las salas de cine pueden ser vistas como un equivalente a un templo, con su modificación de un complejo de exhibición de películas conformado por pequeñas salas de cine, integradas a un centro comercial, la equivalencia ya no es necesariamente con los templos, quizá con las de capillas, o mejor aún, con altares, principalmente con los altares de la vida actual: la pantalla de la televisión, del internet.

 

Una ventana o un altar de carácter virtual que no mira a lo exterior, sino a lo lejano, una interfaz de imágenes, narrativas, sonidos donde ya no se es un espectador, sino un usuario que desde la soledad, accede a estos mundos para estar cerca de lo lejano, ausente de lo cercano. No hay una puerta que separe realidades y temporalidades, ni que permita el transcurrir de una temporalidad que vincule el pasado con el presente, sino que es una exposición, un estar en una temporalidad nueva: el tiempo real, la transmisión instantánea.

 

La ciudad de León ha entrado a una nueva dimensión temporal, aquella que señala el filósofo francés Paul Virilio (1997) el intervalo del género de la luz, que lleva al límite de lo posible a la percepción de la duración fenomenológica y a la extensión del mundo en diversos planos de movilidad espacial a través de dos dinámicas nuevas del tiempo: el tiempo aceleración, el tiempo real.

 

Este intervalo de temporalidad, propicia una nueva organización de la geografía y de la historia: del orden que concentra en un punto y desde ahí diseña su espacio para transcurrir en dos planos temporales, el lineal o cronológico y el cíclico o mítico, se pasa a la creación de nodos espaciales que diseñan y favorecen estancias en tránsito, espacios sin huella de memoria histórica y social, donde lo fundamental es llegar para partir de nuevo, sólo exponiéndose a estar durante un instante que tiene un límite, el necesario para ligarlo con otro transcurrir. El fluir por una serie de puntos urbanos que se conectan por una misma dinámica de percibirlos, de estar y de usarlos.

 

Así, cuando las salas de cine se integran a los centros comerciales, propician otras cosas muy diferentes a las que se ubicaban en la zona central de la ciudad: el acceso a una hiperrealidad que conecta con temporalidades y especialidades que remiten a dimensiones más allá de lo local y de lo nacional: los circuitos que recorren al mundo a través de productos, artefactos de consumo que devienen de lo global y lo internacional; prácticas sociales y culturales donde lo audiovisual es un fluir por diferentes espacios, como los bares, los antros, los restaurantes, de una manera similar como se emplea a los celulares, esos pequeños altares virtuales que todos portan, que no reconocen fronteras espaciales y que se usan para contactar sin mediar tiempo y espacio.

 

Es por ello que ir al cine es como ir al antro, ver la televisión, usar el celular: el silencio y la actitud extática ante la pantalla, se transforma en un estar juntos que retoma lo proyectado como parte de la dinámica y de la charla del grupo. No es una forma de ser e integrarse en el tiempo, sino de pasar y dejar pasar el tiempo. La estética del cine que se ha modificado de acuerdo a la estructura del video clip, del videojuego, de la publicidad televisiva, diseñan y posibilitan esa forma de ser y estar en las nuevas salas de cine. Lo que antes ligaba el cine, la memoria, el colectivo, ahora es el transcurrir del momento, de pequeños clanes y tribus urbanas.

 

Si primero fue el hueso, la piedra, el templo, ahora es el celular, el videojuego, las agendas electrónicas, el internet.

 

 

Resonancias del tiempo. Las aguas y la concha.

 

 

Si primero fue el hueso, después el monumento y el templo, igualmente habría que pensar en el elemento que les daba vida y energía: el líquido. El hueso se genera por los líquidos contenidos en su interior, son los que imprimen huellas genéticas y los que permiten que estén sanos, si los carecen, el hueso envejece, muere. Los monumentos y templos sagrados se construían encima de corrientes acuáticas que imprimían un magnetismo especial, que si carecía de él, o el afluente se secaba, había que emigrar a otro espacio adecuado.

 

El celular, la agenda electrónica, los reproductores de MP3, las consolas móviles de videojuegos, recuerdan a otro simbolismo sagrado de muchas religiones: la concha (Eliade, 1986). La concha es un símbolo del agua, de las fuerzas que fluyen en el universo para fertilizar, dar vida. Fuerzas que se mueven en lo oculto, lo no visible, el inconsciente.

 

Es por ello que si se puede pensar en la analogía del paso que ha implicado del hueso al celular, bien podríamos pensar que las “fuerzas acuáticas” que este último despierta, comienzan a rondar por sus entornos. El hueso, el monumento, el templo, reúnen en un centro; el agua fluye por ríos y arroyos, toma causes por lagos, manantiales, océanos. El agua que corre o se estanca manifiesta lo que está oculto a la vista, pero está actuando. El agua es lo que nutre, regenera, da vida, destruye. Las aguas que corren, o los ríos y arroyos secos, nos hablan de un pasado que está presente y que siempre retorna, como es el caso de las tormentas donde las aguas bajan por antiguos causes que estuvieron antes de ser cubiertas por cemento y que forman las avenidas y los espacios habitacionales.

 

Las tecnologías móviles nos hablan del fluir de las aguas y esto nos lleva a pensar en las transformaciones de la vida social y urbana, y en particular en dos aspectos importantes de la historia de la ciudad de León: sus procesos de regeneración y la manera como sus fuerzas subterráneas han emergido en la actualidad.

 

Desde sus inicios, la ciudad se ha tenido que re hacer continuamente por la recurrencia de las inundaciones. La historia de León es lejana, su infraestructura es relativamente reciente porque periódicamente las aguas de las inundaciones arrasaban con gran parte de las construcciones y había que comenzar nuevamente. En gran parte, de ahí viene la mentalidad que se sintetiza en su lema. “El trabajo todo lo vence”. Hoy, las inundaciones son por defectos del drenaje público, las malas o defectuosas construcciones, la desatención a los ríos secos que se llenan de basura, los antiguos causes de ríos que se han urbanizado. Las inundaciones se dan en zonas de la ciudad que dan la apariencia de estar en todos lados.

 

La historia de la ciudad de León, igualmente manifiesta una serie de rasgos que nos caracterizan y nos dan identidad, pero igualmente se ignora todo aquello que en la ciudad ha estado presente y no es digno de hacerlo presentable, y que las normas, costumbres y valores los han intentado controlar e ignorar: el tiempo libre, las diversiones populares, la presencia de las mujeres y de los jóvenes en el espacio y la vida pública, la vida nocturna, el transitar por la ciudad, la sexualidad, el alcoholismo. Sin embargo, desde hace unas décadas esas son algunos de los rasgos más visibles de la ciudad. Incluso, la estrategia de mirar al exterior para renovar la economía local ante la crisis de la industria del calzado y de la curtiduría, y la llegada de productos y servicios de rango internacional, propios de los mecanismos más estereotipados de la globalización, son esas manifestaciones las que se impulsan y mantienen activa a la nueva economía de la ciudad de León.

 

Quizá no es que con la vida de hoy en la ciudad de León las tradiciones se despiden, sino que otro tipo de memoria ha ido emergiendo y en su correr han encontrado otros artefactos para otro tipo de memoria, una que no hemos conocido o que hemos olvidado. Por ejemplo, el sociólogo Zygmunt Bauman (2006)ha señalado que hemos entrado a una “modernidad líquida” y su sociedad es “aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar y se consoliden en unos hábitos y en una rutina determinadas” y que lo que enfatiza “en todo momento es el olvidar, el borrar, el dejar y el reemplazar”, y es por ello que este tipo de sociedad siempre está inserta en procesos que implican “nuevos comienzos”, sin poder determinar cuando terminan.

 

Un punto para ver las transformaciones que se están dando en la ciudad es preguntarse por las condiciones que las posibilitan, y observar las principales construcciones que se están realizando. Si en el pasado lejano eran los templos religiosos, las casas habitación, los centros laborales, estos siguen siendo las principales construcciones, pero ahora con diferentes tendencias y características y con diferentes lógicas de ubicación. Pensemos en los centros y plazas comerciales, en las farmacias, los Oxxos y similares, las licorerías, los centros de negocios, los antros, los after y los lounges, los restaurantes y taquerías, las cafeterías y las mueblerías, los cajeros automáticos y las gasolinerías, los expendios de pizzas y los módulos de venta de celulares, por decir unos cuantos que llevarían a preguntarnos si todo ello actualiza algo pre existente en la ciudad y/o modifica las condiciones de vida, las experiencias de y en la ciudad, así como su propia naturaleza histórica, social y cultural.

 

Y en esos procesos, las salas de cine permanecen, transformadas, y enseñándonos que en lo más oculto y profundo de la sala, la pantalla otro espacio por donde las imágenes se suceden, fluyen y que en esa capacidad de fluir, se trasladan a los celulares, los MP3, las agendas electrónicas y dialogan con las historias de los videojuegos.


[1] La información del escudo de armas de la ciudad de León, Guanajuato, se extrajo de la publicación, “León de los Aldama, Guanajuato”, publicado por el Honorable Ayuntamiento de León, 1998-2000.

[2] Un ejemplo del crecimiento poblacional en la ciudad de León se puede ver por algunos cortes de los censos de población en distintas épocas: en 1930, había 99, 457; en 1970, 429, 150, para el dos mil, era de un millón y medio, aproximadamente.

Imágenes desde la cultura para recordar el futuro. Miradas desde la mediología. II

I. Encuentro de mundos. La invención de México.

 

 

Un punto de partida: el pasado. La presencia del pasado que sigue actuando en el presente, como huella, indicio, resonancia de memorias, textualidades, prácticas, virtualidad cultural que sólo el paso del tiempo permite contemplar.

 

El momento: los límites entre el mundo pre moderno y la modernidad. El lugar: un mundo ignorado y no pensado hasta ese momento. El proceso: contacto, reconocimiento, confrontación, imposición[1]. Sergue Gruzinski (1991: 9) se pregunta y responde:

 

¿Cómo nace, se transforma y muere una cultura? ¿Cómo se produce y se reproduce un entorno que tenga credibilidad en situaciones en que los trastornos políticos y sociales, en que las diferencias en los modos de vivir y pensar, y en que las crisis demográficas parecen haber llegado a límites sin precedentes? Y, de una manera más general, ¿cómo construyen y viven los individuos y los grupos su relación con la realidad, en una sociedad sacudida por una dominación exterior sin antecedente alguno? Son preguntas que no podemos dejar de plantearnos al recorrer el prodigioso terreno que constituye el México conquistado y dominado por los españoles de los siglos XVI al XVIII.

 

Es posible ver en las preguntas una relación del presente del pasado para encontrar en otras temporalidades y contextos, otras historicidades y sus acueductos, la misma pregunta que muchos se hacen a partir de la posmodernidad y lo global: la manera como un mundo cambia y se disemina en sus diversas regiones, los ambientes de cambio a través de la guerra, los miedos, el terrorismo, la sorpresa de la presencia de los imaginarios y de nuevas socialidades colectivas, los mecanismos de diferenciación y desigualdad, la presencia de las industrias de la cultura y de los medios de comunicación que modifican y articulan la geocultura con la geopolítica, aportando nuevos recursos a la hegemonía planetaria y a la rea aparición de la dimensión cultural impulsando a través de los vectores del consumo, no sólo nuevas maneras y rutas de ser, sino de renovarse y conformar otras dimensiones de lo real, principalmente por las maneras como se redefine lo espacial y lo temporal a través de universos de sentido disponibles a través de una armada de tecnologías de información que se fijan y se mueven por todos los rincones.

 

Esas, entre otras, han sido preocupaciones y ocupaciones de algunos pensadores que desde lo sociocultural han intentado seguir el pulso de las transformaciones (Reguillo, 2007; García Canclini, 2007a).

 

La mirada del historiador de un país como México, lo lleva a explorar otras rutas de sentido, orientación y conexión. Al final de su libro, La guerra de las imágenes, Sergue Gruzinski (1994: 214) expresa:

 

Si, para calificar estos tiempos que presencian la multiplicación de los canales de comunicación (video, cables, satélites, computadoras, video-juegos, etc.) en México como por doquier, y las nuevas posibilidades que tiene el espectador de componer sus imágenes, hemos querido retener el término de “neobarroco”, es porque la experiencia individual y colectiva de los consumidores de imágenes de la época colonial ilumina las iniciativas que se esbozan hoy, los márgenes que se liberan pero también las trampas que encierra esta aparente libertad, este aparente desorden de lo imaginario.

 

Para Gruzisnki, el periodo colonial hace evidente la importancia en la vida cultural y social de los mundos de las imágenes tanto para el mundo prehispánico como para el mundo europeo y pre figuran el lugar que tendría tanto como un antecedente un tanto lejano pero igualmente cercano a la globalización, como por la vitalidad de los imaginarios que emanan de las matrices culturales que ahí se conformaron.

 

Así, mirar hacia la Colonia permite observar el nacimiento y la transformación de una cultura a partir de dos matrices completamente ajenas en el tiempo, en lo político, social y simbólico, y que no fue un acontecimiento más en la historia de la civilización humana, pues como expresaría el historiador mexicano, Edmundo O’ Gorman (1977), se hubo de “inventar” tanto el hecho, como poblar un mundo en un proceso que parece ser comúnmente reconocido en nuestros tiempos: desterritorializar para volver a territorializar desde las capas profundas, subjetivas e intersubjetivas, ahí donde habitan las dimensiones arquetípicas del inconsciente colectivo, hasta las más ordinarias y cotidianas que con el tiempo forjarían la vida social y la historia social de una nación.

 

Del complejo y complicado proceso de la conquista y dominación española en México, tres aspectos del proceso del contacto, invención, creación dominación nos interesa destacar, pues nos dan elementos para comprender lo profundo de las transformaciones culturales, y la antesala de lo que ha sido para el país la llegada de la cultura global.

 

El primero desembocaría del proceso histórico del encuentro de culturas, que para el pensamiento occidental se encuentra en un movimiento de transición del mundo pre moderno para el caso de España, mientras que en el caso del mundo pre hispánico se vive otra temporalidad histórica que posteriormente fue ubicada cerca del primitivismo, seres sin historia, sin razón.

 

Si bien la conquista fue una acción militar, política y religiosa, sus impactos y gran parte de su obrar fueron de orden y carácter cultural, pues implicó no sólo la creación de algo nuevo sobre las bases y mentalidades prevalecientes en España y algunas naciones europeas, sino que calo en el interior de la colectividad nativa. Asentado sobre los pilares de poder jurídico y teológico religioso (Liss, 1986), lo militar y lo administrativo conformó la esfera política y económica de la nueva base social, pero la segunda fue fundamental para el poblamiento de una nueva cosmovisión que edifico una mutación en la percepción del orden temporal y espacial (Florescano, 1987), el paso de una concepción y representación cosmológica a otra de carácter historiográfico y religiosa.

 

No la religión, sino la religiosidad, que si la entendemos como lo hace Regis Debray (1996: 13), una “conducta que ponga en relación un adentro con un afuera, un plano interno y un punto externo”, se puede observar que la Colonia fue, como expresa Gruzinski, la colonización del imaginario que abarcaba las dimensiones amplias, cósmicas, y las inmediatas, lo cotidiano, pero que no sólo se edificaba en una nueva geometría espacial y en una procesión temporal, sino en la manera como desde adentro de cada uno se “religaba” con algo desde una matriz simbólica particular, y se “ligaban” de manera colectiva, estratificada y desproporcionada.

 

Esto es evidente ya en la Nueva España donde al modificarse las cartografías y los calendarios, se hicieron presentes en las representaciones que se fueron manifestando en obras arquitectónicas, doctrinales, artísticas, filosóficas y morales, en el empleo de la lengua, y en los sistemas de registro del conocimiento, de la memoria, a través de sujetos e instituciones especializadas para ello. Si en el primer contacto y en la conquista los actores eran los europeos y los indios, en la Colonia tenemos al mestizo, que es parte de la dinámica propia que emergería del encuentro de dos culturas.

 

Una de las principales preocupaciones en la era digital es sobre el futuro del libro. No sólo si sobrevivirá, sino si la gente seguirá leyendo libros. La preocupación no es nueva, y remite a toda una herencia histórica que conformó uno de los principales espacios culturales de la actual civilización humana, la grafósfera[2] (Levy, 2004), parte del desarrollo de los sistemas de comunicación por medio de los cuales se organizo la vida social y cognitiva de la humanidad (Luhmann, 1998: 41). Así, el factor del desarrollo de la comunicación simbólicamente generalizada y de las dimensiones del paso de la logosfera a la grafósfera sería el segundo aspecto a considerar.

 

Gruzinski (1991) hace la observación de que cuando se da el encuentro de las dos culturas, la impresión y difusión de libros es relativamente reciente, aunque la cultura del libro tenía varios siglos. Los pilares jurídicos y teológicos-filosóficos bajo los cuales se edifico la Nueva España no se puede entender sin la propagación de la cultura del libro, pero ahí hemos de profundizar un poco más: la retórica como el sistema comunicativo mediante la cual se daba la construcción social de la realidad, y que organizó en gran parte la cultura del libro, el pensamiento político, filosófico y religioso.

 

La retórica tuvo una larga historia previa, desde la Grecia antigua, que por su carácter oral y apoyada por la fijación espacial icónica fungía como un recurso de la memoria para poder acceder a un conocimiento en determinado momento, pero sólo con el desarrollo de la imprenta la retórica tendría un desarrollo y una tematización que la perfeccionaría y propiciaría una mirada historizada y reflexiva mediante lo cual no sólo podía aplicar su propio conocimiento sino como “producción de comunicación mediante comunicación” (Luhmann, 1996: 119).

 

De acuerdo con Niklas Luhmann (Luhmann y De Georgi, 1993: 130), la retórica fue un instrumento para la amplificación de la comunicación, siendo un recurso mnemotécnico, que comenzó en Grecia y se difundió en la Edad Media donde se gestó una alianza con la tópica y la moral, que con el desarrollo de la imprenta se pondría en crisis y desestructuración a partir del siglo XVIII. Así:

 

La amplificación de la comunicación sirve para la amplificación de la moral y viceversa. Aun la amplia discusión desarrollada en el siglo XVI sobre el concepto de historia y de poética presupone una función epidíptica, amplificadora, de estos dos modos de representación (1993: 132).

 

Y el desarrollo de la retórica como medio de diferenciación comunicativa simbólicamente generalizada de las relaciones sociales tuvo una base en la cultura escrita:

 

Parece evidente que la difusión de la cultura escrita, por una parte, haya ofrecido la posibilidad de una reformulación artificial de las palabras, y, por otra, haya llevado a diferenciar las terminologías correspondientes en relación con diferentes problemas para que se pudieran describir los medios de convicción de nuevo tipo (1993: 133).

 

Así, la observación de Gruzinski de la llegada de los españoles a América y el desarrollo de la imprenta en el mundo implica, por un lado, un periodo histórico del desarrollo de la comunicación en Europa a partir del desarrollo de la retórica como un sistema comunicativo simbólicamente generalizado (Chinchilla y Mendiola, 2006) que se aplicaría para la colonización de los imaginarios de los americanos, la base para la construcción social de la realidad, pero, por otro lado, la zona de transición de un nuevo tipo de conocimiento, histórico y reflexivo con tintes de carácter científico, que en América iría apareciendo a finales del siglo XVII bajo una nueva re organización política donde se gesta la separación de lo religioso con lo político.

 

La retórica tiene una correspondencia con el tipo de sociedades premodernas en el sentido de que ambas tienen una base jerárquica y estratificada que fue la que se introdujo en la organización social, política y moral de la sociedad novohispana, pero su desarrollo posterior hizo evidente la separación de la base jerárquica y legal de la autoridad con el desarrollo de la población que se hizo evidente en la base de la cultura popular de los distintos grupos de la Nueva España en algunas prácticas colectivas en lo concerniente a la práctica devocional, las diversiones, las artes, las letras y otras más (Viqueira Albán, 1987).

 

La cultura del libro entró en una nueva tensión: la suscitada por el paso de las humanidades y el mundo teológico, religioso, filosófico, por el de una ideología liberal bajo los lineamientos de una reflexividad científica positivista decimonónica que en el México independiente fue la base para la lucha ideológica con los residuos de la Colonia, la búsqueda de una conciencia e identidad nacional, las marcas de la conformación de una política cultural y educativa que, pese algunas modificaciones y transiciones propias de diferentes contextos políticos, económicos y sociales, ha sido en mucho la tendencia que ha prevalecido hasta el momento (Girón, 1983; Blanco, 1983).

 

Pero las tendencias a controlar, reprimir e institucionalizar los actos colectivos y populares, asumiéndolo desde su base jurídica, administrativa y política, fue algo que se mantuvo y corrió por sus propios causes, y que se tornaría evidente en el siglo XX con las primeras manifestaciones de las industrias de la cultura (cine, radio, revistas, cómics, música), los procesos de transformación urbana en algunas ciudades del país, la creciente migración de campesinos a entornos y procesos urbanos, donde los medios de comunicación actuaron no sólo como una nueva educación sentimental de las nuevas identidades nacionales en marcha, sino con una renovación de los imaginarios, los arquetipos y las matrices narrativas (Monsiváis, 1983) que formarían una nueva posición interna con un punto externo, como diría Debray sobre la religiosidad.

 

Carlos Monsiváis (1990: 267) habla del periodo de los cuarenta y cincuenta del siglo XX:

 

En esos años, la mitología popular conoce su último gran periodo de autonomía relativa. Si alguna consecuencia tiene el nacionalismo cultural de la Revolución es el estallido de arquetipos y estereotipos. Quienes no intervienen en el proyecto de nación, crean las imágenes internas de México.

 

Los saltos de épocas son muchos y las cosas no son tan simples ni lineales como las esbozadas anteriormente, pero quieren indicar la manera como a mediados del siglo XX la entrada de las cultura de masas en México, vuelve a hacer visible las matrices simbólicas, comunicativas e históricas de las dos culturas encontradas, pues no es gratuito la creciente presencia de las culturas visuales, el retorno de lo visual y lo oral, y la re aparición de la retórica como base de estudio en paralelo con la semiótica, cosa que es más evidente en el siglo XXI, bajo entornos postmodernos, globales, y bajo un nuevo espacio antropológico de la cultura humana, la videósfera.

 

La cultura del libro se relativiza, su base cognitiva y comunicativa, la retórica, se dinamiza; la técnica de información y el soporte simbólico se altera, las formas y la vitalidad de la memoria entra en mutación, el plano de lo simbólico colectivo manifiesta un nuevo rostro que es tanto lejano en el tiempo, como cercano en el imaginario que se mueve tripartitamente en el espacio social, mediático y digital. Quizá en esa tesitura, y más allá de los factores políticos y económicos, no es gratuita la aparición de Televisa, su universo narrativo y simbólico con pretensiones autónomas y autorreferenciales, actuando en la televisión abierta, sensible a las dinámicas y evoluciones de las bases “populares” de la población, así como su expansión a través de canales y sistemas de programación dentro de los sistemas televisivos privados, impulsando los imaginarios y marcando las pautas de nuevas socialidades de sujetos en construcción y re elaboración continua, como los jóvenes y las mujeres.

 

Es aquí cuando se introduce el tercer factor. En los tiempos de lo posmoderno y de lo global se habla en términos superlativos: hiper (modernidad, texto, realidad), super (modernidad, cultura) que llevan a hablar de saturación, desbordamiento, paisajes, carreteras, y a intentar denominar a la sociedad con determinaciones como: del conocimiento, de la información, del entretenimiento, de la comunicación.

 

La cuestión: se ha creado un techo, una atmósfera, una ecología, conformada por diferentes temporalidades y estratos espaciales, y por todos lados circulan los universos simbólicos, información y bienes y productos emanados de la industria de la comunicación colectiva. En términos de Luhmann, hemos pasado a un grado nuevo de la comunicación simbólica porque se ha generalizado: no sólo está en todas partes, sino que es el espacio interior que conecta con múltiples puntos exteriores. En términos de la mediología, la mediásfera se ha re organizado con el paso de la grafósfera a la videosfera, lo cual quiere decir que es la manera como se organizan y funcionan las ecologías simbólicas de la mayoría de la vida social a nivel global, aunque ello no implica la desaparición de la logósfera ni de la grafósfera, ni que se distribuya de manera homogénea, espacial e históricamente.

 

Hace unos años el sociólogo norteamericano Todd Gitlin (2003) publicó un libro donde se preguntaba porque la presencia de los medios de comunicación parece no tener límite al estar en todos los espacios de la vida social, en todas las prácticas, pues las imágenes y los sonidos que difunden los medios de comunicación parecen estar en todos lados, no sólo poblando a la ciudad, sino siendo parte de ella y del interior de cada hogar.

 

Para Gitlin, un factor fundamental fue entrar en otra dinámica del tiempo: la rapidez. Una primera aproximación lo llevaba a proponer que este proceso derivaba de la fase de la primera revolución industrial: la creación de un nuevo metabolismo del tiempo a partir de la creación del tiempo productivo, laboral, dentro de los tiempos de la vida social previamente existentes. Igualmente está la presencia y desarrollo de la vida urbana, la dimensión espacial, que no sólo configura nuevas conformaciones geométricas en su desarrollo urbano, sin propicia la separación espacial y temporal de las personas, algo de lo que ha señalado Anthonny Giddens (2004) como una de las principales características de la modernidad.

 

Los medios de comunicación electrónica darían un paso más a lo realizado anteriormente por los medios impresos (libros, prensa), propiciando nuevas interacciones sociales bajo la separación del tiempo y del espacio (Thompson, 1993). Sin embargo, Gittlin menciona que el tiempo laboral se ordenaba a partir del calendario de la producción y en mucho esto fue desbordándose hacia las temporalidades de la vida social en general.

 

Walter Benjamin hablaba a mediados del siglo XX de la tecnología del motor no sólo como una nueva forma de producción artística, sino de percepción de la realidad, y de una forma que se desarrolla con el crecimiento urbano y sus paisajes diversos, como parte de la energía onírica que conforma el sueño colectivo que se estaba formando. No es gratuito que en su texto, “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” expresara:

 

Es significativo que aún hoy día autores especialmente reaccionarios busquen el significado del cine en la misma dirección, si no en lo sagrado, si desde luego en lo sobrenatural (2007: 109).

 

Paul Virilio habla del arte del motor y la liberación de un nuevo vector del tiempo, el del género luz, que propició el “el tiempo del instante”, tiempo “real” por el cual la instantaneidad se instala y genera una nueva experiencia, la de la aceleración temporal, y una nueva geometría (de la euclidiana a la ondulatoria) del desarrollo urbano y en general. El paso de la distribución de la prensa y la exhibición del cine, a la de la radio, la televisión y el internet, sería parte de ese proceso.

 

Los medios de comunicación, entonces, se mueven y actúan no sólo de distinta manera en el espacio, de lo euclidiano a lo ondulatorio, sino son los vectores de la percepción y la conformación de los ambientes diversos, la apertura a nuevas capas y dimensiones de la realidad para ser pobladas, habitadas. La ciudad es el espacio de la rapidez y donde se ha ido desarrollando un proceso de percepción rápida. Las avenidas, los transportes, las rutas y trayectorias, los flujos diversos hablan de los nomadismos de los sujetos en la ciudad que se mueven a ese ritmo, mientras que las tecnologías informáticas de carácter móvil propician la entrada a otros espacios mientras haya movimiento, así como las migraciones de lo digital que ha ido conformando una estética, una narrativa, a la manera de un videoclip, un anime, un videojuego, que han propiciado la apropiación de sus códigos, íconos y textualidades en el cine, la televisión.

 

Junto a la industrialización está el mecanismo por el cual se propicia el ritmo de la rapidez, más allá del ámbito laboral, y Gitlin menciona a la mercadotecnia, a la publicidad, como un mecanismo de colonización del imaginario que contribuirá a la creación de nuevos patrones de subjetividad a través del consumo.

 

La industria, la ciudad, los medios de comunicación. El ritmo temporal, la organización y diferenciación espacial. El paso de la vida pública donde hay un trayecto y una distancia, un espacio a dónde acudir (teatro, cine), que al ser generalizada la vida pública, el proceso se dirige a nuevos espacios: la saturación y la fragmentación de la industria, la ciudad y los medios llevan al interior del espacio privado como las nuevas sedes de vivir lo público desde espacios reducidos como el hogar, el trabajo (la radio, la televisión), pero más adelante, los dos procesos entran en un flujo de intercambios y de disolución de fronteras y articulaciones previamente establecidas: por el internet permite llevar lo social al hogar, y desde el hogar se puede estar en diversos escenarios de la vida social. Igual sucede con el desarrollo de la tecnología móvil, la tecnología del cuerpo, como los MP3, las consolas de videojuegos, agendas electrónicas, radiocomunicadores, USB, etcétera.

 

En su libro, La colonización del imaginario, Gruzinski menciona que ante la postura del aparato jurídico administrativo y de la Inquisición de prohibir ritos y manifestaciones públicas de carácter religiosa y festiva, aún dentro de la misma cosmogonía hispana y católica debido a que eran continuas, multitudinarias y que rayaban en el exceso, y por tanto peligrosas en diversos sentidos, el espacio doméstico y alrededor de altares, fue hacia donde se llevaron esas manifestaciones en escalas sociales menores, individuales, familiares, grupales.

 

El exceso de la aceleración busca un centro de reposo. Cuando no se encuentra en la ciudad, se ha de encontrar en aquellos espacios o grupos que lo posibiliten, que permitan ingresar a una temporalidad de la lentitud. Es por ello que David Morley (2005) expresa que ante la hipermovilidad hay la tendencia a las comunidades que se cierran, y esto implica dos cosas: entender la relación de la ciudad y sus suburbios, pero igualmente, ver a la televisión como una ciudad, y los paquetes de canales programáticos como sus suburbios. Lo primera conlleva la necesaria reflexión de aquellos sujetos que pueden acceder a la movilidad por distintas zonas de la ciudad, pero igualmente que puedan permanecer en los hogares. En el segundo caso, es la posibilidad de acceder a distintos sistemas de televisión, para recorrerlos como si se recorriera a una ciudad. Un nuevo de flaneur del París de Baudelaire que accede a los sistemas de televisión de paga, o navega por distintas travesías  en el internet, entrando a páginas, comunidades, como si paseara por los boulevares, las avenidas, los almacenes, los pasajes comerciales, los cafés, se asomara por las vitrinas, mientras ve a la multitud circulando.

 

La ciudad, los medios de comunicación y la cultura de masas. Entornos para la visualización de un nuevo sujeto: el joven y la juvenilización cultural, como un mecanismo de acceder a nuevas formas de ser, cercanas a los mecanismos de la industrialización, la economía del consumo (Morin, 1966). La mirada espectacular de la mediología que se convierte en un sistema comunicativo simbólicamente generalizado, y que recuerda a los ritos espectaculares religiosos de la Colonia que buscaban impactar en lo íntimo y en lo colectivo. Michel Maffesolí (2004) ha señalado la cercana relación del término religión con comunicación, la primera que proviene de “religar”, volver a ligar, y con una de las acepciones de la segunda, “ligar con otro”. La comunicación de masas que alcanza una dimensión simbólica de alcances cercanos a la religión, por lo cual no es gratuito el vínculo de sacralidad que se le ha atribuido al cine, y la visión de la radio, la televisión, la computadora, como altares en el hogar.

 

En su libro, La guerra de las imágenes (1994), Gruzinsky señalaba que tanto los españoles como los indígenas mexicanos eran dos pueblos muy relacionados con las imágenes, y menciona como la guerra se dio bajo la estrategia española de que en cada pirámide o montículo conquistado, se erigía un altar, un templo, al cual se dejaba bajo la protección de una imagen católica. Proceso de desterritorialización y re territorialización premoderno, que ahora no solo se puede ver en las ciudades, en los hogares, en las habitaciones, de las cuales, la habitación de los jóvenes son ilustrativos, como si fueran los nuevos chichimecas del México postmoderno y más allá.


[1] Roger Chartier (2005: 31) señala que cuestiones parecidas son algunas de las tendencias de estudio de la historia cultural sobre las culturas populares. Menciona: “El verdadero problema no es, entonces, fechar la desaparición irremediable de una cultura dominada, por ejemplo en 1600 o 1650, sino comprender cómo se enlazan, en cada época, las relaciones complejas entre formas impuestas, más o menos apremiantes, y las identidades salvaguardadas, mas o menos alteradas”.

[2] Recomendamos revisar el libro de Regis Debray (1994), principalmente los capítulos 3 y 8.

Imágenes desde la cultura para recordar el futuro. Miradas desde la mediología. I

Introducción. La forma del mundo, el vacío del sentido.

 

 

La luz es una estancia que permite visualizar la presencia, la ocupación de un espacio en un tiempo que no concluye: el ver una galaxia no implica únicamente una desincronización en el tiempo y en el espacio, sino que aún su extinción permite que la podamos ver, y aunque la dejemos de ver, su presencia sigue actuando en un lugar lejano.

 

El pasado cobra esa dimensión: es una estancia, una presencia que sigue actuando sobre el presente, afectándolo, relacionándolo, manifestando algo. Esto es sintomático en cuanto a la relación del mundo con el conocimiento de lo social, de lo humano. No sólo permanece mucho del mundo que actúa sobre el continuo temporal, sino sobre el conocimiento que ha intentado dar cuenta de él. Cuando el mundo da un tipo de giro, de cambio, se remueve desde sus cimientos hasta sus constelaciones y provoca una revisión de las estructuras de conocimiento que los sujetos han generado, principalmente en algunos campos de conocimiento con un considerable legado histórico, y una tendencia posible es hacia la revisión, la mirada hacia atrás, hacia su trayectoria, para no olvidar su origen y recuperar en sus profundidades y superficies aquello que todavía propicia reflejos, estancias, en el presente continuo. La sociología es un ejemplo (Zabludovsky Kuper, 2007), aunque muchas otras áreas y estructuras de conocimiento se encuentran en similares condiciones.

 

El presente es una nueva constelación, una nueva geografía, un nuevo subsuelo, por lo que no sólo se requiere nuevos mapas estelares, cartografías, topografías, sino revisar muchas de aquellas cartas de orientación, navegación y traslado, así como crear otras tantas, con otra intención e intensidad. La voz de Michel Wieviorka (2007) parece ser la de muchos: en los sesenta y setenta del siglo XX las ciencias sociales  tenían teorías, paradigmas y conocimientos que permitían comprender y entender al mundo, pero la desarticulación de fuentes de conocimiento como el funcionalismo, el marxismo, el estructuralismo entraron en un proceso de descomposición, y el mundo entró en un proceso de reconfiguración. Expresa Wieviorka (2007: 39):

 

Las grandes teorías, los paradigmas de los años sesenta y setenta no pueden aportarnos los referentes adecuados; y a veces tenemos, incluso, que buscar las palabras para tratar convenientemente estos nuevos fenómenos… Estamos, pues, ante el desafío de ubicar toda clase de fenómenos nuevos adaptando o inventando nuestros instrumentos de análisis, e intentando tener una comprensión general de éstos, una visión de conjunto y no solamente la imagen de una yuxtaposición de problemas sin unidad.

 

Si bien otros autores hablan de que las seguridades del conocimiento social se diluyeron antes o después, la tendencia es a considerar en este margen de décadas una tensión entre las herramientas teóricas y conceptuales con los impulsos, las tensiones y expansiones de un mundo por rutas insospechadas y crecientes de complejidad. En los noventa comenzó una exploración de los nuevos entornos generales y a inicios del siglo XXI quedó manifiesto para muchos que las realidades conceptuales quedaban cortas e implican un nuevo acto colectivo de creación, imaginación, construcción, invención.

 

Tres autores casi al azar, convocados para abrir una colección de una editorial española que intenta hacer un recuento no sólo de su trayectoria, sino del conocimiento acumulado y su situación en el presente. Las obras tienen algo en común: la necesidad de buscar formas de conocer y nombrar lo que está sucediendo desde hace unos años.

 

Primero, Marc Augé (2007: 12) quien en el prólogo de su libro, Por una antropología de la movilidad, menciona que “todas las contradicciones contra las que nos debatimos ahora surgieron en el periodo de los 70 y los 80” y enfatiza que en la actualidad “somos más capaces de definir los diferentes aspectos y tratar de solucionarlos”, lo cual no deja de tener un tono optimista del oficio antropológico que señala en otra de sus obras aparecida en forma paralela a la anterior (Augé, 2007a: 10), en donde expresa que la antropología “está bien equipada para afrontar las apariencias y las realidades de la época contemporánea, a condición sin embargo de que los antropólogos mantengan una idea clara sobre cuáles son los objetos, los envites y los métodos de su disciplina”.Así, Augé se lanza a intentar dar respuesta a la pregunta, “¿A dónde vamos?”, pero casi al inicio de sus primeras reflexiones hace una observación: “En resumen, se está utilizando un vocabulario antiguo para designar realidades nuevas” (Augé, 2007: 29).

 

Segundo, Roger Chartier (2007), en su libro, La historia o la lectura del tiempo, inicia expresando la crisis en la historiografía a partir de la segunda mitad del siglo XX ante la revisión de sus propias herramientas y metodologías de trabajo, la escritura, que cuando habla de la historia para narrar lo global, se hace preguntas como las siguientes: “¿Cómo construir una historia pensada a escala mundo?… ¿Debe comprenderse como la identificación de diferentes espacios en el sentido braudeliano, que hallan su unidad histórica en las redes de relaciones y de intercambios que los constituyen, al margen de las soberanías estatales? ¿O se debe considerar que esa historia ha de ser, ante todo, una historia de los contactos, los encuentros, las aculturaciones y los mestizajes?”. Termina Chartier sus preguntas de la siguiente manera:

 

Esa historia a muy grande escala, sea cual sea su definición, plantea una cuestión difícil a las prácticas historiadoras: ¿cómo conciliar el recorrido de lso espacios y de las culturas con las exigencias que rigen el conocimiento histórico desde el siglo XIX, al menos, y que suponen el análisis de las fuentes primarias, el dominio de las lenguas en las que están escritas y el conocimiento profundo del contexto en el que se ubica todo fenómeno histórico particular” (2007: 75-76).

 

Tercero, Néstor García Canclini (2007), en su libro, Lectores, espectadores e internatutas, escribe un libro a la manera de un diccionario o enciclopedia “que explora cómo nos mezclamos con otras culturas, y no sólo por las migraciones”, y aunque especifica que no es un diccionario ni una enciclopedia, en su libro reúne “conocimientos y aproximaciones a palabras que no se hallan en estado de diccionario”. Expresa casi al final de la introducción:

 

En un tiempo de préstamos y negociaciones entre varias lenguas, entre lenguas e imágenes, no captamos los significados si no estudiamos las peripecias de las palabras, cómo se deslizan en los actos de quienes leen, ya sean espectadores o navegantes por el ciberespacio” (2007: 16).

 

Pareciera que vivimos en un mundo inédito. Pero igualmente pareciera que vivimos en un mundo urobólico donde volvemos a encontrarnos en situaciones pasadas que se creían superadas (Maffesoli, 1993) y que llevan a procesos de construcción, invención o re invención, de nuevas realidades conceptuales para cubrir los vacíos que se han ido agotando, o las ranuras de las redes de sentido por las que se cuelan demasiadas cosas.

 

Siguiendo a otro autor que ha reflexionado sobre las transformaciones en el mundo a partir de los procesos de la modernidad, la globalización y la modernidad, Renato Ortiz (2005), ha señalado no sólo que estamos viviendo en una época de transformaciones similares a las de la primera revolución industrial, a finales del siglo XVIII, y que el hecho de mencionar que vivimos en un tiempo de cambios ya ha sido suficientemente indicado y que toca avanzar en mostrar el rostro, perfil, de las transformaciones. Para ello, Ortiz ha expresado en otros libros la postura que deben asumir las ciencias sociales: por un lado, la revisión a la literatura clásica para retomar de ahí las fuentes que mantienen vigentes algunos de los sentidos de sus estructuras de conocimiento para iluminar algunos de los rincones y reflejos que hoy se mueven por las sociedades, al mismo tiempo de trabajar sobre la construcción de nuevos conceptos, que puedan dar pistas para nombrar e identificar a las realidades emergentes (1999), para lo cual, el oficio de artesano intelectual es básico en estos tiempos (2004).

 

Otro brasileño, Octavio Ianni (1998), al hablar de la sociedad civil mundial, señala que las maneras como se ha categorizado el mundo, dicen “algo, pero no dicen todo” y parecen “inadecuadas para expresar lo que está pasando en diferentes lugares, regiones, naciones, continentes” al envejecer los conceptos dentro de una realidad en marcha y movimiento, y este movimiento va conformando las sedimentaciones, las improntas de sus transformaciones a través de diversos procesos, campos y dimensiones históricas. Es decir, no un solo impulso, no un solo proceso, no sólo una dimensión histórica y temporal.

 

Mundo en mutación, asombro por el conocimiento de lo social. Pero la mutación no sólo ha ido mostrando que el mundo y el conocimiento elaborado para conocerlo están en un severo extrañamiento, sino que ha ido manifestando los diferentes estratos del tiempo que han ido conformando el contexto, el entorno, las trayectorias y las travesías en las cuales nos encontramos hoy en día. Estratos de tiempo y vectores de velocidad ha señalado Reinhart Koselleck (2001; 2003) para intentar dar cuenta de la manera como la historia se escribe desde la experiencia de quienes la han vivido, con lo cual lo que hoy vivimos tiene vectores que nos llevan a pasados distintos, variados, pero igualmente el presente se ha de observar de manera multidimensional, cambiante en la manera como colapsa su manifestación, siempre en movimiento, en espacios y concretos específicos e históricamente dados, eso que algunos han señalado como uno de los principales rasgos de la modernización, los procesos de desterritorialización y re territorialización (Ianni, 1998; Ortiz, 2003).

 

Esta comprensión de los vectores del tiempo ha ido igualmente señalando que la modernidad no puede ser observada desde un solo punto de inicio, sino que han sido una diversidad de entradas a ella, al igual que su manifestación en los tiempos que corren, algo como ocurre con el entorno de la globalización.

 

Es por ello que podemos observar la manera como diversos autores apuestan, discuten, argumentan, que nos encontramos en el cambio de una cultura a otra, o en nuevas fases, ramificaciones o bifurcaciones de periodos o etapas de larga o corta duración, en mutaciones de un periodo aún más grande, civilizatorio, o, incluso, de un nuevo impulso de la hominización de la humanidad. Discusiones que llevan a plantear la discusión de cambios de paradigmas, de epistemologías, de estructuras de conocimiento, de la conformación de un conocimiento metacognitivo.

 

Pareciera, entonces, que el reconocimiento de los estratos del tiempo, los vectores de velocidad, nos llevan a pensar en lo social y en lo histórico, en un mundo conformado por distintas hebras del tiempo que han ido creando un campo de resonancia mórfico (Sheldrake, 2006) en donde las realidades múltiples que configuran el complejo presente del mundo, se tocan y se destocan, y mientras ello sucede, nuestros conceptos, nuestras ideas y representaciones, parecen reducirse y perder brillo, pues su forma y su sentido no corre por los mismos senderos de las nuevas formas y movimientos que las realidades del mundo están gestando, como si hubieran entrado en un tiempo sin tiempo, conformando un aparente vacío, para buscar una nueva estructura y organización que devendrá, en algún momento en el futuro. Como expresan los taoístas, la forma es vacío y el vacío es forma.

 

La mirada puede moverse por distintos lugares y desde ahí encontrar los trazos de una temporalidad irreversible que se manifiesta y configura materializando líneas de sentido, de vínculo, de tensión y ampliación. Igualmente puede ir a lo más pequeño, al corpúsculo de luz que se torna haz, agujero negro que transforma la dimensión espacio temporal, o a las dimensiones grandes, mayúsculas, cósmicas, y observar los hilos que van transmigrando hasta el receptáculo social, grupal individual.

 

Viejas obsesiones del pensamiento social: la manera como el colectivo se une, organiza, se mueve en una sola ola de acción, dentro de marcos simbólicos comunes; la manera como el individuo se torna en agregado social y se liga con el mundo, en lo cotidiano, en el tiempo social. Los tiempos se disponen y se suceden, las realidades se vinculan y se repelen: pre modernidad, modernidad, posmodernidad; mundo, nación, región.

 

¿Y si el tiempo se vincula de otra manera, no sólo en aquellos derroteros donde se tocan el pasado, presente y futuro, sino donde el tiempo histórico se convierte en otra cosa? Y ante ello, ¿hay alguna otra manera de ver lo que sucede en la actualidad pensando hacia atrás, recordando el futuro? ¿Cómo a partir de la comunicación podemos pensar diferentes estratos del tiempo que colapsan no sólo en las culturas, en sus encuentros y desencuentros, sino en la invención de nuevas realidades? El pensamiento contemporáneo de lo social, lo cultural y lo comunicacional tienden a estar bajo la atmósfera de la modernidad y de la globalización, dos fuerzas centrípetas que lo constriñen y delimitan. ¿Cómo ir a su estratosfera y encontrar una fuerza centrífuga que los impulse a mirar desde otra escala?

 

Una tendencia, que también tiene una historia y su propia genealogía de pensadores, nos lleva a pensar en las marcas no visibles que el pasado va dejando y por las cuales se crean nuevas dimensiones emergentes: mirar al pasado y encontrar sus formas, sus realidades energéticas y oníricas que retornan continuamente en momentos de cismas y transformaciones mórficas para encontrar las nuevas pautas de desenvolvimiento, aunque sus vínculos no sean visibles a simple vista. Lo nuevo está sobre un territorio ocupado, una cosmología edificada, una habitación amueblada.

 

Abramos tres imágenes.