Imágenes desde la cultura para recordar el futuro. Miradas desde la mediología. VI

Tercera noticia.

 

 

Revisar el Atlas de Infraestructura Cultural de México (2003), publicado por el Consejo Nacional Para la Cultura y las Artes, es interesante para el caso de Guanajuato. Si uno lo revisa con detenimiento, hay una división del tipo de infraestructura y por ahí hay cosas que se asoman y señalan tendencias en el estado. En el patrimonio arqueológico e histórico, es decir, estatuas, zonas arqueológicas, la presencia es considerable y significativa a nivel nacional. Si se visualiza la que se refiere al patrimonio artístico e infraestructura cultural, es una zona intermedia, es decir la que se refiere a museos, bibliotecas, librerías, teatros, cines, casas de cultura, centros culturales. En ambos casos hay una particularidad: la mayoría han estado ubicados históricamente en la ciudad de Guanajuato. Pero en lo que se refiere al tercer tipo de patrimonio, es decir, el de la industria cultural, es decir, estaciones de radio y televisión, así como equipamiento de aparatos electrónicos de ambos medios, el estado está en un punto alto, relevante, pero ahora la peculiaridad es que esta infraestructura está distribuida entre ciudades como León, Irapuato, Celaya.

 

Es por ello que una noticia publicada el 23 de junio del 2008 no es sorprendente, pero si suscita la reflexión[1]. En este caso, la nota es aislada, sin continuidad o discontinuidad, una referencia a un trabajo de búsqueda de una nota para cubrir un espacio dentro de las rutinas diarias.

 

La nota dice: “Leen pocos en León. Sólo 3 de cada 10 guanajuatenses recibieron estímulos de sus padres por la lectura”. La noticia es importante y merece citarla más en extenso.

 

La noticia proviene de Luz María Castañón Cavaría, una integrante de Biblioteca Central, un área importante de Centro Cultural Guanajuato que se abrió en septiembre del 2006, y cuya propuesta era ser la biblioteca más grande del estado, y una de las principales del país[2]. La funcionaria comenta que si bien en el 2007 recibieron 160, 587 visitas, los usuarios fueron muchos menores. De mayo a junio del 2008 atendieron a 8, 650 usuarios de 18 en adelante y a 3, 364 jóvenes de 13 a 17 años, y 2, 632 niños de 12 años. Se emplearon 11, 588 libros de colección y de consulta general, y 8, 843 de la sección infantil. Desde septiembre del 2006 se han extendido 6, 825 credenciales. Además, señala que la Biblioteca Central ofrece una diversidad de estrategias para atraer la atención y propiciar el gusto por la lectura y a conocer las instalaciones. Sin embargo, la opinión es que se lee poco. Dice la funcionaria:

 

Hay jóvenes que sólo vienen a conocer las instalaciones y no los podemos obligar a que tomen un libro y lo lean ya que sería contraproducente, ni tampoco reprenderlos, sino que ellos mismos sientan el gusto por la lectura”.

 

Uno de los puntos más iluminadores de la nota es con el que inicia: la historieta de Mafalda y el libro de álgebra de Baldor son los libros más solicitados. Es iluminador porque no sólo habla de las tendencias generales de lectura en el país, sino de la historia misma de la lectura en la ciudad.

 

Un poco hacia atrás: la educación moderna en la ciudad se dio entre las décadas de los treinta y de los cuarenta del siglo XX; la presencia de librerías ha sido lejana en el tiempo, pero se puede hablar de una mejoría en su equipamiento en los setenta y ochenta; bibliotecas las ha habido, pero escasas, mal formadas y casi abandonadas, y sólo hasta finales de los ochenta hubo una estrategia de dotar varias bibliotecas públicas en la ciudad, esto junto con otras estrategias educativas como la edificación de los Centros del Saber, el museo de ciencia Explora, la Feria Nacional del Libro.

 

Para un metabolismo social y cultural, la historia de la lectura pareciera que es reciente, como lo ha sido el de la educación, y en muchos aspectos ambas están ligadas. Las bibliotecas públicas, los Centros del Saber, la Feria Nacional del Libro y el museo de ciencias Explora los han utilizado como parte de las actividades docentes de la educación básica y media superior[3]. Pero pensemos por otras vías.

 

La pregunta  por la lectura ha retornado en las décadas recientes, en mucho, por la presencia del texto electrónico, de los nuevos recursos audiovisuales que permiten ver con otras miradas la presencia de objetos culturales varios, entre ellos, los libros. Las reflexiones parecen inquietar a más de uno.

 

Pareciera que las textualidades que emergen con las nuevas tecnologías de información y de comunicación propician una serie de fenómenos inéditos que están cimbrando a todas las culturas, y ante ello se busca encontrar lo que genera lo nuevo para intentar seguirle los pasos a un mundo debocado, desbordado. Asimismo, porque su presencia, coincide con una serie de fenómenos donde no sólo las sociedades entran en procesos de desencaje, sino de descentramientos culturales varios, las maneras de comunicarnos, de conocer, de percibir y actuar socialmente (Giddens, 2000). En un mundo como hoy donde el soporte electrónico y el empleo de información en lo textual y en las imágenes audiovisuales parecen conducirnos a una reorganización cultural de magnitudes como la aparición de alfabeto (Chartier, 2000), los textos, las narrativas, las estéticas se colocan como una instancia ya no instrumental, sino estructural y fundamental para el funcionamiento y el acceso a las dinámicas sociales y culturales.

 

El historiador Roger Chartier (1997: 18) nos da algunas pistas al reflexionar sobre está nueva forma de acercarse a lo “literario”:

 

Indica con rara agudeza las diversas oposiciones que organizan la cultura escrita y que se refieren a la norma estética (imitación, invención, inspiración), a los modos de transmisión de los textos (recitar, leer en voz alta, decir para sí mismo), a la identidad del destinatario (el público, los letrados, el príncipe o el mismo poeta), y a las relaciones entre las palabras y las cosas (inscritas en el orden de la representación, la ilusión o el misterio.

 

Esta manera de concebir la producción de textos y su lectura se refiere a ubicar a la producción y lectura de textos dentro de la dimensión analítica de la cultura con la cual se irá haciendo evidente que ambas son un producto histórico y cultural, por tanto diverso y con modificaciones a lo largo del tiempo. Esto implica que el proceso no es necesariamente, y únicamente, un resultado que inicia en la producción, sino desde la misma recepción de los textos, por lo cual los usos sociales, las prácticas y consumos culturales de las lecturas serán parte del objetivo a explorar, entender.

 

Es decir, podríamos hablar de algo más amplio del mismo libro y que podría extenderse a todo material que proviene de la producción distribución y consumo de textos, la cultura de lo impreso. La aparición de bibliotecas públicas y privadas es parte de ello, pero igualmente la conformación de una oferta cultural de lo impreso, y un mercado, que a su vez facilitaría la especialización, proliferación y diversificación tanto de editores, escritores, lectores, conformando todo un campo cultural cada día más profesional (Bourdieu, 1995), con desniveles y tendencias varias, como sería la creciente presencia de una diversidad de productos populares, que se especializarían en conformarlo y hacerlo accesible a diferentes grupos y culturas populares a través de distintas estrategias de difusión, como la aparición de las salas de lectura, la inserción en la prensa, la venta en los kioskos de revistas, las suscripciones, etcétera.

 

Otro elemento que enfatizan tanto la Historia Cultural  como los Estudios Culturales, cada una a su manera, es que a través de los textos se ponen en circulación unos modelos culturales particulares (Chartier, 1994: 7), mediante los cuales se pretende “educar” tanto las sensibilidades como el conocimiento de los lectores, ser herramientas en la conformación de identidades personales y colectivas, espacios virtuales por donde circulan mundos simbólicos, afectivos e imaginarios con los cuales se identifican, vinculan. Igualmente, buscan ser una estrategia de distribución cognitiva y afectiva de contenidos morales, ideológicos, con el fin de normar conductas, gestos, maneras de hacer y de pensar. Es el caso de los manuales de conducta y urbanidad (Torres Septién, 2001 y 2002), de cortesía (Burke, 1998),  por ejemplo.

 

Un caso ilustrativo de lo anterior es el de la literatura para las mujeres, donde con la especialización y diversificación de la cultura de lo impreso, encontraron tanto un mercado como un sujeto a quien habría que modelar y remodelar continuamente, un proceso no ajeno a diversas tensiones y confrontaciones por la oposición frontal que se dará en los modelos propuestos para las mujeres.

 

Además de las novelas, estuvieron la prensa, la publicidad, las revistas, el cine, la radio, y más adelante la televisión, una serie de medios de comunicación que a fines del siglo XIX y durante la segunda mitad del siglo XX, fueron conformando una industria de la cultura por medio de la cual se difunde lo que se llamó “cultura de masas”, y que en el epicentro de su atención estaría el mundo de los jóvenes y de las mujeres.

 

Si bien el caso del cine destaca en la primera mitad del siglo XX como uno de los espacios donde se hacía visible esa tensión (Torrés Septién,, 2002a), el caso de los libros, la prensa y las revistas lo fue desde finales del siglo XIX y hasta muy entrado el siglo XX. Por un lado, hubo una estrategia editorial dedicada a las mujeres para educarlas a ser mujeres, y que marcó el circuito social en el que se habían de mover a lo largo de sus biografías.

 

No es fácil encontrar información que nos pueda dar elementos para tener una idea de cómo era la vida de la mujer a finales del siglo XIX, pero un recurso importante para nuestro objetivo son las memorias del leonés Toribio Esquivel (1992) donde traza a lo largo de sus memorias una serie de imágenes sobre la ciudad, las personas y las costumbres a fines del siglo XIX y principios del XX.

 

Dentro de las memorias de Esquivel, la familia tiene un lugar particular y continuo, y de entre los miembros de la familia destaca la figura de su madre a la cual la ve alrededor de dos puntos básicos: las labores que debía desempeñar a lo largo del día, y las atenciones que debía brindar a toda la familia y a algunos parientes. De ella dependía la alimentación de la familia, la supervisión de los sirvientes, las provisiones de comida, el decorado de la casa, la confección de ropa para todos en su casa, la atención de los invitados, los actos de cortesía, la impresión y conservación del buen gusto y las manifestaciones artísticas, el cultivo de la lectura[4].

 

De lo expresado por Esquivel, el mundo íntimo de la madre se podría pensar que eran dos actividades: la lectura, y la confección de ropa. Ambas ocupaban parte de su tiempo, le llenaban de satisfacción, podía vivir en su mundo imaginario, y le daba, asimismo un lugar en la sociedad. Como el mismo Esquivel, y otros, menciona las mujeres no recibían una educación que les permitiera trabajar (1992: 59), las posibilidades de seguir estudiando o desarrollándose por parte de las mujeres de estas familias, recaía en aprender cosas para la casa, y algunas manifestaciones artísticas como la pintura, la música, el canto, y la lectura.

 

Otra forma de acercarnos al mundo de las mujeres leonesas de esa época puede ser al revisar algunas de las lecturas que hacían y que eran las que habitualmente constituían parte de su vida ordinaria, las maneras de entretenerse, pasar el rato, y adquirir tanto una educación que no podían hacerlo de otra manera, como de acceder a una educación y vida sentimental. En los relatos, se muestran tanto las representaciones que se generan sobre las mujeres, lo que se ve, a lo que se reacciona, así como lo que se espera de ellas. En ese sentido, no sólo hablan de las mujeres, sino que los discursos que las nombran, las evocan, también habla de la mirada de quien las mira[5]. Y en el mundo de las lecturas, en cada generación y entre generaciones, que hacían las mujeres se puede observar aquel paso que va de un mundo de las lecturas donde la iglesia y el sistema moral era predominantemente, un mundo que era tanto familiar como confiable, al paso a un mundo inestable y no confiable.

 

Es posible comenzar con lo expresado por Esquivel respecto a su madre, y algunas de las mujeres con las que convivía, que eran asiduas lectoras de cierto tipo de lecturas. De una o de otra extracción, las lecturas eran las que una mujer de su época podía leer, es decir, lecturas que representaban una “cultura superficial”, media, popular de esos tiempos, “que todo católico” podía leer. El mismo Esquivel señaló algunas de las lecturas que hacían en las reuniones familiares, algunos son de índole religioso y otras son de extracción literaria. También mencionó a su madre leyendo libros religiosos que le permitían atravesar por la pérdida del segundo esposo, así como la afición de las novelas que llegaban a través de algunas revistas españolas, como era el caso de la revista La Moda Elegante[6].

 

Otras maneras de acceder a libros eran a través de los gabinetes de lectura o bibliotecas públicas. María de la Cruz Labarthe menciona que un primer gabinete de lectura se creo en 1824 por parte del gobierno estatal y que posteriormente se pasó al Ayuntamiento su administración. Fue en las últimas décadas del siglo XIX cuando se abrieron bibliotecas públicas como la de la Sociedad de Enseñanza Popular, en 1883 la Sociedad Católica abrió otra más “con una sección hemerográfica bien surtida” (Labarthe, 1997: 427), en 1898 la Biblioteca Pública Católica, en 1923 el obispo apoyó la creación de otra biblioteca promovida por la Unión de Damas Católicas. De acuerdo con Labarthe, existió una biblioteca pública oficial a fines del siglo XIX, y de otras bibliotecas que “formaron parte de instituciones que fueron ampliando su acervo con las colecciones bibliográficas de algunos particulares o de otras instituciones, aunque también pasaron por épocas de descuido y saqueo” (1997: 427-428). Otras bibliotecas fueron las del Círculo Leonés Mutualista que se abrió en 1920 y contó con más de 4, 000 libros[7].

 

Pareciera que la afición de la lectura en las mujeres no era tan generalizada, y que esta se reducía a algunas oportunidades específicas, que pronto se irían haciendo cada vez más limitadas. Una travesía posible es el paso de estas inquietudes a otras que implicarían actividades más de etiqueta social. La lectura entonces comenzó a girar por los libros y revistas que podían ser accesibles en los gabinetes de lecturas públicos[8], algunas librerías y bibliotecas donde se tenía acceso, y en otros casos, que se podían obtener por medio de suscripciones. Pero ello nos hace pensar que los libros estaban muy delimitados, que las suscripciones no las podían realizar todas las mujeres, aunque si compartir, además de poder pasar por todas las mediaciones familiares e institucionales que favorecían, vigilaban o controlaban lo que era posible leer[9]. Al parecer, los temas más socorridos eran los religiosos, históricos y algunas novelas que se consideraban populares.

 

A las obras clásicas que era posible leer de las bibliotecas, gabinetes de lectura y bibliotecas familiares, habría que añadir cierta literatura popular que gustaba a las mujeres, y que en muchos casos pasaba bajo un aura de prohibición que se remonta a varios siglos atrás, principalmente libros que formaban colecciones de relatos que se publicaban para el gusto de las mujeres de posición social favorecida, amas de casa, donde se relataban historias de familias y de mujeres europeas, de alta sociedad o de mujeres que quieren ingresar a la alta sociedad europea, principalmente francesa, y que la historia se torna en un drama, en una tragedia, llena de referencia morales, donde las mujeres se debaten entre las aspiraciones de reconocimiento y de poder, para lo cual emplean su belleza y astucia como armas y estrategia para seducir a hombres de un medio aristocrático, frío, hostil, y una historia de amor, donde aparece el mundo sentimental y noble de las mujeres (Sarlo, 2000).

 

Por ejemplo, en León llegó a principios del siglo XX los libros de la Colección Ambos Mundos de F. Granada Editores, donde se publicaron obras como: La Bohemia, Indiana, La mujer de treinta años, Mujeres de rapiña, El libro de los snobs, Margot, Una entretenida, La pecadora, Werther, Mimi Pinson, con autores como Balzac, Goethe, Musset, Dumas, George Sand, entre otras.

 

Otro tipo de lectura que era habitual, era aquella literatura que ponía en énfasis en las condiciones y situaciones de la mujer. Libros de consulta para las mujeres que tanto podían encontrar algunas reflexiones sobre la manera en la manera en que las mujeres debían ser educadas, las actitudes, valores y formas de ser y hacer por cultivar, que les explicaban sobre las distintas fases en las cuales evolucionaban, desde niñas hasta madres, así como daba consejos, recomendaciones sobre la manera en que debían educar a los hijos y las hijas. Un ejemplo de ello puede ser el libro de Francisco Nacente publicado en 1907 por la editorial Maucci y que llevaba por título La mujer a través de la historia. Historia moral de las mujeres, que se anunciaba como un “estudio filosófico recreativo de su estado y significación en todos los periodos de su vida”. 

 

Los libros sobre las mujeres y para las mujeres no dejaron de ser publicados, sino más bien conforme los tiempos pasaron, fueron llegando nuevos libros que iban respondiendo a las situaciones de las nuevas épocas, y promovidos en las escuelas donde se educaban a mujeres, y leídos por las madres quienes ofrecían esas lecturas a sus hijas. En la década de los cincuenta del siglo XX aparecieron algunos libros que toda madre o adolescente de las buenas familias debía de leer, y que se completaba con lecturas propias para las niñas como Mujercitas y María.

 

También a principios de los cincuenta comenzaron a llegar otro tipo de libros, de los cuales podemos mencionar tres libros[10]. El de María Rosa Vilahur, La joven ante la vida, impreso en España en 1944 y en México hasta el año de 1951, el libro del sacerdote español Emilio Enciso Viana, titulado La muchacha en el noviazgo”, y  el del sacerdote Salvador Carranza, La mujer frente a la vida, publicado en tres tomos: El libro de la Colegiala, El libro de la Joven, El libro de la Esposa, y que también escribió un libro para los hombres, El hombre frente a la vida, también en tres tomos (La vida afectiva, La moral, Los negocios), y que contó con mucha popularidad en su época entre las familias leonesas, pues se convirtió en el libro de consulta de las madres, quienes les daban a sus hijas los tomos correspondientes, y entre las escuelas de hombres y mujeres.

 

A esto, muchas mujeres, y sus hijas, accedían por la literatura popular para mujeres de la época. Revistas femeninas que se publicaban en la ciudad de México y que se podían conseguir en León, ya sea en los puestos de revistas o por suscripción y que algunas familias todavía guardan como colección. Algunas de esas revistas insistían en temas propios de las mujeres, donde la mujer es el ama del hogar, y muchas de las secciones estaban dirigidas a esos menesteres. A finales de los cuarenta y durante los cincuenta estaba revistas como Confidencias, ¡Oiga!, Cine Álbum, Cine Novelas, Cine Universal.

 

Posteriormente, en la década de los sesenta, comenzarían a llegar nuevas revistas donde la imagen de la mujer se modificaría sensiblemente, pues se articula un estilo de ser mujer de acuerdo al “sueño americano” con la promesa de trascender tanto los roles tradicionales de la clase social y sexual, donde la mujer que se presenta deja de sentir culpa y no tiene inconveniente de admitir su vida sexual, además de que se promueven estrategias para la organización de la vida personal, el hogar, el consumo de la moda, y la búsqueda de romances. Antecedentes de muchas revistas que ahora circulan y que difundían nuevas imágenes de ideales de ser mujer, como sería el caso de la revista Cosmopolitan que propició el invento de la “cosmo girl” (McRobbie, 1998).

 

La pregunta por lo que han leído las mujeres leonesas a partir de los setenta y hasta la fecha podría señalar algunas de las tendencias del por qué no se leen libros en una biblioteca: el surtidor de lectura ha estado en otro lado, no sólo en otro tipo de lecturas, aquellas que provienen de la industria de la cultura y que implica revistas femeninas y de otro tipo, sino de lecturas predominantemente mediáticas: la televisión, el cine, primero, el Internet, el anime, los videos musicales, los videojuegos, Youtube, los blogs, My Space, Facebook. Todo indica que el formato libro se desplaza del soporte de papel al soporte electrónico a través de diversas pantallas digitales.

 

Pero también se puede pensar en algunas lecturas que comienzan a aparecer en los ochenta y en los noventa y que recrean otra forma de ser joven, mujer joven, en cierta forma una actualización de los libros editados a principios del siglo XX, pero con otras estrategias que marcan el sentido de por dónde están las mujeres jóvenes en los últimos tiempos y el tipo de lecturas que les ayudan a formarse un criterio, una norma, una seña de identidad. Desde el libro de los setenta, Pregúntale a Alicia, hasta Los hombres prefieren a las mujeres cabronas, pasando por títulos como, El Alquimista, El Caballero de la armadura oxidada, Juventud en Éxtasis, y otros más por esa vía.

 

Un punto importante para entender la presencia de estos libros en la ciudad es a partir de la llegada desde los noventa de nuevos espacios para la compra de libros como son las tiendas departamentales (Sanborns, Vips, Liverpool) y de librerías como la del Fondo de Cultura Económica, Gonvill, Ghandi, El Sótano, que ofrecen un espacio para el consumo familiar de libros dentro de las rutinas de los paseos de fin de semana de muchas familias por los centros comerciales de la ciudad, o como zonas de atracción especializada de este tipo de productos.

 

Pero quizá donde más se concentra la lectura de la mayoría de las mujeres jóvenes es en el caso de libros que han sido un producto de lectura masiva a nivel mundial donde el caso de los libros de la saga de Harry Potter es un modelo canónigo a seguir[11], y que las editoriales han ido buscando su reemplazo, donde la mejor señal de los últimos años son las novelas de la escritora Stephanie Meyer con su trilogía de libros sobre vampiros: Crepúsculo, Luna Nueva, Eclipse[12].

 

No sólo la cantidad de libros vendidos en el mundo y en la ciudad, la diversidad de productos que se relacionan con ellos en formatos como películas, videojuegos, muñecos, juguetes, ropa, etcétera, sino la ramificación de este corte editorial y, sobre todo, la participación de comunidades de aficionados en Internet, mediante chats, páginas webs de aficionados y la creciente presencia de relatos creados por los mismos fanáticos sobre estos mundos provenientes de los libros, los fanfics, hablan de otro tipo de lectura, de otra producción editorial de textos por leerse. Nuevamente Monsiváis (2006: 173):

 

Con todo, el uso del Internet provoca que, sin ser éste el propósito, se lea como nunca antes. El atractivo hipnótico de la tecnología auspicia generaciones de lectores que no se reconocerían como tales.

 

Para lugares donde históricamente han estado presentes las bibliotecas, estas han representado una reserva de su memoria que denota la matriz de una comunidad en lo que se refiere a la producción de productos y productores literarios. Han sido un lugar instituido histórica, social y culturalmente y que señala a una cultura de lo impreso, un mundo letrado que se organiza y crea soportes para el soporte de su memoria, por ello se busca su continuidad y su perpetuación. Pero estos lugares instituidos tienden a ser desplazados por la acción de la industria de la cultura y de los medios de comunicación porque ellos implican el desplazamiento de los medios y mediums que soportan la memoria y recortan la historicidad y la conciencia histórica (Debray, 2001). Los nuevos mediums que soportan la textualidad son las tecnologías del saber, del afecto, del vínculo social, de la autoidentidad.

 

Así, no es gratuita la poca afición a la lectura, más allá de los recursos impresos que se requieren para la tarea escolar y la afición a cómics en una ciudad donde la cultura de lo impreso ha corrido y corre por otros lados.

 

Y la ausencia del gusto, habito y uso de la lectura habla de cosas más amplias de la ciudad misma: la impronta cultural histórica, la conformación de subjetividades e identidades, las prácticas que si son importantes y divertidas, las transformaciones sociales y culturales que se dieron a lo largo del siglo XX y el huracán de transformaciones que se han dado desde el abrir del siglo XXI.


[1] Periódico A. M., 23 de junio del 2008.

[2] Periódico A.M., 8 de septiembre del 2006.

[3] Recomendamos la lectura del artículo de Raúl Muñiz Torres, “¿Qué leen los mexicanos?”, con motivo de la inauguración de la edición 18 de la Feria Nacional del Libro de León, el 12 de mayo del 2008 y publicado en el periódico El Correo de la ciudad de Guanajuato.

[4] De la lectura de su madre, expresa: “No carecía la literatura de atractivos para ella, aunque del carácter que entonces consentía la educación de la mujer, sin ser su gusto superior al del medio social en que vivía, y además sujeta a la lectura a plan y medida como lo exigía su temperamento. Leía con entusiasmo las novelas que se publicaban en La Moda y ocupaban su imaginación, en lo que se refiere al mundo literario, y las comentaban con las otras personas a quienes prestaba turnándose el número de la revista, hasta la semana siguiente en que venía la continuación de la novela, la cual era esperada con verdadera expectación. Las hijas de Atanagildo, Pobre Lucila, las hijas de lord Eakburn, eran los títulos y otros parecidos, de aquellas piezas literarias que más lograron sostener por largo tiempo el interés, ya por lo emocionante de su tema, o ya por lo extenso del relato que se extendía varios meses en los números de la revista” (Esquivel, 1992: 79-80).

[5] Se reconoce que trabajar a partir de textos que era muy probable que leían las mujeres leonesas de la época implican una serie de problemas metodológicos que aquí no es posible atender, como sería el caso de dar cuenta de la importancia de los contextos sociales y culturales de recepción (Burke, 1997: 116), así como de la distancia que hay entre la lectura y la misma experiencia de las mujeres, de los mismos procedimientos subjetivos de interpretación y de apropiación (Ginzburg, 1994).

[6] Pudimos acceder a un ejemplar de la revista La Moda Elegante, correspondiente a la edición del año LXXI, número 32 del 30 de agosto de 1912. La revista tenía como subtítulo ”Periódico de señoras y señoritas, indispensable en toda casa de familia”, y tenía varias secciones que eran acompañadas tanto por fotografías como con dibujos: traje de tarde, novedades de sombreros, hojas de labores, frisos, trajes para señoritas, trajes para niños, y sección de textos que incluía: una sección conocida como “Revista parisiense”, que era una descripción de la última moda en París, una novela por entregas que se llamaba “La herencia de Boisredon”, una sección que se llamaba “Por tierras inexploradas. Notas de una viajera”, donde una supuesta mujer relata sus viajes por tierras exóticas, una sección  llamaba “Desde mi celda. Cartas de todas partes”, donde se relata la vida personal de una mujer, que tanto incluye la vida de su hogar, como los lugares y costumbres de la tierra que conoce al viajar, así como una sección de respuestas que les hacían lectoras de todo el mundo.

[7] Para una descripción más amplia de las bibliotecas en la ciudad de León en el siglo XIX y principios del XX, ver Labarthe, 1997: 426 a 430.

[8] A finales del siglo pasado se abrieron gabinetes de lectura, donde algunas personas se podían suscribir pagando cierta cantidad mensual a cambio de poder llevarse a su casa para leer libros y revistas en existencia, que después se devolverían al gabinete. Por ejemplo, en 1893 se anunciaba en El Pueblo Católico, el 3 de septiembre, lo siguiente: “A los amantes de la lectura. El que suscribe, avisa al público que desde el 1 de septiembre quedó establecido un gabinete de lectura en la Librería Religiosa, en la cual hay una variada colección de más de 300 obras históricas, morales, literarias, recreativas y religiosas. La suscripción será pago adelantado: 75 centavos al mes”.

[9] La iglesia prohibía la lectura de algunas novelas porque eran una muestra de degradación, y las relacionaban como una forma de promover actos inmorales e indeseables como la prostitución. En un artículo sobre la prostitución que publicó El Pueblo Católico, el 1º de diciembre de 1907, se decía: “Desde que la novela pornográfica tiene pase libre en la sociedad, los niños son hombres, pero hombres envejecidos en la maldad….los padres de familia tanto celebran las gracias de sus hijos, alaban en ellos como una gracias su empeño por la lectura, lectura que es su mal y que debiera evitar los padres de familia. …y la novela anda de mano en mano, como una cosa buena, y la sociedad devora el mal que es su muerte permitiendo que los niños sepan lo que debían ignorar, ya que la inocencia es el encanto de la niñez…por medio de la pornografía logran las sectas el fin que se proponen, destruir el reino de Dios en los corazones y arruinar a los sociedades que han podido resistirlas…la conservación de la moralidad de los pueblos, es el principal deber de la autoridad”.  

[10] Algunos de estos libros eran obsequiados por parte de algunas madres a sus hijas, o bien, en algunas escuelas formaban parte de la lectura de algunas materias de la secundaria y la preparatoria, y estaban en sus bibliotecas.

[11] El grupo editorial que ha manejado los derechos de edición de los libros de Harry Potter señala que las ventas de estos libros les ha generado unas ganancias de 4, 47 millones de euros durante los seis primeros meses del 2008. Nota del periódico El Mundo, del 29 de agosto del 2008. Por otro lado, la venta del libro, Harry Potter y las reliquias de la muerte, en septiembre del 2007, en su edición en inglés, marcó una diversidad de records de ventas: en Estados Unidos se vendieron 8.3 millones de ejemplares en 24 horas. Grupos editoriales en línea como Bordes Group Inc, Amazon, Barnes & Noble, anunciaron igualmente que este libro se había vendido en 24 horas como ninguno otro, incluyendo los anteriores libros de Harry Potter.  En la ciudad de León se anunció que ese día se vendería en las librerías como en Gonvll, Gandhi, El Sótano, Librería de Cristal, en donde personas habían apartado más de un centenar de libros en cada caso. Lo interesante a destacar es que la compra del libro era en su edición en inglés, y muchos más hubieron de espera un año, en el 2008, para comprarlo en español. Ver notas del periódico A. M. del 8 de septiembre del 2007.

[12] Ver nota periodística de la Revista Fucsia, del 23 de agosto del 2008, cuyo titular reza: “El nuevo Harry Potter. Ya llegó el reemplazo de los libros del mago adolescente. Ahora hacen furor en el mundo las historias de jóvenes vampiros escritas por Stephanie Meyer”. Consultado en: http://www.semana.com, el 8 de Septiembre de 2008. También se puede ver en la nota del periódico El Día, de La Plata, Argentina, cuyo título dice: “Harry Potter vencido por criaturas nocturnas”. Consultado en: http://www.eldia.com.ar, el 8 de Septiembre de 2008.

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