Imágenes desde la cultura para recordar el futuro. Miradas desde la mediología. V

Segunda noticia.

 

 

El mundo que aparece a partir de los emos tiene reminiscencias a otras dimensiones históricas, sociales y culturales más amplias de lo que se ve a simple vista.

 

En los tiempos en que se hacen visibles públicamente los emos, se les remite a ser parte de una tribu urbana, y al considerar a las tribus urbanas se le relaciona con una diversidad de subculturas juveniles. El punto es ese: se le ha tendido a ver como parte de las tribus urbanas, y desde ahí se busca hacer la genealogía de tribus urbanas presentes. La pregunta es: ¿sólo remite a las subculturas juveniles?

 

La tendencia de ver la historia de los jóvenes en México es de entender a los jóvenes en un desarrollo que va desde los cincuenta como los jóvenes clase medieros que optan por ser rebeldes sin causa y en los sesenta la generación de los hippies, o jipitecas para el caso de México, mientras que los jóvenes de extracción popular pasan a ser en los setenta como chavos banda. En los ochenta, estalla la diversidad urbana de los jóvenes y en los noventa comienzan a llamarlos como subculturas.

 

La visión hasta ahí es de corte occidental, principalmente a partir de lo que sucede en países como Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, y otros más.

 

Pero a finales de los ochenta y a principios de los noventa en el país comienza a ser visible otra manifestación de tendencias en algunos grupos juveniles, que tanto cruzan a algunas de las subculturas como a otro tipo de agrupaciones. Quizá la forma más conocida para algunos en nuestras tierras son los “otakus”, jóvenes pertenecientes a diversas extracciones socioeconómicas pero que se convierten en fanáticos o aficionados a los mundos que provienen de la industria de la cultura, principalmente la que se produce en varios países de Asia, o siguiendo los patrones generados en esos países: el anime, el manga, el karaoke, los videojuegos, los juegos de cartas de combate, así como todos los íconos, narrativas, música, películas, libros, estilos de vida que proceden de esos mundos[1].

 

Sin embargo, el asunto no se reduce a la denominación de otakus, que significa entre otras cosas más, la denominación de una de varias tendencias de jóvenes asiáticos que se han ido ramificando con distintas tendencias, como los cosplay, los hikikomori, las ganguro, las lolitas góticas, los crossplay, y más, que para algunos son manifestaciones de tendencias que no se agotan en las subculturas, aunque se manifiestan como tales, aunque con una tendencia gradual de propiciar hibridaciones entre tendencias y características de distintos grupos de subculturas, propiciando una serie de debates, discusiones, enfrentamientos, similares a los que se han dado históricamente en torno a las razas y etnias.

 

En Japón desde finales de los ochenta se comenzó a hablar de los shinjinrui (nueva especie), un nuevo tipo de ser del joven japonés que rompe de manera radical con las tendencias que por siglos o generaciones anteriores de los japoneses y que se les acusaba por su carencia de entusiasmo por el trabajo, desencanto por la política, un fuerte egoísmo y una tendencia a la pereza. Los shinjinrui han sido vistos como una nueva raza, algo que comenzó como una pequeña manifestación que a la larga se ha ido convirtiendo en una forma estructural y generalizante de formas matriciales de la sociedad japonesa que rompe con lo tradicional, lo desafía, pero igualmente lo lleva por una nueva forma de vida que en mucho dependen de las industrias de la cultura, de los medios de comunicación, de las tendencias de una sociedad basada en la economía de la información, del consumo. Y eso, si bien es parte de una tendencia de la presencia de Japón que importa al mundo desde los ochenta, igualmente implica, como expresa Michel Maffesoli (2004a: 14), “el resurgimiento de estructuras inmutables siempre nuevas, cosas antiquísimas, arquetípicas, que se elevan ante nuestros ojos”.

 

Entonces, Asia es un modelo que ha ido llegando a nuestras ciudades y apenas comenzamos a verlos. Los emo son una de sus conexiones, aunque no todo.

 

Es por ello que hay dos noticias de los últimos tiempos que nos sirven para entender los hilos del tiempo que colapsan en nuestra cultura, que aparecen como pequeñas manifestaciones pero que hablan de cuerdas más lejanas en el tiempo y que su tendencia no es sólo a ampliar su manifestación, sino a ser parte del nuevo tejido social. Este tipo de noticias no fueron de escala internacional o nacional, únicamente local, y su aparición a sido discontinua a lo largo de los últimos años.

 

La primera fue publicada el 18 de abril del 2008 y de refería a que en Valle de Santiago, Guanajuato, había una empresa china que tenía esclavizadas a más de ochenta mujeres chinas, que con engaños las habían traído y las explotaban laboralmente[2]. Si bien fue una nota que causo algo de indignación, en la ciudad de León no tuvo más consecuencias, quizá porque era un caso un tanto “lejano”. Pero si uno revisa noticias de años más atrás, en el 2006, encontrará que en la ciudad de León se habían dado algunas denuncias en contra de algunos empresarios coreanos por los maltratos y explotación a empleados, principalmente niños y mujeres[3].

 

Más allá de la indignación por la violación de los derechos humanos de los asiáticos, el punto a subrayar es la distancia como en la ciudad se les asume con respecto a su presencia simbólica y real. Veamos.

 

La prensa local tiene varios años difundiendo una serie de notas que se refieren a la preocupación de los empresarios leoneses y a los gobernantes municipales sobre China, y todo se remite a la competencia desleal que este país genera a partir de su estrategia comercial y económica en lo referente a la industria del calzado. Es decir, la llegada del calzado chino puede crear una crisis en la industria local de impactos amplios y profundos. Todo se debate en luchar en tres frentes: en cortes internacionales ante las condiciones de la importación y exportación del calzado, la lucha contra la piratería china, la inquietud de exportar calzado, cuero y otros productos a China.

 

A lo largo de los últimos años las noticias en la ciudad se refieren a las manifestaciones de empresarios sobre los acuerdos y luchas contra China por la entrada de productos chinos a nuestro país, o las estrategias por “conquistar” China mediante la venta de productos de esta industria[4], la visita de empresarios a países asiáticos[5], o la organización de cursos para conocer la manera como operan a nivel internacional países como Japón para aprender de ellos[6], y cuyos antecedentes se dieron en los ochenta cuando los empresarios se interesaron en los sistemas de organización de empresas para ser más productivos y renovar las plantas productivas, los sistemas de operación, basados únicamente en modificar a la empresa y no al sistema productivo y otros sistemas sociales que, para la mentalidad japonesa han sido fundamentales y se manifiestan en la organización empresarial: la familia, el tiempo libre, la educación, el arte, el nacionalismo, etcétera.

 

Otras noticias se han referido a los “golpes” a la piratería china en la ciudad o en el país[7], que, en algunos casos, se les ven ligados con mafias asiáticas y mafias de México de donde provenían productos como cinturones, bolsas, zapatos, botas, chamarras, pero igualmente películas, música, videojuegos. No es gratuita la manifestación pública, en desplegados de prensa y anuncios panorámicos, contra la piratería, o el repudio de todo lo que es chino.

 

Entonces, las noticias nos hablarían de que todo se reduce a una estrategia comercial, de un sector concreto, pero igualmente señalan otra cosa que no se manifiesta plenamente: la presencia de organizaciones chinas en el país, en Guanajuato, en León. Todo indica que la presencia de los chinos, y de otros países asiáticos es de diversos tipos y su estrategia no sólo es comercial, sino formar parte de la ciudad, de la cultura de la ciudad.

 

Por ello es interesante otra nota que de la prensa,  que parece una más entre otras, casi como algo anecdótico en la ciudad. El 23 de junio del 2008 se publica que en un mercado local, en la sección de las fondas, hay un local que vende comida china y compite con el resto de los locales que ofrecen la comida tradicional[8].

 

Si bien los dueños del local de comida china son leoneses, eso hace ver algo más amplio: la presencia en los últimos años de una serie de restaurantes de comida china, cantonesa, japonesa, en la ciudad. Si bien estos restaurantes comenzaron a establecerse en los ochenta (Eiki, El León de Jade), en los noventa comenzaron a crecer lentamente sobre todo en espacios comerciales, para el dos mil, estos comienzan a estar en zonas diversas de la ciudad, incluso en zonas populares, y en la mayoría de los casos son atendidas por familias de chinos que llegaron para integrarse a ese negocio. Chinos, japoneses, coreanos, tailandeses y otros más, han abierto restaurantes y locales, de sushi, comida china, coreana, cantonesa, cafeterías y pastelerías.

 

Hay una serie de comunidades chinas que están presentes y manifiestan una forma de llegar al país de una manera diferente a como lo habían hecho en décadas o siglos precedentes. Esto nos lleva a la necesidad de pensar de manera más amplia en lo histórico, social, culturalmente, dado que se refiere a la tendencia lejana en el tiempo de la forma como occidente y oriente se han vinculado y han manifestado dos tendencias civilizatorias que se atraen, se rechazan, y, en conjunto, crean vínculos que se implican mutuamente tanto en el vínculo como en el rechazo (Ianni, 2000), pues si bien se han dado tendencias de rechazo, igualmente se han dado tendencias de interés y atracción, y esto ha llevado a la necesidad de reconocer que estos vínculos han formado parte de la vida cultural de México.

 

Hay algunos antecedentes de contacto con China y Japón en la época Colonial que eran parte de un movimiento de expansión y de comercio que se definía a partir del océano y de la navegación. Históricamente, ese contacto era mínimo en el sentido de la presencia y establecimiento de estas comunidades en México (Martínez Montiel y Reynoso Medina, 1993), y en el caso Chino sólo lo será hasta el siglo XIX dentro de la producción agrícola, y un punto básico de su establecimiento en el territorio nacional fue a partir de los centros portuarios más importantes en esos tiempos. Es por ello que los principales establecimientos fueron en ciudades de Baja California, Tampico, Yucatán, entre otros. El caso de Japón sería evidente hasta mediados del siglo XX a través de acuerdos para el desarrollo de la industria y la tecnología en el país, y fue muy precaria hasta que en la década de los setenta comenzó a crecer.

 

Pero la presencia de estas comunidades, y la coreana de la que poco se conoce en lo que se refiere a su presencia histórica en México, no sólo se redujo a la producción agrícola o industrial, sino que igualmente se fue dando en dos vectores: ser parte de la vida de algunas ciudades con impactos en la economía y en la sociedad al crear sectores productivos y de servicios como plantas industriales de diverso tipo, restaurantes, panaderías, así como centros habitacionales propios de las comunidades asiáticas, en particular las chinas.

 

En algunas ciudades, Mexicali por ejemplo, los principales restaurantes son chinos, y la comunidad china está presente en las agrupaciones empresariales, y esto igualmente habla de una comunidad china que se mueve en su interior como si estuvieran en la misma China, pero con lazos y redes con los sectores comerciales y económicos de la ciudad, y con ciudades de Estados Unidos. Aguascalientes sería un ejemplo de la comunidad japonesa a través de la instalación de la armadora de automóviles Nissan.

 

Su presencia es dual: dinamizan la economía local, pero impactan en lo social. Su movilidad como comunidad cerrada crea rechazos y genera xenofobia: ellos rechazan y discriminan a la comunidad local, un sector de ella depende de ellos porque genera empleos, y el resultado es el repudio a lo asiático.

 

Pero hay algo más. Por ejemplo Japón también se hizo presente mediante su impacto en la tecnología, sino que los japoneses que llegaron introdujeron un saber que era propio de sus países. No sólo llegaron profesionistas como ingenieros, dentistas, cirujanos, médicos, sino que ellos igualmente introdujeron algunas prácticas religiosas, artísticas y culinarias, las artes marciales, música, los arreglos florales y la decoración de espacios de diverso tipo (Ota Mishima, 1993).

 

Todo indica que a lo largo del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, la presencia de las comunidades asiáticas ha sido moderada y pequeña en Guanajuato. El INEGI señalaba en el 2005 que en Guanajuato había 423 coreanos, 133 taiwaneses, 94 japoneses, 89 chinos, 6 filipinos y 5 tailandeses, mientras algunas autoridades calculan que unos mil asiáticos viven en León[9]. Pero se calcula igualmente que en 2006 llegaron 1, 500 asiáticos al estado de Guanajuato para establecerse en León, Valle de Santiago, San Francisco del Rincón, de los cuales 553 eran coreanos, 328 chinos, 284 japoneses, 126 taiwaneses, además de personas que han llegado de Mongolia, Nepal, Kazajistan, Kirguzistan, Paquistan, Singapur, Vietnam[10].

 

El crecimiento se ha estado dando, en pequeñas dosis, en la década de los noventa y en el dos mil. Es decir, apenas comienza a ser visible su presencia.

 

Uno va a ciertos centros de consumo y la presencia de orientales comienza a ser habitual, y esto se refleja igualmente algunas zonas residenciales donde además de personas que han llegado de distintas ciudades del país, se tiene de vecinos a algunas familias de asiáticos, y sus hijos se inscriben en escuelas tradicionales de la ciudad. Los fines de semana se les pueden ver en algunos restaurantes japoneses o coreanos que se han abierto en los últimos años. Sus hijos serán una nueva raza, y ellos para la ciudad será una nueva mutación poblacional.

 

Pero no todo se refiere a la manera como la presencia de los asiáticos altera la vida en la ciudad. Está la presencia de la cultura asiática en la población de la ciudad, del país.

 

Cuando un estudiante me pregunta que dónde puede estudiar japonés y esto me lleva a pensar que en algunas universidades de la ciudad se están dando clases de chino, japonés, que han personas o centros de lenguas que han incluido el estudio del japonés, me lleva a pensar que no todo es para prepararse para el futuro de las relaciones comerciales de corte internacional. El joven que me pregunta que dónde puede estudiar japonés es uno de varios que me lo han preguntado y la respuesta del por qué lo quieren estudiar es la misma: quieren hacer anime.

 

Esto es un primer indicio. Asisto a la feria del libro de la ciudad y en los locales donde venden mangas y anime, hay manuales, escritos y audiovisuales, para aprender japonés. Asisto al segundo piso de la plaza de la tecnología, donde se venden mangas y anime, y ahí venden manuales de estudio de la lengua japonesa. Voy a convenciones de otakus de la ciudad, y sucede lo mismo. La lengua y simbología japonesa es un medio que identifica y conecta, incluso más allá del interés de hacer anime en algún momento de la vida de los jóvenes. Es un conector, un recurso de identidad, de vínculo.

 

Pero hay algo más. Una estudiante hace la exposición de algunas tendencias juveniles, que van de los góticos, los darketos, los cibernautas, los hikikomori. La sentencia final de la exposición: para muchos de estos jóvenes el anime es más real que la realidad.

 

Recurro a Carlos Monsiváis (2006, 173) que expresa:

 

El analfabetismo funcional es la relación dominante con la lectura. De acuerdo con esto: lees es dejar de ver lo interesante, leer es renunciar al privilegio de la realidad.

 

En tierras donde la lectura es parte de no atender la realidad, lo que aparece como constante, más allá de la realidad inmediata y lejana, de la página del libro que no entra porque no ha entrado nunca y cuando se tiene que hacer lo hace de manera que parece anacrónica, aburrida y sin sentido, lo que está presente, lo que habla y define la realidad es la imagen que se mueve en las pantallas.

 

Nuevamente recurro a Carlos Monsiváis (1979), que hace décadas escribió que los jippitecas mexicanos, en los setenta, eran los primeros norteamericanos nacidos en México. Quizá había que pensar en paralelo con algunos de los jóvenes mexicanos que ven que el anime es más real que la realidad: es la primera generación de japoneses nacidos en México, generación que despierta la misma sensación que en los ochenta en Japón respecto a los shinjinrui, y de la que nos toca desconcertarnos porque los referentes para entenderlos están bajo modelos occidentales, cuando el surtidor del cual se abastecen proviene de otras fuentes.

 

El medio del cual proviene es Japón, pero igualmente China y Corea. En los tres casos el proyecto de llegar a occidente es un proyecto que se gestó décadas atrás e implicó una transformación profunda en su sociedad y resulto en alteraciones radicales en sus tradiciones y en sus generaciones de jóvenes, donde la vida se centro en un proceso de conformación, sobre todo en el caso de Japón, de un proyecto económico y cultural sustentado en las tecnologías de información y en la industria cultural que en los ochenta fue evidente que se había conformado en toda una estrategia con productos para la “exportación cultural”: además de productos tecnológicos de diverso tipo, la afición a prácticas y mundos simbólicos, estilos de vida, sustentados en las artes marciales, el karaoke, la música, el cine, los videojuegos, el manga y el anime (Ortiz, 2003), aunque para los occidentales, el mundo particular de lo “japonés” expresa un sentimiento, un mundo emocional, una evocación, un vínculo que así como era parte viva y fundamental en el espíritu de la tradición japonesa que se diferenciaba claramente de occidente de las generaciones hasta mediados del siglo XX (Tanizaki, 2007), ahora lo es para Occidente, pero cabalgando en los nuevos rasgos del Japón postmoderno, postconvencional.

 

En literatura, un síntoma de esos cambios y estados emocionales son las obras literarias de Haruki Murakami, Kenzaburo Oé, Banana Yoshimoto.

 

Si en la ciudad de León se puede rastrear la conformación de identidades de los jóvenes a partir del modelo hispano hasta mediados del siglo XX, a partir de entonces se puede ver el giro hacia el “américan way of life” que se reflejaría en las capas medias en lo que se refiere a las aspiraciones de un modelo de casa habitación, un tipo de familia con un estilo particular, la ilusión de tener malls y de viajar a Disneylandia, de vestirse a la moda californiana, la afición por los hotdogs y las hamburguesas, la música de rock, las películas y las series de televisión de fabricación al estilo Hollywood. A finales de los noventa y a principios del dos mil en los jóvenes aparece el modelo asiático y las familias no saben por qué y de dónde viene todo ello.

 

Los jóvenes que eran niños a finales de los ochenta y principios de los noventa resintieron varios cambios: la ciudad se transforma, crece, se expande, y los riesgos de jugar en la calle, de ir al parque, de estar con los vecinos o amigos de la escuela, los lleva a quedarse en casa. Los padres tienen que dejar la casa para ir a trabajar. Los niños se quedan y encuentran en ella una compañera y un quehacer: la televisión, la videocassetera, los videojuegos. Ahí ven las caricaturas y películas infantiles que transmiten en la televisión o las películas que rentan los padres. Ahí ven series como Caballeros del Zodiaco, He Man, Thundercats, Candy, Heidi, Remi y otros más.

 

Cuando crecen y llegan a la secundaria, hay cosas que cambian: pueden salir a la calle con los amigos, ir a las cafeterías, los centros comerciales, los billares, y otros lugares; en la casa ha llegado el Internet, el DVD, los discman, y se encuentran que sus aficiones giran a partir de series de televisión como Los Simpson, la revelación que tienen algunos con la serie de anime Evangelion y otras más. Entonces empiezan a correr por otras vías.

 

Una clave: lo que ven y bajan de Internet; lo que pueden comprar en centros de venta de productos del anime o en mercados o tianguis donde venden películas piratas. Ambos casos implican un centro de venta y una economía no localizable, distribuida, borrosa, que no necesariamente pasa por los centros de renta y venta de películas o música. Otras redes comerciales, otras redes de relación social y afectiva, donde objetos, productos y prácticas se integran de otra manera. Llaveros, gorros, mochilas, almohadas, bebidas refrescantes, muñecos, playeras, chamarras, gorros, colgijes, frituras, postres, revistas, películas, carteras, cinturones, son parte de todo ello.

 

Los jóvenes ven series como Full Metal Alchemist, Holic, Naruto, Death Note, Avatar,  Sailor Moon, Marmalade Boy, o películas como Ghost in the Shield, Princess Mononoke, Porco Rosso, Shaman King, Samurai Jack, Otaku no video 1982-1985, Train Man, My Sassy Gir, Fly Daddy Fly, Azumi, juegan a videojuegos desde los clásicos como Mario Bros, Space Invadres, Donkey Kong, Zelda, hasta más actuales, por decir algunas, sólo algunas, de cientos, de miles de opciones.

 

No por nada se dice que tanto el anime como los videojuegos generan más ganancias que las películas norteamericanas[11]. Por ello se han incluido en las películas, los videojuegos y las series de televisión de Estados Unidos elementos o recursos que provienen del anime, e incluso son parte de la programación de canales para los niños como Níkelodeon, Cartoon Network, o canales como Disney Channel ha incluido rasgos estéticos juveniles y programas con este tipo de perfil. Incluso, la aparición de canales dedicados exclusivamente al anime. Películas como Matrix, Kill Bill, o películas infantiles como Kung Fu Panda, Schreck, son una reminiscencia de ello y el curso introductoria a los nuevos niños a esta estética y a esta mística.

 

Porque el anime y el manga se pone como un recurso estético de atracción afectiva e identitaria para niños y jóvenes. Las estrategias de publicidad de Moviestar, de la Bimbo, de Gamesa, Kellogs, Sonrics y otras marcas más de productos varios para niños tienen mucho de esta vertiente, occidentalizándola. Y por ahí, probablemente, vendrán las maneras de “confeccionar” a la nueva niñez y juventud.

 

En la ciudad de León crece la preocupación por los jóvenes, y son dos las grandes esferas de la preocupación: la salud y la violencia. Las estrategias giran alrededor de educación sobre la sexualidad, las adicciones, y la mirada es hacia los jóvenes pandilleros, miembros de bandas. De ahí en más la preocupación gira alrededor de las deficiencias educativas y de los impactos en los valores familiares.

 

Estas preocupaciones están basadas en índices de enfermedades, adicciones, asesinatos, accidentes automovilísticos, suicidios. Pero las tendencias son más generales. Las dos grandes instituciones sociales de la ciudad, la familia y la iglesia católica están golpeadas. Dos indicadores mínimos: el aumento de divorcios, la baja en los matrimonios[12]; la ausencia de los fieles a misa. En ambos casos se acusa a las mujeres que siguen las tramas de las telenovelas, a los jóvenes que miran un mundo vacío y carente de valores[13].

 

Estas miradas, como la de los empresarios que miran al gigante chino, sólo ven una realidad parcial y dejan de ver procesos más amplios: procesos civilizatorios que se están dando por todos lados: uno que proviene de una historia cultural lejana en el tiempo, otra historia cultural lejana en el tiempo que se cimbra.

 

Así como en los siglos XVI y XVII se consideró al Bajío Mexicano como un laboratorio de razas, hoy parece volver a darse un proceso de nuevas mutaciones.


[1] Para una referencia sobre los otakus, se recomienda visitar las siguientes páginas web: http://es.wikipedia.or/wiki/Cultura_otaku; http://incilopedia.wikia.com/wiki/Otaku

[2]  Ver periódico A.M., del 18 de abril del 2008.

[3] Periódico A. M., 27 de octubre del 2006.

[4] Periódico A.M. del 20 de agosto del 2006.

[5] Periódico A.M.  del 2 de septiembre del 2006 y del 21 de abril del 2008.

[6] Periódico A. M. del 30 de agosto del 2006.

[7] Periódico A.M. del 15 de abril y del 30 de mayo del 2008.

[8] Periódico A.M. del 23 de junio del 2008.

[9] Consultada de una nota periodística del portal del periódico A.M. en: http://www.am.com.mx, el 5 de septiembre del 2008.

[10] Tomado de nota periodística del portal del periódico A.M.: http://www.am.com.mx, consultado el 5 de septiembre del 2008.

[11] Para revisar las ganancias que estos productos generan en Japón, así como las tendencias de diversificar las tendencias de grupos como los otaku y a partir de ellos crear estrategias de mercados para el consumo de jóvenes, recomendamos revisar el documento, “New Market Scale Estimation for Otaku: Population of 1.72 Millon with Market Scale of Y411 Billon”, consultado el 10 de agosto del 2008 en: http://www.nri.co.jp/english/news/2005/051006.ttml

[12] En el portal del periódico A. M., http://www.am.com.mx, consultado el 5 de septiembre del 2008, se puede ver que en 1998 había 373 divorcios por 10, 000 bodas, en el 2008 eran 1, 300 divorcios frente a 8, 000 bodas. En 1998 había un proceso de divorcio al día, en el 2008 hay entre 4 y 6 diarios

[13] En el portal del periódico A. M., http://www.am.com.mx, consultado el 5 de septiembre del 2008 se reporta que de acuerdo con estudios del Arzobispado de León, pese a que el 98% de la población en la ciudad se dice ser católicos, sólo el 30% asisten a misa los domingos, en una proporción de 3 a 10 leoneses, aunque algunos sacerdotes que ellos calculan que sólo es el 9 o 10% de la población.

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