Imágenes desde la cultura para recordar el futuro. Miradas desde la mediología. III

II. En tierras de la Gran Chichimeca y del anime.

Hace un tiempo la Comisión Estatal del Deporte y Atención a la Juventud del Estado de Guanajuato en México realizó unas pruebas genéticas entre la población de sus municipios para identificar desde la práctica deportiva para la que genéticamente son aptos. En el caso de la ciudad de León los resultados fueron que su población era buena para el tiro al blanco. Un deporte de corte militar, de la cual se practica formalmente desde hace algunas décadas, ¿de dónde viene este potencial? De los genes, por tanto, hay que ir más atrás en la historia.

 

Durante los primeros años desde que llegaron los españoles a México, el territorio ocupado y poblado fue hasta la ciudad de Querétaro, porque las comunicaciones permitían los traslados seguros y porque se dieron sobre asentamientos de poblaciones sedentarias. Más allá estaba el norte, inhóspito y bárbaro donde habitaban varios grupos de tribus indígenas que se les conocía de manera genérica chichimecas, y que ellos reconocían como la tierra de la Gran Chichimeca. Una de las principales características de los chichimecas, que era parte la herencia que se trasmitía de padres a hijos y una de las razones por lo cual eran inhóspitos y solo pudieron ser pacificados, más no sometidos, fue la práctica del tiro del arco y flecha (Powell, 1985).

 

Algo que se trasmitió por siglos, que se abolió por otros siglos más, perdura en los genes de los pobladores de la ciudad de León, en el estado de Guanajuato. Lo visible más bien, son las huellas de sus procesos de fundación hispana y católica, pese a que a la ciudad de León se le reconoce por su extrema fervor católico, su actitud emprendedora, industrial que se sintetiza en su lema: “El trabajo todo lo vence”.

 

En las tierras de la Gran Chichimeca se fundó a la ciudad de León, una frontera hacia otros territorios, un refugio para las rutas hacia las minas de Zacatecas y de Guanajuato. En los tiempos de la Colonia, la zona donde se ubica a la ciudad de León se le conoció, y desde entonces, como el Bajío Mexicano, integrado por un sistema de ciudades, como pocas otras hubo desde entonces, y además de ser una de las zonas agrícolas y mineras más importantes, fue un territorio para la aparición de nuevos sujetos y formas de vida inéditas en el país, y que posibilito ser un espacio de mestizaje de distintos tipos.

 

 

El hueso, el monumento, la memoria.

 

 

El historiador de las religiones y de las tradiciones sagradas, Frthjof Schuon (1980:34) expresa: “Lo que algunos llaman ‘el sentido de la Historia’ no es más que la ley de la gravedad”. El punto: antes de que las culturas fueran históricas, las de carácter a históricas o pre históricas, eran en base a la dimensión espacial, un émulo de las cartografías celestes. La historia propició un punto y una trayectoria, un peso de gravedad.

 

Por su parte, el científico Paul Devereux (2007:33) señala: “La especie humana tiene mucha más prehistoria que historia. El cerebro humano lleva esa prehistoria en sus diversas partes estructurales; la mente la lleva en el subconsciente”. El punto: conocer lo profundo de los espacios es conocer la manera como la mente ha obrado desde la prehistoria.

 

La cultura es una fuerza de gravedad pues uno de sus rasgos básicos es la permanencia, la continuidad, la memoria. Sus ejes son el tiempo y el espacio donde se materializa y cobra vida una forma de ser y estar en común a través de sus costumbres, ritos, cosmovisiones y mentalidades.

 

Vayamos a la ciudad de León, el vínculo de dos momentos: el pasado lejano, el año de 1576, fecha de su fundación, momento en el que culmina un proceso que comenzó entre 1530 y 1950 donde sólo había asentamientos humanos en lo que se llamaba “Valle de Señora”. Un edicto o mandamiento del Virrey de la Nueva España: hay las condiciones para poblar y fundar una ciudad que sería de beneficio “para la pacificación de los indios que en dichos valles andan alzados y rebelados al servicio de su Majestad, y que se eviten los daños que hacen especial en las Minas de Guanajuato y Comanja”. El pasado cercano, más no resiente, en el siglo XX se crea el escudo de armas que busca “simbolizar” a la ciudad de León: en la parte superior, enmarcando todo el escudo, la base de un torreón que pretende significar a la ciudad; en el interior, un cuadrante, como las cuatro direcciones, su propia cosmogonía: en el primero, San Sebastián, patrono oficial de la ciudad; en el segundo, el “León de Castilla”, referente europeo del cual se indico y mando implantar su nombre; en el tercero, el escudo del Virrey Martín Enríquez de Almanza, quien mandó fundar a la ciudad; finalmente, un panal y tres abejas formando un triangulo con el cual se quiso simbolizar el trabajo y la laboriosidad[1].

 

Los dos momentos: el centro de gravedad que se formó en una ciudad desde la cual, comenzó oficialmente su historia: España, el catolicismo de carácter de mártir, sacrificado para que viva el Espíritu, la laboriosidad, todo estaba por construirse, no había piedra sobre la que colocar otras piedras, había que crear un territorio. Por eso lo que llama la atención del escudo es el torreón: la piedra en forma de una torre de vigía y seguridad (apaciguar indios, cuidar los bienes de la Corona), sede el imperio, de la vigilancia política.

 

No la piedra que liga a un espacio, la piedra trazada por lo arquitectónico que funda un tiempo en el espacio. ¿Así comenzó la historia? ¿Así comienza una cultura? ¿Dónde comienza todo?

 

El filósofo francés Regis Debray (2001: 42) comenta: “Al principio fue el hueso, no el logos”. La afirmación revela algo más profundo: el hueso es un archivo, un recurso de la memoria tanto de la vida de quien lo poseía, como de la comunidad que lo conserva. Es por ello que señala el filósofo francés que las sepulturas fueron la “primera memoria mnemotécnica” porque en ella se permitía tanto el contacto del pasado con el futuro, un proceso que materializaba las cosmovisiones y formas de vida de un grupo. En la sepultura, el hueso se prolonga y extiende a la piedra, y la piedra que se edifica como megalito, monumento, sintetizan la “aventura simbólica” de la edificación de la memoria colectiva, pues otorga presencia a lo que ha desaparecido, vigencia a lo importante y fundamental para la continuidad.

 

La cultura, entonces, es algo que se trasmite a través del tiempo, el tiempo largo de los siglos, y se inscribe en la memoria colectiva. Pero para que la memoria permanezca ha de contar con una diversidad de recursos nemotécnicos que permitan la continuidad, pese al paso de las generaciones, de las transformaciones. Los recursos mnemotécnicos se inscriben en objetos que almacenan mentalidades  y cosmovisiones colectivas: las huellas que dejan, la vida simbólica que se guarda, cuando se materializa permite formar grupos, forjar lugares para que algo perdure porque se convierte en un soporte de sentidos colectivos, un geosímbolo que reúne y hace durar y tenga una utilidad a lo largo del tiempo.

 

En nuestro caso, la mirada se ha fijado en un espacio concreto: la ciudad de León, Guanajuato. Su historia es larga y con el correr de los años fue conformando un espacio social y urbano donde algunas de sus construcciones fueron edificándose como recursos mnemotécnicos para su memoria colectiva. Varias de estas construcciones permiten reconstruir la forma como se ha edificado la ciudad, y no sólo por la manera como han sido usados, sino por lo que ha permanecido a lo largo del tiempo ya que su materialización en edificios, templos, monumentos, jardines, manifiestan su mundo simbólico, su mentalidad, sus costumbres, representaciones y valores. Estos espacios y construcciones son una herencia del pasado, una huella que materializa la identidad histórica y primaria de los leoneses, que pese a las transformaciones de su vida a lo largo de los últimos siglos, permanece en los albores del siglo XXI.

 

Es por ello que la mirada se puede colocar en una construcción que permita observar la manera como lo fundamental de la identidad histórica permanece pese al correr del tiempo, que ocupo un espacio en la ciudad en momentos de transiciones profundas, incluso en ámbitos mayores como el país y el mundo, un tiempo que puso a prueba las huellas originales, y la mentalidad básica y primordial. Esa construcción es la sala de cine.

 

Si al principio fue el hueso y después el monumento, el siguiente paso fue el templo, sucedáneo de la cueva, la montaña, el bosque, representación fija del orden, del cosmos. Pero a nivel humano, primero fue el clan, después fue la civilización para finalmente pasar a la cultura. Es por ello que a lo largo de la historia humana la comunidad ha sido un factor fundamental para la vida social, que cuando se ha visto amenazada, es porque elementos culturales más amplios se están desintegrando: las tradiciones entran en colapso.

 

Para forjar la cultura, el templo ha sido fundamental: un espacio de continuidad con la naturaleza, con los ancestros, con un orden superior. Igualmente es la metáfora del cuerpo humano, su interior, y el templo unifica, da sentido de totalidad, de comunión y continuidad. Es un tanto como lo expresado por Elías Canetti (1982) sobre las “masas cerradas”, instituciones con rasgos más de un orden familiar, donde lo importante eran los límites delimitados donde la masa se establece y “el espacio que llenará le es señalado”, y esos límites le permiten una estabilidad, y la repetición evita la desintegración. Expresa del rito de la misa:

 

En la regularidad de la ida a la iglesia, en la familiar y exacta repetición de ritos precisos, se le garantiza a la masa algo así como una vivencia domesticada de sí misma. La realización de tales quehaceres en tiempos establecidos se convierte en sucedáneo de necesidades de índole más dura y violenta.

 

Quizá no sea gratuito que al final de su libro, A personal journey with Martin Scorsese through american movies., el director de cine norteamericano, Martin Scorsese (1999), expresara sobre la fascinación que le abrió el cine cuando era niño y el vínculo que sentía al ir a la sala cinematográfica, muy cercana a la de una iglesia:

 

No veo un conflicto entre la iglesia y las películas, lo sagrado y lo profano. Obviamente, hay grandes diferencias entre la iglesia y las salas de cine. Ambas son lugares para la reunión de la gente y compartir una experiencia común. Creo que hay una espiritualidad en las películas, aun si no se quiere suplir la fe. Encuentro que a lo largo de los años muchas películas se han dirigido al lado espiritual de la naturaleza humana, desde Intolerancia de Griffith a Las viñas de la Ira de John Ford, a Vértigo de Hitchcock, a 2001 de Kubrik… y muchas otras.  Ha sido a través de las películas que se ha contestado una antigua pregunta para el inconsciente común. Han llenado una necesidad espiritual de la gente que tienen de compartir una memoria común. 

 

La expresión y reflexiones de Martin Scorsese hablan algo de lo que ha sido la presencia del cine y la experiencia que propicia en sus públicos: de entrada, su vínculo con otra institución social, la religiosa, que tanto tiene el poder de llegar a lo profundo mediante una serie de imágenes, discursos, como congrega a una comunidad en un acto ritual, colectivo, emotivo, afectivo. El cine como otro espacio similar a la iglesia donde se encuentra con imágenes que tocan lo profundo de las necesidades humanas, un inconsciente colectivo y forman una memoria común. La fusión de imágenes, ritos, espacios, surtidores de imágenes y símbolos que desde aquí en la tierra hablan y conectan con lo que está en los cielos.

 

Como sucede con un templo de carácter religioso, la puerta de la sala de cine es un umbral que separa dos realidades, dos mundos donde los asistentes pueden detener el fluir del tiempo que se vive en la cotidianeidad para acceder a otra temporalidad, más allá de los límites personales y humanos, y a través de las historias que las imágenes hacen presentes, dejarse llevar por su fluir y poder conectar el pasado con el presente, poder transcurrir en el tiempo. Fue la sala cinematográfica la que posibilitó que el cine pudiera estar presente en los contextos inmediatos y sociales de los grupos sociales diversos. Más que un recurso tecnológico que entraba a la vida familiar, que generaba discursos sobre la vida del hogar y sus circunstancias, como la televisión, la sala de cine diseñaba la entrada del mundo social a su interior, y ahí cada imagen, cada sonido, cada dialogo era una totalidad, una conexión desde el interior con lo más amplio.

 

Al inicio del siglo XX, las principales infraestructuras urbanas en la ciudad eran los templos, y sobre templos, estadios, teatros, se fundaron salas de cine, que andado el tiempo, algunas salas de cine fueron convertidas a su vez en templos. Ruinas circulares por donde la materia crece en la espiral de espacios consagrados a la consagración y el asombro.

 

Igualmente, en las décadas previas al siglo XXI, en la ciudad de León aparecieron otros espacios urbanos con ambiciones de totalidad como la de un templo: los centros comerciales. Alejados del centro histórico, un espacio al cual las familias acuden cada fin de semana, como antes lo hacían sus padres o abuelos a la plaza principal, no sólo a divertirse y a convivir, sino a sentirse parte de una comunidad, pero donde ahora los rasgos que constituyen y dinamizan esa comunidad se gestan a través de círculos más restringidos, a través de redes sociales, más que a comunidades, y más cercanos a la capacidad de consumo, de realizar ciertas prácticas, de vivir en ciertos territorios de la ciudad, de un capital económico y cultural que los une y los hace diferentes a otros grupos sociales.

 

La presencia de nuevos espacios y de nuevas formas de agrupaciones sociales señala un proceso de transformación, algo que no ocurrió de un día para otro, o del día a la noche: fue el crecimiento y expansión de la mancha urbana, una explosión demográfica que disparó a su población de una manera como no se había realizado por siglos[2], con su consiguiente diversificación a través de olas migratorias de personas de distintas partes del país, e incluso, de varios países del mundo; alteraciones en la vida diaria y la ramificación de nuevas actividades y prácticas culturales, otras maneras de habitarla, la aparición de diversos centros espaciales que diseñan y posibilitan las formas de estar y moverse por la ciudad.

 

Los espacios que posibilitaban la presencia de las masas cerradas de Canetti han dado espacio a las masas abiertas, y estas se han distribuido por la ciudad, y se han agrupado de acuerdo a una nueva organización de los espacios, y del tipo de agrupamientos colectivos.

 

La ciudad, como un todo, se ha regionalizado: sus habitantes ya no conocen ni transcurren por todo su espacio, sino que sólo lo hacen por determinadas regiones, y en ese sentido, ha ido ocurriendo lo señalado por el sociólogo inglés Anthony Giddens (2004) como una de las principales manifestaciones de la modernidad: un distanciamiento entre el tiempo y el espacio, es decir, la manera como las personas han pasado de una forma de estar presentes, a otras donde la manera como se relacionan es debido a su ausencia y el empleo de recursos que los conectan a través del tiempo y del espacio: rutinas estandarizadas que permiten la conexión ocasional, fragmentaria, y delimitada; la emergencia en lo cotidiano del transitar por la ciudad que implica el uso de medios de transporte y de la movilidad por avenidas que son un espacio que diseña un estar a través flujos y de estancias móviles; el empleo de tecnología como los celulares, el internet y el messenger, los MP3 y las agendas electrónicas, y otros más. En términos del filósofo español, Jesús Martín Barbero (1996), se ha dado un “des ordenamiento cultural” que se manifiesta a través de tres procesos: el des centramiento, la des especialización, el des arraigo.

 

El distanciamiento entre el tiempo y el espacio, y el des ordenamiento cultural da las pautas para entender algunos de los procesos del paso de las culturas pre modernas a las modernas de acuerdo a la propuesta del sociólogo Anthony Giddens: el paso de las relaciones de parentesco como una vía para estabilizar los vínculos y las relaciones a través del tiempo y el espacio, a las relaciones personales que giran alrededor de diversas esperas: las íntimas, las de amistad, las de trabajo o compañerismo, las anónimas, las impersonales; el paso de una comunidad local que propicia un entorno familiar, estable y conocido, a relaciones basadas en sistemas abstractos que permiten mantener diversos tipos de relaciones, por algún fin, pero que generan circuitos espaciales y limitados de familiaridad, pero que tienden a la inestabilidad y hacia lo desconocido; las cosmologías religiosas que proveen un sentido global a la vida y al vínculo con el mundo y los demás, y la tradición como un vínculo que conecta al pasado con el presente, a los sistemas de ideas y pensamiento que permiten adquirir el sentido de una profesión, de eficacia, un estilo de vida, un lugar en el mundo que conecta el pasado personal con el futuro, sin que necesariamente esté mediando una tradición histórica, colectiva y local.

 

Es por ello que la manera como las familias se reúnen en los centros comerciales tienen una diferencia significativa a la manera como se hacía en la plaza principal: ya no es para dar continuidad a una comunidad y a una tradición que conecta el pasado con el presente de acuerdo a un espíritu colectivo e histórico, sino dar continuidad a un contacto con grupos que permitan la reiteración de pertenencia a una forma de ser y a un estilo de vida que se tiene que re hacer y re afirmar continuamente de acuerdo a los dictados de una diversidad de sistemas de expertos: el consumo, la moda, las innovaciones tecnológicas, los universos de sentido que provienen de los medios masivos, la publicidad y otras más.

 

Pero así como las salas de cine pueden ser vistas como un equivalente a un templo, con su modificación de un complejo de exhibición de películas conformado por pequeñas salas de cine, integradas a un centro comercial, la equivalencia ya no es necesariamente con los templos, quizá con las de capillas, o mejor aún, con altares, principalmente con los altares de la vida actual: la pantalla de la televisión, del internet.

 

Una ventana o un altar de carácter virtual que no mira a lo exterior, sino a lo lejano, una interfaz de imágenes, narrativas, sonidos donde ya no se es un espectador, sino un usuario que desde la soledad, accede a estos mundos para estar cerca de lo lejano, ausente de lo cercano. No hay una puerta que separe realidades y temporalidades, ni que permita el transcurrir de una temporalidad que vincule el pasado con el presente, sino que es una exposición, un estar en una temporalidad nueva: el tiempo real, la transmisión instantánea.

 

La ciudad de León ha entrado a una nueva dimensión temporal, aquella que señala el filósofo francés Paul Virilio (1997) el intervalo del género de la luz, que lleva al límite de lo posible a la percepción de la duración fenomenológica y a la extensión del mundo en diversos planos de movilidad espacial a través de dos dinámicas nuevas del tiempo: el tiempo aceleración, el tiempo real.

 

Este intervalo de temporalidad, propicia una nueva organización de la geografía y de la historia: del orden que concentra en un punto y desde ahí diseña su espacio para transcurrir en dos planos temporales, el lineal o cronológico y el cíclico o mítico, se pasa a la creación de nodos espaciales que diseñan y favorecen estancias en tránsito, espacios sin huella de memoria histórica y social, donde lo fundamental es llegar para partir de nuevo, sólo exponiéndose a estar durante un instante que tiene un límite, el necesario para ligarlo con otro transcurrir. El fluir por una serie de puntos urbanos que se conectan por una misma dinámica de percibirlos, de estar y de usarlos.

 

Así, cuando las salas de cine se integran a los centros comerciales, propician otras cosas muy diferentes a las que se ubicaban en la zona central de la ciudad: el acceso a una hiperrealidad que conecta con temporalidades y especialidades que remiten a dimensiones más allá de lo local y de lo nacional: los circuitos que recorren al mundo a través de productos, artefactos de consumo que devienen de lo global y lo internacional; prácticas sociales y culturales donde lo audiovisual es un fluir por diferentes espacios, como los bares, los antros, los restaurantes, de una manera similar como se emplea a los celulares, esos pequeños altares virtuales que todos portan, que no reconocen fronteras espaciales y que se usan para contactar sin mediar tiempo y espacio.

 

Es por ello que ir al cine es como ir al antro, ver la televisión, usar el celular: el silencio y la actitud extática ante la pantalla, se transforma en un estar juntos que retoma lo proyectado como parte de la dinámica y de la charla del grupo. No es una forma de ser e integrarse en el tiempo, sino de pasar y dejar pasar el tiempo. La estética del cine que se ha modificado de acuerdo a la estructura del video clip, del videojuego, de la publicidad televisiva, diseñan y posibilitan esa forma de ser y estar en las nuevas salas de cine. Lo que antes ligaba el cine, la memoria, el colectivo, ahora es el transcurrir del momento, de pequeños clanes y tribus urbanas.

 

Si primero fue el hueso, la piedra, el templo, ahora es el celular, el videojuego, las agendas electrónicas, el internet.

 

 

Resonancias del tiempo. Las aguas y la concha.

 

 

Si primero fue el hueso, después el monumento y el templo, igualmente habría que pensar en el elemento que les daba vida y energía: el líquido. El hueso se genera por los líquidos contenidos en su interior, son los que imprimen huellas genéticas y los que permiten que estén sanos, si los carecen, el hueso envejece, muere. Los monumentos y templos sagrados se construían encima de corrientes acuáticas que imprimían un magnetismo especial, que si carecía de él, o el afluente se secaba, había que emigrar a otro espacio adecuado.

 

El celular, la agenda electrónica, los reproductores de MP3, las consolas móviles de videojuegos, recuerdan a otro simbolismo sagrado de muchas religiones: la concha (Eliade, 1986). La concha es un símbolo del agua, de las fuerzas que fluyen en el universo para fertilizar, dar vida. Fuerzas que se mueven en lo oculto, lo no visible, el inconsciente.

 

Es por ello que si se puede pensar en la analogía del paso que ha implicado del hueso al celular, bien podríamos pensar que las “fuerzas acuáticas” que este último despierta, comienzan a rondar por sus entornos. El hueso, el monumento, el templo, reúnen en un centro; el agua fluye por ríos y arroyos, toma causes por lagos, manantiales, océanos. El agua que corre o se estanca manifiesta lo que está oculto a la vista, pero está actuando. El agua es lo que nutre, regenera, da vida, destruye. Las aguas que corren, o los ríos y arroyos secos, nos hablan de un pasado que está presente y que siempre retorna, como es el caso de las tormentas donde las aguas bajan por antiguos causes que estuvieron antes de ser cubiertas por cemento y que forman las avenidas y los espacios habitacionales.

 

Las tecnologías móviles nos hablan del fluir de las aguas y esto nos lleva a pensar en las transformaciones de la vida social y urbana, y en particular en dos aspectos importantes de la historia de la ciudad de León: sus procesos de regeneración y la manera como sus fuerzas subterráneas han emergido en la actualidad.

 

Desde sus inicios, la ciudad se ha tenido que re hacer continuamente por la recurrencia de las inundaciones. La historia de León es lejana, su infraestructura es relativamente reciente porque periódicamente las aguas de las inundaciones arrasaban con gran parte de las construcciones y había que comenzar nuevamente. En gran parte, de ahí viene la mentalidad que se sintetiza en su lema. “El trabajo todo lo vence”. Hoy, las inundaciones son por defectos del drenaje público, las malas o defectuosas construcciones, la desatención a los ríos secos que se llenan de basura, los antiguos causes de ríos que se han urbanizado. Las inundaciones se dan en zonas de la ciudad que dan la apariencia de estar en todos lados.

 

La historia de la ciudad de León, igualmente manifiesta una serie de rasgos que nos caracterizan y nos dan identidad, pero igualmente se ignora todo aquello que en la ciudad ha estado presente y no es digno de hacerlo presentable, y que las normas, costumbres y valores los han intentado controlar e ignorar: el tiempo libre, las diversiones populares, la presencia de las mujeres y de los jóvenes en el espacio y la vida pública, la vida nocturna, el transitar por la ciudad, la sexualidad, el alcoholismo. Sin embargo, desde hace unas décadas esas son algunos de los rasgos más visibles de la ciudad. Incluso, la estrategia de mirar al exterior para renovar la economía local ante la crisis de la industria del calzado y de la curtiduría, y la llegada de productos y servicios de rango internacional, propios de los mecanismos más estereotipados de la globalización, son esas manifestaciones las que se impulsan y mantienen activa a la nueva economía de la ciudad de León.

 

Quizá no es que con la vida de hoy en la ciudad de León las tradiciones se despiden, sino que otro tipo de memoria ha ido emergiendo y en su correr han encontrado otros artefactos para otro tipo de memoria, una que no hemos conocido o que hemos olvidado. Por ejemplo, el sociólogo Zygmunt Bauman (2006)ha señalado que hemos entrado a una “modernidad líquida” y su sociedad es “aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar y se consoliden en unos hábitos y en una rutina determinadas” y que lo que enfatiza “en todo momento es el olvidar, el borrar, el dejar y el reemplazar”, y es por ello que este tipo de sociedad siempre está inserta en procesos que implican “nuevos comienzos”, sin poder determinar cuando terminan.

 

Un punto para ver las transformaciones que se están dando en la ciudad es preguntarse por las condiciones que las posibilitan, y observar las principales construcciones que se están realizando. Si en el pasado lejano eran los templos religiosos, las casas habitación, los centros laborales, estos siguen siendo las principales construcciones, pero ahora con diferentes tendencias y características y con diferentes lógicas de ubicación. Pensemos en los centros y plazas comerciales, en las farmacias, los Oxxos y similares, las licorerías, los centros de negocios, los antros, los after y los lounges, los restaurantes y taquerías, las cafeterías y las mueblerías, los cajeros automáticos y las gasolinerías, los expendios de pizzas y los módulos de venta de celulares, por decir unos cuantos que llevarían a preguntarnos si todo ello actualiza algo pre existente en la ciudad y/o modifica las condiciones de vida, las experiencias de y en la ciudad, así como su propia naturaleza histórica, social y cultural.

 

Y en esos procesos, las salas de cine permanecen, transformadas, y enseñándonos que en lo más oculto y profundo de la sala, la pantalla otro espacio por donde las imágenes se suceden, fluyen y que en esa capacidad de fluir, se trasladan a los celulares, los MP3, las agendas electrónicas y dialogan con las historias de los videojuegos.


[1] La información del escudo de armas de la ciudad de León, Guanajuato, se extrajo de la publicación, “León de los Aldama, Guanajuato”, publicado por el Honorable Ayuntamiento de León, 1998-2000.

[2] Un ejemplo del crecimiento poblacional en la ciudad de León se puede ver por algunos cortes de los censos de población en distintas épocas: en 1930, había 99, 457; en 1970, 429, 150, para el dos mil, era de un millón y medio, aproximadamente.

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