Imágenes desde la cultura para recordar el futuro. Miradas desde la mediología. I

Introducción. La forma del mundo, el vacío del sentido.

 

 

La luz es una estancia que permite visualizar la presencia, la ocupación de un espacio en un tiempo que no concluye: el ver una galaxia no implica únicamente una desincronización en el tiempo y en el espacio, sino que aún su extinción permite que la podamos ver, y aunque la dejemos de ver, su presencia sigue actuando en un lugar lejano.

 

El pasado cobra esa dimensión: es una estancia, una presencia que sigue actuando sobre el presente, afectándolo, relacionándolo, manifestando algo. Esto es sintomático en cuanto a la relación del mundo con el conocimiento de lo social, de lo humano. No sólo permanece mucho del mundo que actúa sobre el continuo temporal, sino sobre el conocimiento que ha intentado dar cuenta de él. Cuando el mundo da un tipo de giro, de cambio, se remueve desde sus cimientos hasta sus constelaciones y provoca una revisión de las estructuras de conocimiento que los sujetos han generado, principalmente en algunos campos de conocimiento con un considerable legado histórico, y una tendencia posible es hacia la revisión, la mirada hacia atrás, hacia su trayectoria, para no olvidar su origen y recuperar en sus profundidades y superficies aquello que todavía propicia reflejos, estancias, en el presente continuo. La sociología es un ejemplo (Zabludovsky Kuper, 2007), aunque muchas otras áreas y estructuras de conocimiento se encuentran en similares condiciones.

 

El presente es una nueva constelación, una nueva geografía, un nuevo subsuelo, por lo que no sólo se requiere nuevos mapas estelares, cartografías, topografías, sino revisar muchas de aquellas cartas de orientación, navegación y traslado, así como crear otras tantas, con otra intención e intensidad. La voz de Michel Wieviorka (2007) parece ser la de muchos: en los sesenta y setenta del siglo XX las ciencias sociales  tenían teorías, paradigmas y conocimientos que permitían comprender y entender al mundo, pero la desarticulación de fuentes de conocimiento como el funcionalismo, el marxismo, el estructuralismo entraron en un proceso de descomposición, y el mundo entró en un proceso de reconfiguración. Expresa Wieviorka (2007: 39):

 

Las grandes teorías, los paradigmas de los años sesenta y setenta no pueden aportarnos los referentes adecuados; y a veces tenemos, incluso, que buscar las palabras para tratar convenientemente estos nuevos fenómenos… Estamos, pues, ante el desafío de ubicar toda clase de fenómenos nuevos adaptando o inventando nuestros instrumentos de análisis, e intentando tener una comprensión general de éstos, una visión de conjunto y no solamente la imagen de una yuxtaposición de problemas sin unidad.

 

Si bien otros autores hablan de que las seguridades del conocimiento social se diluyeron antes o después, la tendencia es a considerar en este margen de décadas una tensión entre las herramientas teóricas y conceptuales con los impulsos, las tensiones y expansiones de un mundo por rutas insospechadas y crecientes de complejidad. En los noventa comenzó una exploración de los nuevos entornos generales y a inicios del siglo XXI quedó manifiesto para muchos que las realidades conceptuales quedaban cortas e implican un nuevo acto colectivo de creación, imaginación, construcción, invención.

 

Tres autores casi al azar, convocados para abrir una colección de una editorial española que intenta hacer un recuento no sólo de su trayectoria, sino del conocimiento acumulado y su situación en el presente. Las obras tienen algo en común: la necesidad de buscar formas de conocer y nombrar lo que está sucediendo desde hace unos años.

 

Primero, Marc Augé (2007: 12) quien en el prólogo de su libro, Por una antropología de la movilidad, menciona que “todas las contradicciones contra las que nos debatimos ahora surgieron en el periodo de los 70 y los 80” y enfatiza que en la actualidad “somos más capaces de definir los diferentes aspectos y tratar de solucionarlos”, lo cual no deja de tener un tono optimista del oficio antropológico que señala en otra de sus obras aparecida en forma paralela a la anterior (Augé, 2007a: 10), en donde expresa que la antropología “está bien equipada para afrontar las apariencias y las realidades de la época contemporánea, a condición sin embargo de que los antropólogos mantengan una idea clara sobre cuáles son los objetos, los envites y los métodos de su disciplina”.Así, Augé se lanza a intentar dar respuesta a la pregunta, “¿A dónde vamos?”, pero casi al inicio de sus primeras reflexiones hace una observación: “En resumen, se está utilizando un vocabulario antiguo para designar realidades nuevas” (Augé, 2007: 29).

 

Segundo, Roger Chartier (2007), en su libro, La historia o la lectura del tiempo, inicia expresando la crisis en la historiografía a partir de la segunda mitad del siglo XX ante la revisión de sus propias herramientas y metodologías de trabajo, la escritura, que cuando habla de la historia para narrar lo global, se hace preguntas como las siguientes: “¿Cómo construir una historia pensada a escala mundo?… ¿Debe comprenderse como la identificación de diferentes espacios en el sentido braudeliano, que hallan su unidad histórica en las redes de relaciones y de intercambios que los constituyen, al margen de las soberanías estatales? ¿O se debe considerar que esa historia ha de ser, ante todo, una historia de los contactos, los encuentros, las aculturaciones y los mestizajes?”. Termina Chartier sus preguntas de la siguiente manera:

 

Esa historia a muy grande escala, sea cual sea su definición, plantea una cuestión difícil a las prácticas historiadoras: ¿cómo conciliar el recorrido de lso espacios y de las culturas con las exigencias que rigen el conocimiento histórico desde el siglo XIX, al menos, y que suponen el análisis de las fuentes primarias, el dominio de las lenguas en las que están escritas y el conocimiento profundo del contexto en el que se ubica todo fenómeno histórico particular” (2007: 75-76).

 

Tercero, Néstor García Canclini (2007), en su libro, Lectores, espectadores e internatutas, escribe un libro a la manera de un diccionario o enciclopedia “que explora cómo nos mezclamos con otras culturas, y no sólo por las migraciones”, y aunque especifica que no es un diccionario ni una enciclopedia, en su libro reúne “conocimientos y aproximaciones a palabras que no se hallan en estado de diccionario”. Expresa casi al final de la introducción:

 

En un tiempo de préstamos y negociaciones entre varias lenguas, entre lenguas e imágenes, no captamos los significados si no estudiamos las peripecias de las palabras, cómo se deslizan en los actos de quienes leen, ya sean espectadores o navegantes por el ciberespacio” (2007: 16).

 

Pareciera que vivimos en un mundo inédito. Pero igualmente pareciera que vivimos en un mundo urobólico donde volvemos a encontrarnos en situaciones pasadas que se creían superadas (Maffesoli, 1993) y que llevan a procesos de construcción, invención o re invención, de nuevas realidades conceptuales para cubrir los vacíos que se han ido agotando, o las ranuras de las redes de sentido por las que se cuelan demasiadas cosas.

 

Siguiendo a otro autor que ha reflexionado sobre las transformaciones en el mundo a partir de los procesos de la modernidad, la globalización y la modernidad, Renato Ortiz (2005), ha señalado no sólo que estamos viviendo en una época de transformaciones similares a las de la primera revolución industrial, a finales del siglo XVIII, y que el hecho de mencionar que vivimos en un tiempo de cambios ya ha sido suficientemente indicado y que toca avanzar en mostrar el rostro, perfil, de las transformaciones. Para ello, Ortiz ha expresado en otros libros la postura que deben asumir las ciencias sociales: por un lado, la revisión a la literatura clásica para retomar de ahí las fuentes que mantienen vigentes algunos de los sentidos de sus estructuras de conocimiento para iluminar algunos de los rincones y reflejos que hoy se mueven por las sociedades, al mismo tiempo de trabajar sobre la construcción de nuevos conceptos, que puedan dar pistas para nombrar e identificar a las realidades emergentes (1999), para lo cual, el oficio de artesano intelectual es básico en estos tiempos (2004).

 

Otro brasileño, Octavio Ianni (1998), al hablar de la sociedad civil mundial, señala que las maneras como se ha categorizado el mundo, dicen “algo, pero no dicen todo” y parecen “inadecuadas para expresar lo que está pasando en diferentes lugares, regiones, naciones, continentes” al envejecer los conceptos dentro de una realidad en marcha y movimiento, y este movimiento va conformando las sedimentaciones, las improntas de sus transformaciones a través de diversos procesos, campos y dimensiones históricas. Es decir, no un solo impulso, no un solo proceso, no sólo una dimensión histórica y temporal.

 

Mundo en mutación, asombro por el conocimiento de lo social. Pero la mutación no sólo ha ido mostrando que el mundo y el conocimiento elaborado para conocerlo están en un severo extrañamiento, sino que ha ido manifestando los diferentes estratos del tiempo que han ido conformando el contexto, el entorno, las trayectorias y las travesías en las cuales nos encontramos hoy en día. Estratos de tiempo y vectores de velocidad ha señalado Reinhart Koselleck (2001; 2003) para intentar dar cuenta de la manera como la historia se escribe desde la experiencia de quienes la han vivido, con lo cual lo que hoy vivimos tiene vectores que nos llevan a pasados distintos, variados, pero igualmente el presente se ha de observar de manera multidimensional, cambiante en la manera como colapsa su manifestación, siempre en movimiento, en espacios y concretos específicos e históricamente dados, eso que algunos han señalado como uno de los principales rasgos de la modernización, los procesos de desterritorialización y re territorialización (Ianni, 1998; Ortiz, 2003).

 

Esta comprensión de los vectores del tiempo ha ido igualmente señalando que la modernidad no puede ser observada desde un solo punto de inicio, sino que han sido una diversidad de entradas a ella, al igual que su manifestación en los tiempos que corren, algo como ocurre con el entorno de la globalización.

 

Es por ello que podemos observar la manera como diversos autores apuestan, discuten, argumentan, que nos encontramos en el cambio de una cultura a otra, o en nuevas fases, ramificaciones o bifurcaciones de periodos o etapas de larga o corta duración, en mutaciones de un periodo aún más grande, civilizatorio, o, incluso, de un nuevo impulso de la hominización de la humanidad. Discusiones que llevan a plantear la discusión de cambios de paradigmas, de epistemologías, de estructuras de conocimiento, de la conformación de un conocimiento metacognitivo.

 

Pareciera, entonces, que el reconocimiento de los estratos del tiempo, los vectores de velocidad, nos llevan a pensar en lo social y en lo histórico, en un mundo conformado por distintas hebras del tiempo que han ido creando un campo de resonancia mórfico (Sheldrake, 2006) en donde las realidades múltiples que configuran el complejo presente del mundo, se tocan y se destocan, y mientras ello sucede, nuestros conceptos, nuestras ideas y representaciones, parecen reducirse y perder brillo, pues su forma y su sentido no corre por los mismos senderos de las nuevas formas y movimientos que las realidades del mundo están gestando, como si hubieran entrado en un tiempo sin tiempo, conformando un aparente vacío, para buscar una nueva estructura y organización que devendrá, en algún momento en el futuro. Como expresan los taoístas, la forma es vacío y el vacío es forma.

 

La mirada puede moverse por distintos lugares y desde ahí encontrar los trazos de una temporalidad irreversible que se manifiesta y configura materializando líneas de sentido, de vínculo, de tensión y ampliación. Igualmente puede ir a lo más pequeño, al corpúsculo de luz que se torna haz, agujero negro que transforma la dimensión espacio temporal, o a las dimensiones grandes, mayúsculas, cósmicas, y observar los hilos que van transmigrando hasta el receptáculo social, grupal individual.

 

Viejas obsesiones del pensamiento social: la manera como el colectivo se une, organiza, se mueve en una sola ola de acción, dentro de marcos simbólicos comunes; la manera como el individuo se torna en agregado social y se liga con el mundo, en lo cotidiano, en el tiempo social. Los tiempos se disponen y se suceden, las realidades se vinculan y se repelen: pre modernidad, modernidad, posmodernidad; mundo, nación, región.

 

¿Y si el tiempo se vincula de otra manera, no sólo en aquellos derroteros donde se tocan el pasado, presente y futuro, sino donde el tiempo histórico se convierte en otra cosa? Y ante ello, ¿hay alguna otra manera de ver lo que sucede en la actualidad pensando hacia atrás, recordando el futuro? ¿Cómo a partir de la comunicación podemos pensar diferentes estratos del tiempo que colapsan no sólo en las culturas, en sus encuentros y desencuentros, sino en la invención de nuevas realidades? El pensamiento contemporáneo de lo social, lo cultural y lo comunicacional tienden a estar bajo la atmósfera de la modernidad y de la globalización, dos fuerzas centrípetas que lo constriñen y delimitan. ¿Cómo ir a su estratosfera y encontrar una fuerza centrífuga que los impulse a mirar desde otra escala?

 

Una tendencia, que también tiene una historia y su propia genealogía de pensadores, nos lleva a pensar en las marcas no visibles que el pasado va dejando y por las cuales se crean nuevas dimensiones emergentes: mirar al pasado y encontrar sus formas, sus realidades energéticas y oníricas que retornan continuamente en momentos de cismas y transformaciones mórficas para encontrar las nuevas pautas de desenvolvimiento, aunque sus vínculos no sean visibles a simple vista. Lo nuevo está sobre un territorio ocupado, una cosmología edificada, una habitación amueblada.

 

Abramos tres imágenes.

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