El poder de Harry Potter

La principal arma del Reino Unido en el mundo no son los misiles ni la libra, sino su influencia cultural. La cuestión es qué debe hacer el Estado para asegurar que perdure

TIMOTHY GARTON ASH 14/12/2008

Al regresar a Gran Bretaña después de tres meses en Estados Unidos y China, he estado pensando en cómo ven mi país los ciudadanos de las superpotencias actual y futura. ¿Qué ven, si es que ven algo, en Gran Bretaña? Lo que la mayoría de los estadounidenses y los chinos nota no es el poder económico, militar, ni político de Gran Bretaña. Apenas se dan cuenta de que existe. Y no puede importarles menos que el nombre del primer ministro británico empiece con B o con C (es decir, B de Gordon Brown y C de David Cameron, el líder de la oposición). Lo que les llama la atención y a menudo suscita su admiración es nuestra cultura. Las cosas de las que hablan espontáneamente son un libro, una película, un actor que les gusta, un grupo de rock, un equipo de fútbol, un bonito pueblo campestre que visitaron en unas vacaciones o, lo que más permanece de todo, la temporada que pasaron estudiando en un colegio o una universidad británicos.

Unos cuantos ejemplos escogidos casi al azar. Atravieso el campus de la Universidad de Pekín con una estudiante china que me indica una pista de tenis y me pregunta “cómo se llama eso en inglés”. Lo llamamos pista de tenis, le digo, pero, cuando se trata de fútbol, es un campo. “Sí, ya lo sé”, me contesta, “como el campo de quidditch”. El mundo de Harry Potter creado por J. K. Rowling, con su deporte inventado del quidditch, capturó su imaginación durante el año que pasó en la London School of Economics. Después hablo con una importante periodista de la televisión estatal china. Su hija, me dice, acaba de matricularse en la escuela Harrow de Pekín, una sucursal del viejo colegio de Winston Churchill. Después, cree que Oxford o Cambridge serían los mejores sitios en los que estudiar, para luego hacer un posgrado en Harvard. Un abogado chino me cuenta que algunos antiguos alumnos de Oxford en Pekín han creado un club en el que reunirse de manera informal. Lo llaman el Oxford Club.

En un café en California hablo de todo este fenómeno con un amigo británico que hoy es un dirigente de la industria mundial del diseño y reside en Estados Unidos. Un norteamericano sentado en la mesa de al lado se vuelve hacia nosotros, pide perdón por interrumpir y dice que una explicación del poder cultural británico es que los británicos utilizan la lengua inglesa de forma más elocuente que la mayoría de los estadounidenses. Ésta parece ser una opinión muy extendida en EE UU. Resulta llamativo con qué frecuencia la televisión y la radio norteamericanas recurren a voces británicas para sus anuncios: una voz tipo presentador de música clásica de la BBC para los grandes acontecimientos culturales, pero también Liz Hurley para un producto de moda (si la memoria no me falla), y una voz castiza londinense para anunciar la compañía de seguros Geico. Un crítico de cine de San Francisco dice que, a ojos -o, mejor dicho, a oídos- de los estadounidenses, tener acento inglés añade inmediatamente 10 puntos a tu coeficiente intelectual. Parece que incluso Richard Nixon lo creía. En una de sus cintas le oímos musitar: “Sería estupendo que los británicos tuvieran la fuerza suficiente para desempeñar un papel más importante en el mundo, con lo terriblemente inteligentes que son”.

En otros países, lo que exhibe su fuerza es otro punto de referencia cultural. En una visita que realicé a Myanmar hace unos años se me aproximó un joven monje budista en la pagoda dorada de Shwedagon, en Bangkok. “¡Aya Shiya!”, exclamó, mientras juntaba sus manos en forma de saludo. “¡Aya Shiya!”. ¿Qué antigua bendición budista era aquélla? ¿Qué profunda nota concentrada de sabiduría oriental? Hasta que reconocí el nombre de Alan Shearer, un famoso delantero del equipo de fútbol Newcastle United. En las calles más pobres, desde El Cairo hasta São Paulo, los niños reciben a cualquier visitante de Gran Bretaña con el grito de “¡Manchester United!”. A la hora de hablar del poder de atracción de Gran Bretaña en el mundo, el futbolista David Beckham vale más que 50 misiles Trident. Es nuestra force de frappe.Esto sugiere varios interrogantes. ¿Es posible que algunos de estos extranjeros estén sobrevalorando la cultura británica? En general, me gustaría pensar que no, aunque tengo que decir que algunos estadounidenses se pasan con lo de nuestra elocuencia y nuestra inteligencia. Barack Obama, por ejemplo, utiliza la lengua inglesa mejor que la mayoría de los políticos británicos que conozco.

 

Si no la sobrevaloran, ¿por qué tiene tanta fuerza la cultura británica? Mi amigo del sector del diseño tiene una tesis interesante: dice que Gran Bretaña, no se sabe cómo, ha dado con la mezcla exacta de intelectualismo y comercialismo. Francia tiende demasiado a lo intelectual, y Estados Unidos, demasiado a lo comercial. Está también el extraordinario factor que es Londres, la ciudad mundial, punto de encuentro de todo y todos. Y yo añadiría el extraordinario recurso que es la BBC. Además de la lengua inglesa, por supuesto. Y quizá también el hecho de que los británicos, hoy, tenemos que vivir de nuestro talento, porque no nos queda mucho más que vender (la producción industrial representa menos de la quinta parte del PIB de Gran Bretaña).

Luego viene la cuestión de lo que debemos hacer aquí, en Gran Bretaña, para mantener esta cultura vibrante. ¿Y cómo hacer que esta cultura ejerza el máximo magnetismo posible en el extranjero, suponiendo que pensamos que eso sería positivo? En este aspecto debemos ser precavidos con el papel del Estado. Un exceso de intervención oficial puede ahogar una cultura. La multimillonaria J. K. Rowling, desde luego, no necesita una subvención, ni tampoco David Beckham, aunque sí es fundamental contar con fondos públicos para poder cultivar futuros Rowlings (en los colegios) y Beckhams (en los terrenos de juego). A diferencia de lo que ocurre con la defensa, en la que el Estado debe tener el monopolio, cuando se trata de desplegar el poder cultural de un país, el Estado sólo debe facilitar. No es sano que una sociedad tenga ejércitos privados, pero es muy sano que tenga galerías, editoriales, productoras de cine y universidades privadas.

No obstante, en mi opinión, existen ciertas áreas en las que -si este análisis del magnetismo relativo de las cuatro dimensiones del poder británico es acertado- estaría bien contar con más financiación pública. La primera, en mi lista personal, sería la de las becas para estudiantes extranjeros. Claro, cómo no iba a decir algo así, al fin y al cabo estoy en una universidad. Pero creo que podría presentar poderosos argumentos, incluso para los más intransigentes funcionarios de la temible oficina nacional de cuentas británica, que explicasen que los efectos que tienen para toda la vida unos cuantos años de formación en una universidad británica equivalen a una inversión con unos rendimientos incomparables. Desde luego, ésa es la experiencia que hemos tenido los británicos con los estadounidenses que se benefician de las becas Rhodes y Marshall. Deberíamos hacer lo mismo con muchos más jóvenes de otros lugares, entre ellos China, India y Oriente Próximo.

La BBC, por supuesto, hay que mantenerla lo más alejada posible del Gobierno. Pero ahora que vuelvo de tres meses de ver informativos por satélite y por cable en lugares remotos, estoy más convencido que nunca de que, con algo más de dinero, el canal de noticias internacional de la BBC podría superar a la CNN y todos los demás y convertirse en la fuente internacional de informaciones televisivas más respetada del mundo.

En comparación con los presupuestos de Defensa, desarrollo extranjero y Exteriores, el del British Council, el organismo dedicado a promover la cultura británica en otros países, sólo puede calificarse de insignificante. Cualquier idea de que el inglés se puede extender por sí solo, por los mecanismos de las leyes de la oferta y la demanda del libre mercado, es una idea arriesgada, y es preciso reexaminarla, junto con otras suposiciones sobre el impecable funcionamiento del libre mercado.

En el clima económico actual, seguramente no es realista esperar que aumente el gasto en estas áreas, aunque creo que debería. Pero, por lo menos, no debería recortarse en favor de otros ámbitos que cuentan con grupos de presión mejor organizados dentro del Gobierno. La cultura es la cuarta dimensión del poder británico. A largo plazo quizá sea la más importante de todas.

http://www.elpais.com/articulo/panorama/poder/Harry/Potter/elpepusocdgm/20081214elpdmgpan_1/Tes

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