Walter Benjamin:

Luis E. Gómez

Los pasajes cubiertos de París con iluminación cenital fueron una experiencia innovadora en su tiempo. Fueron construidos del lado derecho del Sena. Se trata de locales de comercio establecidos sobre largos pasillos, con sus lozas de diferentes canteras, tragaluces y vitrales. Existen tres trayectos con nueve tramos que suman casi tres mil metros de largo. Son espléndidos los de la Rue Vivienne y el Panoramas, con sus arcadas, cornisas, remates y esculturas.

En los ochenta estaban descuidados, sucios; se notaba su decadencia. Tenían actividades comerciales disminuidas, incluyendo un hotel, en cuyo entorno vagaba un grupo de prostitutas finas. Tienen como vecino ilustre al Museo de Cera Grévin. Los primeros pasajes fueron construidos en el último cuarto del siglo XVIII y su auge llegó en el segundo cuarto del siglo XIX.

Los textos de Benjamin “La mercancía como objeto poético” y sus notas y fragmentos titulados Zentral Park (vaga referencia al Parque Central de Nueva York), muestran su interés por la ciudad del siglo XIX como el escenario de la vida galante y del vagabundeo de personajes adinerados o no, en busca de aventuras en el anonimato y la bonhomía. Práctica calificada por Baudelaire como spleen: una ardua elaboración en contra del pesimismo. Baudelaire es un personaje principal de la obra de Benjamin.

Benjamin dice que la función de los pasajes, además del hacer compras en climas adversos (lluvia, canícula o nieve) era crear espacios de flirteo para los jóvenes adultos y exhibirse en las modas de la época; aparece aquí el dandy como seductor y cultivador de su imagen, de su vestimenta y de su discurso. Los comerciantes de las galerías mostraban sus vitrinas con objetos valiosos para suscitar admiración. Sus cafés, iluminados con candeleros, atraían a artistas de la Comedia Francesa y de la Ópera, ambas ubicadas a unas cuadras.

En el alba del nuevo milenio, los pasajes fueron redescubiertos, reorganizados, remozados y revalorados, aspirando a ser patrimonio cultural de la humanidad, pero también han sido banalizados: hjan sido subidos a internet y están patrocinados por empresas, el gobierno de la ciudad y el Ministerio de Turismo. Existen visitas guiadas donde se recrea su antiguo esplendor y donde, si se tiene suerte, alguno de los guías, en especial los estudiantes de arte y literatura, los relacionará con Walter Benjamin.

Los pasajes, sus pasillos, sus escaparates, sus bistros, cafés y restaurantes, cervecerías, librerías de viejo, joyerías de verdad y de bisutería, casas filatélicas y de postales, sus museos y hoteles, viven el impacto de su transformación en centros comerciales; las marcas globalizadas están a la caza de locales, dándoles un nuevo caché, un lujo ajeno a sus orígenes apegados al carácter de una época que sobrevive, pero cuya permanencia es una pátina por debajo del aburguesamiento de un París caro, con gentes que viven su propio teatro: ser parisino en el siglo xxi en un escenario que se obstina por permanecer en el siglo XIX.

Benjamin miró los pasajes con ojos visionarios: espléndidas anticipaciones de los centros comerciales que aparecieron como hongos en nuestros ochenta. Le sorprenderían, ya sea por su ausencia de carácter o por la indiferenciación que proviene de que sus negocios son parte del consumo globalizado, y también porque sus tiendas se ofrecen a un público incapaz de ir otro lugar que no sea el de la protección contra la realidad, de ciudades llenas de tráfico, de confusión y de clases inconvenientes. Tienen la característica de la fluidez de esas multitudes caóticas que se mueven en trayectorias preconcebidas; si bien cada individuo es un solitario o se siente un extraño, apenas está integrado a su grupo de acompañantes.

Los malls también atraen el vagabundeo y la búsqueda de aventuras de colofón impredecible, pero mientras que los pasajes llamaban a los jóvenes adultos, los centros son la miel envenenada de los adolescentes, ávidos consumidores de gadgets electrónicos y de películas que los retraten en una versión caricaturizada y agringada, mochila al hombro, de los “dramas” del collage, o de los héroes superdotados salidos de los ya viejos cómics de los cincuenta.

Los pasajes, de los cuales tuvimos una pálida sombra en el centro de nuestra ciudad, donde se encontraba el Café de París, o en la calle de Gante que atraviesa hasta la de Bolívar, son nuestra versión nostálgica de un período entre los siglos XIX y XX, que quiso ser afrancesado, liberal y positivista al mismo tiempo.

A diferencia de Benjamin, que miraba la modernidad desde lo mejor de la tradición, como anticipación melancólica de un futuro anterior, Baudelaire es el cínico partidario de una modernidad sin corazón, no es ni humanista ni idealista, ni romántico ni lírico, dibujando la actitud homérica del ser moderno hasta la ignominia. Baudelaire tendría en nuestra globalización postmoderna mucho material para su poética, y Benjamin alucinaría nuestra ciudad, en su sinestesia y en sus equilibrios precarios.

En Benjamin, la vanguardia estética se vuelve rutina y pierde su heroicidad de transgresión, para ser mercancía valorizada por la velocidad de su exposición en la reproducción mecánica que, nos advirtió, es una banalización “popular” del arte. Este vaciamiento existencial se vive en el centro comercial, donde se toman grandes cantidades de fotos digitalizadas que jamás alcanzarán su reproducción en papel.

Los pasajes, ejemplo armónico de la ciudad emergente del siglo XIX, son hoy espacios de socialidad readaptados a la novedad de su novedad, objeto de admiración banalizados para sobrevivir, siendo lo que eran para transformarse en un ejemplar y paradójico museo de una modernidad pasada, de un futuro anterior que nos muestra cómo toda época es una biografía; se nace, se crece, se sobrevive y se muere para quedar como un espectro obstinado en ser nostalgia, melancolía o, por qué no, sólo una añoranza de ese dulce cadáver de la modernidad temprana.

http://www.jornada.unam.mx/2008/10/26/sem-luis.html

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