Kioto, el arte de la seducción del Japón imperial

La ciudad de Kioto, ubicada en el suroeste de la isla de Honshu, la principal del archipiélago japonés, se antoja imperial y capitalina. Fundada en el año 794 como Heian-kyo –capital de la paz y la tranquilidad) ocupó la sede del Imperio nipón del siglo VIII al XIX, lo que explica su desbordante riqueza cultural y belleza. Su emplazamiento también es privilegiado y fue elegido con cuidado, según las estrictas normas del feng sui. Se encuentra en una llanura inclinada al sur, parapetado entre montañas que le protegen de los malos espíritus y atravesado de norte a sur por el río Kamo. Nada es casual en Japón.

El escritor británico Rudyard Kipling, en su Viaje al Japón, sostenía que el país del sol naciente debía ser preservado, aislado y desarmado, para dedicarse tan sólo a producir belleza. Era la época de máxima transformación de Japón, en la que se debatía entre su pasado imperial y la occidentalización. Más de un siglo después, el viajero a menudo recibe la misma impresión. Kioto concilia la modernidad y la apuesta por el futuro con el afán de perfección de una civilización milenaria. Además, el sincretismo espiritual sigue presente y es tangible. La filosofía de Confucio y las religiones budista y sintoísta impregnan por igual cada rincón de la antigua capital nipona.

La ciudad, de un millón y medio de habitantes, alberga más de dos mil templos y pagodas, una variedad indecible de armoniosos jardines y una sólida tradición de geishas, y representa fielmente a la compleja sociedad japonesa. Con tal entorno casi hace falta aplicar el bushido, el estricto código ético del samurái, para exprimir a fondo la excepcional ciudad de Kioto. EL VIAJERO intenta ordenar este apacible caos con diez propuestas:

1. El Pabellón de Oro o Kinkaku-ji es uno de los 17 monumentos Patrimonio de la Humanidad que se visitan a lo largo de una ruta por el centro de Kioto. Data del siglo XIV y tras el incendio de 1950 se reconstruyó minuciosamente cubriéndolo de nuevo con pan de oro. El brillo de sus láminas doradas, que recubren la construcción, se refleja en un lago artificial. Una maravilla que el tiempo y su magnificencia han convertido en el máximo símbolo de Kioto.

Sanjusangen-do es otro prodigio arquitectónico japonés y oriental. Denominado el Templo de los 33 espacios, cuenta con mil y una estatuas labradas en madera, que están situadas en gradas. Las esculturas fueron talladas por los mejores artesanos del imperio a lo largo de siglos y representan a Kannon, la deidad budista de la compasión. Además, aunque las diferencias sean nimias, no hay dos iguales.

Kioto tiene una larga tradición de arte floral, la antigua capital nipona cuenta con infinidad de espacios verdes para el reposo y el esparcimiento o simplemente para contemplar templos. El jardín zen de Ryoan-ji no es precisamente verde pero es uno de los mejores representantes de la austeridad del jardín budista, destinado a la meditación de los monjes. El paisaje, que se presenta con un extenso espacio de grava blanca trufado con 15 piedras, es generalmente considerado la máxima expresión del budismo zen.

Construido a finales del siglo XV, el creador de este paradigma del arte japonés no dejó ninguna explicación sobre su significado, por lo que durante siglos se ha elucubrado con múltiples teorías para descubrir el misterio de su belleza. ¿La búsqueda del subconsciente? ¿El vacío? ¿Un tigre cruzando un río?

Un consejo para visitar Kioto: el mejor momento para hacerlo es en primavera y otoño cuando los cerezos en flor y los arces de hoja roja embellecen de un modo natural la ciudad imperial.

2. Castillo Nijo-jo. Es una residencia palaciega que fue concebida por el shogún o gobernador militar Tokugawa para vigilar al emperador. Su principal atractivo se halla en sus suelos de ruiseñor, que al pisarlos producen un sonido idéntico al canto del ruiseñor. Eran utilizados para vigilar la presencia de intrusos. Las puertas correderas del castillo están decoradas con pinturas del siglo XVI, principalmente cerezos y escenas de caza pintadas sobre fondos dorados.

3. Miles de toriis, arcos sagrados, donados por los creyentes, delimitan el sendero de la colina que conduce hasta el santuario de Fushimi-Inari, dedicado al espiritu de Inari, protector de las cosechas. La perfecta consecución de estas puertas espirituales, donadas por particulares, imprime una atmósfera ancestral al recinto. En la base se hallan el santuario Go Honden y la puerta de Sakura-mon.

Tras recorrer el camino de toriis hay varios puestos de comida donde ofrecen kitsune udon, una sopa de tallarines con tofu que toma su nombre de los zorros (kitsune), que son los mensajeros de Inari. Las estatuas de zorros a menudo se encuentran representadas con una llave (para el granero que conserva el arroz) en sus bocas.

4. Museo Internacional del Manga. El cómic japonés, como casi todo en la sociedad nipona, es sagrado. Tras varios años de gestación, en noviembre de 2006 abrió las puertas este templo para los fanáticos del manga, conocidos como otakus.

El museo posee una colección de más de 200.000 artículos, compuesta tanto por valiosos materiales históricos como obras contemporáneas populares en Japón, además de las obras maestras de otros países.

5. Las geishas no son un mito. Kioto es testigo de su existencia. Aunque últimamente este oficio está en decadencia por la crisis económica y los largos y duros años de aprendizaje que suponen el dominio de sus artes, en Kioto, y concretamente en el barrio de Gion, son omnipresentes. El callejón de Ponto-cho es la mejor medicina contra el empacho de templos. Esta zona es la que mejor refleja ese ambiente de calles estrechas y bares marcados por lámparas de papel del Kioto antiguo. Es un rincón para el deleite de los viajeros que gusten de placeres mundanos.

El negocio de la seducción y el entretenimiento atrae a numerosos ejecutivos japoneses y a no menos curiosos extranjeros. En Japón las mujeres que desempeñan este oficio gozan de gran respeto y admiración. Películas como Memorias de una geisha, han levantado bastante polémica en el país nipón por su superficialidad y la revelación de secretos de la profesión.

Los japoneses son bastante celosos de sus tradiciones. En el caso de buscar compañía femenina en Gion, el extranjero puede entrar en una casa de té, frecuentadas generalmente por geishas, pero ha de respetar al máximo las costumbres, no tener prisa y abonar sin dilación los honorarios de éstas aunque ciertamente parezcan excesivos.

En agradecimiento, las geikos (geishas) o maikos (aprendices) le entretendrán con melodías interpretadas con un shamisen (guitarra típica), harán juegos, le dedicarán canciones del karaoke, bailarán o simplemente le sonreirán plácidamente, intentando hacer más agradable su estancia. Incluso, puede ser testigo de la sensual y larga ceremonia del té, la placentera espera del ritual merece la pena.

El denominado distrito de las geishas es también interesante por sus restaurantes y templos. Destaca la pagoda Yasaka, de cinco plantas, y el templo Ryozen, con una estatua gigante de un Buda sentado en la entrada.

6. Entre bambalinas en Japón también se esconde arte y perfección. Sólo hay que acudir a la cuna del kabuki o teatro japonés para convencerse de ello. Este lugar es el célebre teatro Minami-za, situado en el popular barrio de Gion. Fundado en 1610, tiene el orgullo de ser el más antiguo de Kioto en realizar representaciones teatrales. El evento más importante que acoge en todo el año es el festival Kaomise, en diciembre, cuando se reúnen los mejores actores de kabuki de Japón.

El kabuki fue ideado durante el siglo XVI como un arte contemplado tanto por las clases altas como por las clases menos pudientes de una sociedad que, como la japonesa, estaba claramente dividida.

7. El Palacio Imperial de Kyoto o Ky?to Gosho fue la residencia de la familia del emperador de Japón desde 794 hasta 1868, cuando la corte fue trasladada a Tokio –capital del este en japonés-, en la Restauración Meiji. El recinto, que cuenta infinidad de edificios ceremoniales y administrativos, fue destruido varias veces por incendios. La construcción actual es de 1855.

El espacio más significativo de los que comprende el colosal complejo de la corte imperial de Kioto es el Palacio Interno o Dairi (zona residencial). En su interior, destaca la sala de mayor tamaño del Dairi, la Sala del Trono o Shishinden, un lugar reservado para funciones oficiales. Se halla situado en frente de la antigua entrada principal, la puerta Sh?meimon.

Se requiere reserva previa, que se consigue en el mismo día, para su visita. El palacio está rodeado de un inmenso parque, libre para pasear y comer al aire libre.

8. Excursión a una de las capitales japonesas del sumo, el deporte nacional nipón. Nagoya está a 200 kilómetros de la ciudad, un paseo si se viaja en el shinkansen o tren bala. En esta ciudad se celebra en julio un célebre torneo de esta actividad ancestral.

El sumo constituye uno de los deportes más antiguos del mundo y sus raíces hay que buscarlas en los ritos de la fertilidad practicados por los seguidores de la religión sintoísta japonesa. Su fin es preservar los valores de la cortesía, la armonía y la potencia guerrera. Es por ello que en el sumo la ceremonia inicial tiene más importancia que la lucha en sí. Aún así, lo de darse palmadas en el trasero al comienzo es sólo una costumbre, no tiene mayor significado.

9. Visitar Kioto es adentrarse en la cuna de la cocina palaciega kaiseki, la máxima sofisticación de la gastronomía japonesa, en la que el ambiente, la elaboración y la puesta en escena tienen un único fin: el logro de la perfección. Las cenas kaiseki se entienden como un ritual en el que una serie de platos de presentación exquisita desfilan ante el comensal, que quedará extasiado por el bello espectáculo. La comida viene acompañada siempre con arroz y bebidas como cerveza y sake.

Un sitio magnífico para vivir la experiencia sentado en un tatami y rodeado de paredes correderas de papel y bellos jardines es el restaurante Kyoyamato, donde se puede degustar gran variedad de pescado crudo y otras delicias gastronómicas. Amenizando la velada, geishas danzando y música tradicional. Se exige etiqueta y hacer un curso acelerado de las costumbres niponas antes de entrar.

10. La vida nocturna de Kioto es muy singular. Al paisanaje nipón le gusta aprovechar su tiempo libre pero olvídese de encontrar a la muchachada en locales de ocio al estilo occidental. Japón tiene su propia manera de divertirse.

La primera parada es en un manga kissa o bibliotecas de cómics muy populares en Japón abiertas 24 horas al día. En ellas, los jóvenes pasan la jornada enganchados al manga y juegos de ordenador, conectados a Internet o simplemente tomando un té con sus amigos. El fervor juvenil hacia los videojuegos suele continuar en los numerosos salones de juegos recreativos y de esa especie de religión urbana llamada pachinko, un sistema de juego de casino que mezcla las tragaperras con el pinball, y que causa furor en la sociedad japonesa.

Si le asalta un conato de ludopatía, es momento de desconectar y visitar un karaoke. No tendrá que buscar mucho porque están por todas partes. Los grupos de jóvenes acuden en masa los fines de semana para ocupar salas privadas y desgañitarse con sus canciones preferidas. No es extraño que elijan este sitio para celebrar algún evento especial y que las mujeres vayan ataviadas con coloridos quimonos de flores y los zori, zuecos altos que le obligan a dar pasos cortos.

Aún así, si lo que desea es únicamente tomarse una copa, existe una oferta de locales más modernos dónde reposar tranquilamente como el bar Zinho o el club Barajuji-Kan. En este periplo nocturno, es probable que se cruce con las diversas tribus urbanas que pueblan Kioto. Los más llamativos son los otakus, que se visten como sus ídolos de cómic. También son muy numerosos los emo, seguidores de la música emocional hardcore, que visten generalmente de oscuro y con tintes góticos.

Pero la idiosincrasia juvenil nipona guarda desgraciadamente fenómenos de exclusión social. Es el caso de los hikikomori, jóvenes que se encierran en su casa con el único acompañamiento de su ordenador, o el enjo kosai, según el cual jovencitas menores de edad, el mito erótico japonés, se citan con adultos para mantener relaciones sexuales.

http://elviajero.elpais.com/articulo/viajes/Kioto/arte/seduccion/Japon/imperial/elpviavia/20081111elpviavje_1/Tes

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