Las escuelas limitan el nuevo look de las tribus urbanas

Se abren las puertas de una escuela céntrica. Horario de salida. Un flaco desnuda la colita que había escondido bajo el cuello de la camisa. Unas chicas se apuran a quitarse el guardapolvo, así los chupines y remeras negras concuerdan con el delineado que oscurece sus ojos. Con una rápida maniobra, un rubio despliega un prominente jopo sobre su rostro.

Otros, mientras tanto, salen directamente de clases sin la mínima intención de ocultar sus melenas batidas, los piercings, los aros, las rastas y hasta la ?chivita’ que dicen no poder abandonar porque “forma parte de lo que somos”.

Otrora hubo sanciones por la camisa desprendida o el largo del delantal. Después vino la onda del pelo largo en los varones o los rostros pintados y aritos en las féminas. Históricamente la escuela debió batallar contra el ?touch’ juvenil que los alumnos querían imprimir al reglado uniforme colegial.

Hoy la estética de las llamadas tribus adolescentes abren nuevos interrogantes hacia el interior de los colegios. Deben ingeniárselas y negociar para que el ?look’ flogger, cumbiero, emo o dark no tenga asistencia perfecta en las aulas mendocinas.

“A principio de año es más fácil controlarlo. Pero con la primavera, crece la tendencia a no respetar la vestimenta: se olvidan de sacarse el piercing, vienen con pantalones anchos negros o con esos bien ajustaditos”, advierte Alberto Spinello, director de la Scalabrini Ortiz.

Establecer los límites de antemano es la clave para el docente, porque -agrega- “empiezan con esas transgresiones y después desembocan en situaciones de violencia”.

Claro que definir las reglas no es nada fácil, sobre todo tratándose de grupos adolescentes en los cuales -como apuntan los especialistas- la estética constituye uno de los pilares fundamentales de la identidad.

El respeto por el uniforme es uno de los tópicos que está analizando la Asociación Profesional de Directores de Enseñanza Media (Aprodem), en el marco de un proyecto que presentará en la Dirección General de Escuelas con pautas para mejorar la convivencia escolar.

El no cumplir con las disposiciones de vestimenta es considerada una falta de disciplina. Según la resolución N° 604 de la DGE, desde 2002 cada escuela debe elaborar su propio Régimen de Convivencia y Disciplina. La tarea tiene que hacerse periódicamente y con participación de todos los sectores (padres, docentes, alumnos, etc). Es en el seno de estos consejos donde hoy debaten hasta dónde aceptan estas “alteraciones” del atuendo escolar y qué sanciones aplican.

El dilema surge al revisar y, más aún, al redactar las normas de convivencia. ¿Hasta cuántos piercings por rostro? ¿Mechas verdes, rojas o azules? ¿Qué largo de jopo? ¿Qué estilo, talle o color de pantalones? Para el asesor pedagógico, Alejandro Castro Santander, estos planteos pueden derivar en embrollos tan interminables como inconducentes.

“Algunas directoras me consultan preocupadas sobre cómo escribir la norma para no dejar zonas grises, que sean aprovechadas por los alumnos. Un reglamento que detalle todo lo prohibido será un desafío para el adolescente que buscará el punto a transgredir”, dice el especialista, “por eso la ley debe precisar el espíritu que persigue”.

“No llevar adornos que hagan ostentación”, reza el acuerdo de convivencia del colegio Compañía de María, el que deben firmar padres y alumnos a principio de año y del que todos guardan una copia. El director de Nivel Medio, Walter Arias, lo traduce a la práctica: “Si llevan piercings, que sea en lugares no visibles. Antes el pelo tenía que llegar hasta el cuello de la camisa, ahora puede ser más largo pero debe estar atado y limpio”, apunta.

Algo similar ocurre en la Escuela Italiana, donde -por ejemplo- aceptan los nuevos peinados, siempre “que no tapen los ojos”. “Buscamos que cuando salgan de la escuela tengan un comportamiento socialmente aceptable”, argumenta el regente Fernando Miranda.

Una pulseada diaria

Michael (15) va a una escuela de la Quinta Sección con metales en su cara, con una ?chivita’ prominente y el peinado de moda hacia adelante. “El profe se cansó de retarme, ya no me dice nada. En mi cole no nos hacen bardo por ir así”, sostiene.

“Es una lucha de todos los días”… “¡Uy! tengo el cajón de mi escritorio llenos de aritos” son las primeras respuestas de los directivos. Por ejemplo, en el Norbridge, cuando un estudiante no respeta estas normas, primero se le hace un llamado de atención verbal, después se convoca a los padres y, de persistir en la falta, no se lo deja entrar.

“Tratamos de hablar mucho con los chicos. Algunos nos dicen que no pueden volver al barrio si no llevan ese look. Llamamos a los padres cuando los apercibimientos no dan resultado, pero a veces no saben qué se hace su hijo en la cabeza o cómo salió vestido de casa”, comenta Amalia Vergara, directora del Normal Tomás Godoy Cruz.

En el sector público, en general, éstas son consideradas faltas leves, es decir que conllevan de una a cuatro amonestaciones. “Los alumnos saben cuáles son las pautas de exigencia en su escuela y son pocos los casos que han terminado en situaciones violentadas”, consignó María Eugenia Carbonari, titular de la Doapc (Dirección de Orientación y Apoyo Psociocomunitario).

http://www.losandes.com.ar/notas/2008/10/26/sociedad-388958.asp

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