Notas para una posible historia cultural de los jóvenes en la ciudad de león. 2

Del instante.

Hombres y mujeres que fueron adolescentes a finales de la década de los cincuenta veían que había dos tipos de jóvenes: los que seguían el patrón de vida heredado de sus padres, y los que se atrevían a romperlos. Esta visión es la puesta en día de dos modelos con los cuales se ha visto a los jóvenes desde tiempo atrás y que han sido sus imágenes culturales sobre la juventud, que se irán sucediendo hasta hoy en día.

Los relatos de la prensa leonesa nos dan algunos elementos, que se complementan con otros provenientes de su historiografía, de la manera como son vistos los jóvenes en los albores del siglo XX. Tres son las principales miradas de los jóvenes en esos momentos: la de hijo, la de estudiante y la del marginado, y las tres son propias de un contexto histórico, social y cultural, sumido no sólo en transiciones sino en luchas de bando políticos, entre conservadores y liberales, que igualmente son vistos tanto de la necesidad de u orden social, como parte de una lucha moral que ponían en riesgo dos rasgos de la identidad histórica de la ciudad: su religiosidad y su tendencia a la hispanidad.

Los discursos sobre los hijos no van dirigidos a los niños o a los jóvenes, sino a las madres, quienes son el sostén de la moral y deben estar alertas para que sus hijos no se dejen llevar por otras ideologías, y las hijas no asuman actitudes que pongan en riesgo de su futuro rol, es decir, ser madres de una familia. Además de la prensa local, como el periódico El Pueblo Católico, también es posible encontrar libros para que hombres y mujeres jóvenes se conozcan como adolescentes y se preparen para cumplir su rol en la vida, libros de educación sentimental, didácticos, y que hasta la década de los sesenta que la mujer joven debía leer para ser una buena novia, una buena esposa y una buena madre. Esos relatos contrastaban con los relatos de novelas, periódicos y revistas femeninas que les fueron enseñando que más allá de cuidar la salud, el decoro, también podían ser bellas y mediante moda, cosméticos, podían enamorar y seducir a su hombre.

Los estudiantes fue otra área de los discursos, pues sus objetivos eran tanto prevenir a los jóvenes para defender su moral religiosa como rechazar a los que habían crecido con la mentalidad, organizar a los jóvenes católicos como un recurso para contrarrestar las ideologías y movimientos anti católicos que pudieran poner en peligro el orden social, la moral y la religión, como ocurrió en momentos de la guerra cristera, del sinarquismo donde se fundaron grupos juveniles católicos para defender el voto y promover una vida sana y  recta según sus propios entendidos, fomentar organizaciones y espacios deportivos, que también andado el tiempo sería la principal política municipal para impulsar a una juventud: la creación de la ciudad deportiva, de canchas públicas, incorporar su práctica en la educación formal.

Finalmente los jóvenes fueron vistos como los causantes del desorden moral y social: los vándalos, los pelados, los escandalosos, que tanto por razones de miseria, exclusión, o por atracción a manifestaciones “populares”, eran quienes impedían o ponían en riesgo el progreso, el orden. Los jóvenes asiduos a las cantinas, los prostíbulos, las carpas, los bailes populares, así como los vagabundos, los limosneros, los ladrones. Incluso, se puede recuperar visiones de los siglos anteriores sobre grupos que realizaban esto en distintos momentos de la Colonia: los mulatos, los criollos, los indios. Con estas miradas se puede ver la identificación de ciertos actores, con determinados espacios y prácticas específicas, que a lo largo del tiempo se identificarán como peligrosos, indeseables, que nos hacen ver el rechazo a las manifestaciones y grupos populares.

Es por ello que es posible ver a finales del siglo XIX espacios que eran relacionados con la desintegración de la moralidad: la presencia de espectáculos en el la Plaza de Gallos, de Toros, el Teatro Doblado cuando se fue popularizando hasta ser un cine del pueblo y al que se relacionaba con otros espectáculos como los circos, zarzuelas, operetas, las ferias. La cultura masiva que iba llegando tendría igualmente ese sentido para los leoneses de principios del siglo XX, que atraía principalmente a la gente joven, como el caso del fox trot[1], que para la mentalidad tradicional “musicalmente, es un absurdo, desde el punto de vista coreográfico, un salvajismo, y moralmente considerado es el disolvente más enérgico de la compostura y decencia femeninas.

 

La década de los treinta del siglo XX fue otro momento donde se puede observar algunas modificaciones a la mirada sobre los jóvenes leoneses, década cuando se consolidó la industria del calzado como la principal actividad económica de la ciudad y que fortaleció y fomento su crecimiento industrial, que propició la aspiración de un nuevo impulso modernizador de su industria que pretende extenderlo a la ciudad misma.

 

En paralelo, en esos momentos la ciudad vivió una serie de hechos locales que ponían en tensión el orden social y moral: se vio azotado por una serie de robos, extorsiones y usura; hubo una epidemia de enfermedades venéreas para lo cual se pedía acciones firmes contra la “prostitución clandestina”; campaña en contra de la mendicidad, los vagos que no trabajan, contra de los perros callejeros y el alcoholismo, una serie de centros y espacios de diversión que son vistos como centros de vicio e inmoralidad, para los cuales se volvía a pedir, una y otra vez, mano dura.

 

Fue cuando aparecieron otros jóvenes: los obreros de calzado, los “snobs”. De lo primero se puede rastrear a través de la manera como la vida del obrero se convierte en una trayectoria histórica laboral, que debe iniciar desde la niñez, la adolescencia, para ser un obrero calificado, y que en varios casos, eran parte las causas de la baja cultura, educación y disolución de la cultura y de la moral, quienes acuden a los centros de perdición, principalmente los prostíbulos y las cantinas. Lo que se sabe de los obreros de calzado es más reciente, sin embargo se puede apreciar que dentro de las diversas transformaciones de la industria, el proceso biográfico que ha de realizar cada obrero del calzado, es más lejano en el tiempo[2]. En las distintas fuentes documentales hay ecos sobre los obreros jóvenes, pero no una mirada en ellos en particular.

 

De los segundos, estamos hablando de un pequeño grupo de jóvenes de familias acomodadas que optan por lo moderno. Algunas notas periodísticas de la época hablan de que “llega a León la ridícula moda de andar sin sombrero en las calles”, debido a que unos jóvenes no lo usaban, “un grupo de jóvenes cursis llamados modernistas” y que se habían unido “para una campaña pro abolición del sombrero de la palma y el rebozo[3]”, mientras que algunas mujeres “los secundan a la Garbo”[4]. Jóvenes que habían tomado las banderas del mundo cosmopolita, de la gran ciudad, que fueron atacados por la prensa, no tanto por su campaña en contra de la abolición de los sombreros de palma y del rebozo, sino porque representaban una ruptura con las costumbres. Esto mismo se podía ver al mismo tiempo cuando se hablaba de que las mujeres comenzaban a usar faldas cortas[5], las cuales tenían tintes modernos, y para lo cual se hizo una campaña en su contra, y el mismo Obispo de León hubo de escribir una carta pastoral en que se recomendaba el uso de la falda larga para “guardar el recato innato de la mujer mexicana”[6].

 

El periodo clave, que reproduce una serie de fenómenos paralelos a la de la década de los treintas, sus antecedentes, fue la década de los cincuenta, otro momento donde el ideal del progreso inspiraba y se sentía en el ambiente: la ciudad crecía, se renovaba en su industria, en su lógica y sistemas de administración y operación, preparaba a personas que estuvieran al servicio de las nuevas necesidades, por lo cual se abrieron los primeros centros educativos para realizarlo, se abrían nuevas avenidas, como la del eje vial, que vino a orientar el crecimiento de la ciudad, aparecían nuevas y modernas zonas residenciales, la llegada de la supercarretera que venía desde la ciudad de México hasta León. Lo peculiar es que en estos momentos, y a diferencia de los anteriores, el modelo para el desarrollo era Estados Unidos, con lo cual se comenzaba a ver los efectos de las generaciones de quienes eran jóvenes en los treintas: una sociedad que simpatizaba con el modelo y estilo de vida norteamericano, lo cual le daba otro tono a ser moderno.

 

Como en muchas partes del mundo, hasta finales de la década de los cincuenta los jóvenes comenzaron a tener una nueva visibilidad: los rebeldes sin causa, los existencialistas. Representaciones que venían del cine y circulaba por la prensa local, son tomados como causantes del desorden, la delincuencia y la dilatación de la moralidad. En la prensa local de finales de los cincuenta se da cuenta de cómo ésta movilizaba o era movilizada, para atacar frontalmente el caso de los jóvenes rebeldes: se pedía mano dura contra ellos por parte de la policía[7], de los padres de familia[8], se hacían continuas reflexiones sobre quiénes eran los causantes de que hubiera rebeldes sin causa en León[9], los jóvenes sinarquistas reaccionaron y expresaron que era hora de darle a esos jóvenes “una causa”[10], y que eran los momentos para que adquieran la responsabilidad que les “corresponde en el futuro de México”[11].

El cine fue relacionado íntimamente con las formas de manifestarse de los rebeldes sin causa[12], y ante ese peligro se desata una campaña para el cierre de salas de cine[13] o de regular su funcionamiento. Y lo que más señalaba la prensa sobre los jóvenes era su actitud de vagancia, su aspecto, su desenfreno que vivían a través de automóviles y motocicletas, la bebida, los lugares que frecuentaban y los riesgos que ellos representaban, más cuando fueron culpados de la muerte de una joven que frecuentaba con ellos, y eso fue el elemento decisivo para un ataque frontal en contra de ellos[14].

Menos de diez años después de la aparición de los rebeldes sin causa, las cosas habían cambiado sensiblemente en la ciudad, y lo mismo sucedió con los jóvenes, pues el movimiento hippie fue un modelo que abrió otros causes de manifestación de las culturas juveniles. Sin embargo, entre el mundo de los rebeldes sin causa y el de los hippies leoneses, había un mundo simbólico de diferencia que se reflejaría en sus formas de vida. Mientras que durante la década de los cincuenta hubo un mundo cultural que tenía como referentes para los jóvenes de ese momento fenómenos como el jazz, los inicios del rock (Bill Halley, Elvis Presley), símbolos sexuales (Marlyn Monroe, Briggite Bardot), la generación beat, películas como Lolita, Sissi, Ben Hur, Los diez mandamientos, Rebelde sin causa; para los jóvenes de los sesenta fueron otros con diferencias significativas, como el rock (Bob Dylan, Beatles, Rolling Stones, Doors, Led Zepellin), la presencia de la televisión, la psicodelia y la música psicodélica (el disco El Sargento Pimienta de los Beatles como inicio), eventos como Woodstock y Avándaro, libros como Las enseñanzas de Don Juan, películas como 2001 odisea del espacio, Naranja Mecánica, Easy Rider, El graduado, Vaquero de media noche, símbolos como James Bond, Twiggy, Jane Fonda, por sólo dar un brevísimo ejemplo.

No sólo un mundo simbólico era diferente, sino que estaba en diferentes lugares y por diferentes vías: moda, cosméticos, zapatos, automóviles, música, programas de televisión, artículos de consumo, películas, innovaciones tecnológicas, que llegaban y formaban parte del ambiente de muchos. Además, seguía creciendo, transformándose, diversificándose y alterando experiencias y maneras de ser. También, a diferencia de las anteriores formas de tener una manera de identificarse siendo joven, reducido a un grupo de personas de algunos grupos sociales reducidos e identificables, en el mundo de los hippies, el espectro se amplió sensiblemente, pues comenzó a ser una parte natural para algunos de llegar a la adolescencia.

Los jóvenes en los sesenta comenzaron a vivir un contexto que no tuvieron sus hermanos los rebeldes sin causa: la revolución de la píldora, del amor libre, de la conciencia con la droga y la música psicodélica, la expansión de ofertas místicas, artísticas, culturales, de espacios de consumo, de la industria de la cultura, donde había una inclinación hacia la cultura norteamericana y sus formas de vida[15]. Una diferencia importante: mientras los rebeldes se dedicaban al alcohol, la vida en las calles, los hippies leoneses encontraron un sentido y decían tener una filosofía que les daba identidad y orientación[16]. Los rebeldes sin causa eran clase media, un pequeño grupo, los hippies era un grupo mayor, de varias clases sociales, principalmente hombres, aunque también había mujeres jóvenes. Con los rebeldes sin causa tenemos los primeros rasgos de una agregación juvenil que empleo diversas formas de adscripciones identitarias, mientras que a partir de los hippies leoneses podemos comenzar a pensar que las culturas juveniles se comienzan a manifestar en la ciudad (Reguillo, 2000ª: 55).

La década de los sesenta fue un momento de transiciones con el pasado, que desde entonces, el metabolismo de la ciudad sería el cambio y la orientación hacia su continua complejidad social, urbana, económica y cultural. Es por ello que en la década de los setenta fue una etapa cuando la ciudad se expandió y rompió su centro histórico, su eje estructurador, el tinte de la ciudad tradicional comenzó a disolverse para comenzar a mostrar un rostro diferente. Cuando se intenta reforzar la plaza principal convirtiéndola en zona peatonal para que se pudiera acudir ahí de manera masiva, la ciudad comenzó a crear el fenómeno de las plazas comerciales, alejadas, en distintos puntos de la ciudad, y nuevas dinámicas se dieron: de la concentración a la expansión, del lugar, al espacio social. Crecieron nuevas zonas residenciales en los nuevos límites de la ciudad, conviviendo con nuevas zonas marginales, que antes sólo eran vistas de paso, pero ahora estaban ahí, vivas, tensas, mostrándose visibles y los trazos de una complejidad urbana creciente. Es ahí cuando se puede destacar dos tendencias de los jóvenes.

Por un lado, la película, Los guerreros, que desde su proyección en 1979, hizo visible lo que se había sugerido en 1961 con la película, Amor sin barreras, las pandillas, principalmente conformada por los grupos de jóvenes de las colonias marginales, empobrecidas, violentas históricamente, pero que ahora se les presentaban otros elementos para su organización, su identificación, elementos de identidad y manifestación grupal, que como antecedente de los graffiteros, sus pintas en las calles, las avenidas fueron vistas por todos lados, y su presencia fue desde entonces un fantasma: los conocidos como chavos banda, que no se veían a simple vista, pero desde entonces, están ahí, y ahora podemos ver a través de fenómenos como los graffiteros, los cholos[17].

Por otro lado, la película, Fiebre de sábado por la noche, estrenada en 1977, donde los jóvenes clasemedieros encontraron un mundo nuevo. Primero, descubrieron que podían vivir y ocupar la noche, en lugares públicos y especializados como las discotecas, que son los antecedentes en la ciudad de los antros, los rodeos. Las reuniones juveniles tendían a ser en las casas, por las tardes, por eso se les llamaba “tardeadas”, pero con las discotecas la diversión comenzaba a las nueve o diez de la noche, cosa que en los antros ahora tiende a ser a las once o doce. Pero también implicó algo más: la presencia de las mujeres en esa vida nocturna. A la vida nocturna, la expansión de la ciudad, la aparición de nuevos espacios de consumo y la diversión, se le agregaba otro elemento más: la presencia de las universidades que permitía que los hombres jóvenes que tenían recursos, ya no tuvieran que salir de León, y las mujeres, pudieran estudiar una licenciatura más allá de secretaria, asistente de contador, maestra normalista.

En 1976 se estrenó la película, La Guerra de las Galaxias, que entre otras cosas, mostraba una diversidad de planetas, de sistemas, de universos, poblados por razas múltiples con los que convive el hombre. Era un antecedente de lo que se estaba formando en la ciudad: entornos diversos y dinámicas varias, como si en la misma ciudad hubiera varias ciudades, pero igualmente era los momentos en que se fermentaba una proliferación de subculturas juveniles.

 


[1] “Su majestad el fox trot”, artículo publicado en la revista Armonía Social octubre de 1922.

[2] Recomendamos los trabajos de Margarita Calleja, Berta Falomir y José Madrazo (1980), así como el de Raúl Nieto Calleja (1986).

[3] Publicado el 18 de mayo de 1930.

[4] Publicado el 16 de febrero, 14 de octubre de 1930, 15 de abril de 1931.

[5] Publicado en el periódico El Sol, el 26 de febrero de 1930.

[6] Publicado en el periódico El Sol,  el 29 de abril de 1930.

[7] Ver nota en el periódico El Felipazo del 1 de noviembre de 1959.

[8] Ver nota del periódico El Sol de León del 27 de enero de 1959.

[9] Ver editorial del periódico El Felipazo los días 20 de marzo de 1960 y  19 de agosto de 1962.

[10] Ver nota del periódico El Sol de León del 8 de enero de 1960.

[11] Ver nota del periódico El Sol de León del 10 de enero de 1960.

[12] Ver editorial del periódico El Felipazo del 8 de noviembre de 1959.

[13] Ver editorial del periódico El Felipazo del 31 de mayo y el 23 de agosto de 1959.

[14] Ver nota periodística de El Sol de León del día 13 de enero de 1962. El asesinato de esta mujer ratificó para muchos el mal social de los rebeldes sin causa y reforzó la campaña en contra de ellos, para su erradicación.

 

[15] Para observar la presencia de la cultura norteamericana en la juventud de clase media mexicana en la década de los sesenta, recomendamos el libro de Carlos Monsiváis (1986), Amor perdido, en particular el capítulo, “La naturaleza de la onda”.

[16] Para ver algunos de los elementos básicos de los hippies mexicanos, o jipitecas como se les conoció, ver, Urteaga, 2002.

[17] Para una referencia sobre los cholos, ver Valenzuela, 2002.

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