Notas para una posible historia cultural de los jóvenes en la ciudad de León. 1

De los tiempos.

 

 

Nuestro presente tiene una larga historia. De alguna manera, se puede pensar en un largo proceso de la civilización que ha enmarcado lo que se ha llamado el moderno sistema mundial que comenzó en el siglo XVI, se extendió por todo el mundo durante el XIX, y en el XX parecía cubrirlo todo (Wallerstein, 1998). Uno de los efectos de la conformación de ese moderno sistema mundial fue que en siglo XVIII el hombre se encontró con la historia, no sólo como un elemento fundamental para la comprensión del mundo, de la vida social y del individuo (Bauman, 2003), sino de ser un sujeto en la historia, de hacerse cargo de ella.

 

Nuestro presente tiene una larga historia porque es el fin de ese moderno sistema mundial y el inicio de una transición en la búsqueda de la conformación de un nuevo sistema mundial, o algo que lo reemplace (Villani, 1999). Las maneras como el hombre se encontró con y en la historia parecen difuminarse dentro de un mundo que parece haber encontrado otros medios para evadir, sustituir, reemplazar o desdoblar a la historia (Verdú, 2003) y que confrontan o hacen palidecer los recursos que se han tenido para comprender e intervenir en el mundo, por lo que se considera urgente la necesidad de construir una nueva epistemología que pueda dar cuenta de un mundo en aparece desintegración, re organización. Las vías para hacerlo son varias, sin embargo, la recuperación del pasado, de la misma historia, de ver cómo hemos llegado a ser y cómo se han abierto nuevas realidades, es un punto fundamental, pues como dice el historiador inglés, Eric Hobsbawm (2000: 14), lo “que vaya a ocurrir tendrá forzosamente alguna relación con lo que ya ha ocurrido”.

 

Pero mirar al pasado implica asumir una posición en el presente para girar la mirada hacia atrás, pues como lo expresa Beatriz Sarlo (2001: 9), se trata de ver la manera como el presente se hace cargo de la historia, o de cómo la historia ha marcado el presente, o como lo expresa Iain Chambers (2006: 26), la manera como el pasado “podría ser experimentado como una cuestión inquietante que pone en entredicho nuestra manera de utilizar, comprender y construir el pasado”.

 

Cuando el centro de una estructura entra en procesos de desequilibrio, se pone en tensión y busca la manera de proseguir, creando una bifurcación sistémica. En ese momento hay dos situaciones básicas: la necesaria búsqueda del eje que lo ha estructurado, y la revisión del proceso histórico irreversible, pues su historia se torna visible, así como una serie de elementos que han intervenido, y no necesariamente observados, y que permiten entender las nuevas emergencias que impulsan o por las que se hacen visibles los procesos de bifurcación (Prigogine, 1997).

 

Ante ello, consideramos dos elementos básicos de los tiempos de transición que vivimos, que en su proceso histórico irreversible se hacen visibles y muestran la manera como emergen nuevas realidades, o, en términos de Sarlo, la manera como el presente, o sus formas, se hacen cargo de la historia, y que de una o de otra manera son concebidos como parte de las agendas donde se puede percibir las transformaciones que se han dado, pues son parte de los objetos sociales y culturales donde hacen más evidente los procesos incesantes del cambio (Ortiz, 1996), e igualmente son vistos como parte de las agendas para conocer esos cambios (Reguillo, 2000): las transformaciones de las culturas locales y las culturas juveniles.

 

Lo que haremos será tomar como lugar de reflexión a la ciudad de León y la manera como los jóvenes se han tornado visibles, y nuestra apuesta es que colocar la mirada en ellos en esta ciudad, como en muchas partes del país, es clave para entender no sólo el presente, sino cómo hemos llegado a él, en momentos en que las realidades sociales parecen saturarse (Gergen, 1992), y la dimensión cultural se va haciendo fundamental para entender sus transformaciones del pasado, su tradición centrada en el modelo del adulto, hacia lo actual, donde la imagen y el modelo es el joven, que implica la manera como nos relacionamos en mundos simbólicos, sociales y mediáticos (Debray, 2001).

 

Este es un breve, muy breve, espacio para desarrollar nuestras ideas, que requieren ser expuestas con mayor detalle, contextualización y profundización. Es por ello que sólo serán algunas imágenes para una posible historia cultural de los jóvenes en la ciudad de León, Guanajuato.

 

 

Aquí, allá y en todas partes.

 

 

Al inicio de su libro, La modernidad desbordada, Arjun Appadurai recuerda (2001: 17)

Descubrí la imagen y el aroma de la modernidad leyendo Life y catálogos de colegios universitarios estadounidenses en la biblioteca del Servicio de Información de los Estados Unidos, yendo al Cine Eros, a tan sólo cinco cuadras de mi edificio de apartamentos y donde se proyectaban películas de clase B (y algunas de clase A) provenientes de Hollywood. Le rogaba a mi hermano, que al principio de la década del sesenta estaba en la Universidad de Stanford, que en sus visitas me trajera pantalones vaqueros y, en su bolsillo, un poquito del aire de aquel lugar, de aquella época. Fue así que fui perdiendo la Inglaterra que había mamado en mis textos escolares victorianos… En fin, tales fueron las pequeñas derrotas que explican por qué Inglaterra perdió el Imperio en la Bombay pos-colonial.

En sus memorias, Mis demonios, Edgar Morin (1995: 15) recuerda algo similar, expresando que su primera cultura la conformó en la calle, en particular en el cine, que lo introdujo en un mundo nuevo y misterioso, pues “era la gruta de los misterios iniciáticos para mi generación”. El cine les presentaba a su generación un mundo que lo mismo recreaba el pasado, mundos lejanos, historias, como los educaba sentimentalmente, les creaban marcas profundas. También, el cine lo conectaba con otros discursos como la música, las revistas, las novelas, donde le permitía alimentar sus aficiones y completar su educación sentimental.

 

Ambos personajes son de los más importantes de las ciencias sociales y las humanidades de nuestros tiempos y ambas memorias reflejan no sólo la manera como sus experiencias con la cultura mediática les “abrió” un mundo, zona de paso de lo tradicional a lo moderno, del pasado donde se insertaba la visión del futuro, de sino de que fue una experiencia generalizada de muchos a partir de la década de los cincuenta y durante los sesenta del siglo XX. Era un impulso, un espíritu de época se había ido conformando a partir del fin de la Segunda Guerra mundial, donde el fin de la economía de producción había dado paso a la de consumo, y con ello, una nueva fase en el sistema mundial moderno que lo iría cubriendo todo, y donde la cultura masiva era fundamental no sólo para colonizar los imaginarios de la mayoría (Fossaert, 1994), sino para estar presente dentro de todos los espacios, las dinámicas y los procesos cotidianos de las sociedades (Gitlin, 2003).

Como sucedió en muchas ciudades del mundo, de América Latina (Álvarez-Curbelo, 2005; Ávila Moreno, 2005), en México igualmente aconteció, como fue el caso de la ciudad de León. Su pasado lejano fue un centro estructurador de una vida social, simbólica, que le permitiera no sólo su continuidad, sino construirse en base a su modelo básico y primario a lo largo del tiempo, y ser un elemento mediador para ajustar las transformaciones que provenían, principalmente, del exterior, desde la segunda mitad del siglo XIX. Las continuas olas modernizadoras que se sucedían eran ajustadas a sus modelos, patrones y dinámicas, modificando, digámoslo así, la periferia de su centro configurador de un orden social y moral, simbólico y material, que seguía firme y sin fisuras. Lo exterior se alteraba, lo interior permanecía.

Dentro de los recuerdos de los leoneses que vivieron casi todo el siglo XX, había uno que consideraban fundamental: cuando los hijos ya no quisieron ser como sus padres. El momento eran los finales de la década de los cincuenta, la causa, la película, Rebelde sin causa. Pero la causa, la película, tiene dimensiones más amplias: un nuevo proceso civilizatorio, cabalgando en la economía del consumo, que venía del exterior, que no sólo lo cubría todo en el mundo, sino que tenía una fuerza tal que alteraba la vida social aún en regiones apartadas de la historia mundial, como era el caso de la ciudad de León, y que, en estos lugares, inauguraba la ruptura del pasado con el presente, la división de lo tradicional con lo moderno.

No sólo fue la actitud de algunos jóvenes, no todos, de no querer continuar con el modelo de sus padres. La misma ciudad entraba en el proceso que se veía reflejado en varios puntos: la aparición de la clase media, de nuevos y modernos asentamientos urbanos para estas familias, de nuevas instituciones educativas, la búsqueda de nuevas lógicas para la producción industrial y la necesidad de nuevos profesionales que la sustentaran, la creciente urbanización que rompía con la estructura básica de su ciudad histórica y hacia aparecer nuevas áreas para distintas funciones sociales y laborales, el crecimiento de la población y las nuevas estructuras sociales que se comenzaban a dar, donde los grupos de niños y jóvenes comenzaba a ser mayoría, la renovación del comercio que comenzaba a crear espacios para el consumo, sustentado en una lógica para la diversión, el tiempo libre, el entretenimiento, principalmente para los jóvenes, que accedían a los modelos de la vida norteamericana: el cine, la televisión, las cafeterías, los boliches, los salones de bailes, los billares, las tiendas departamentales, las tiendas de música.

No es gratuito que, como en muchos otros lugares, la visibilidad de los jóvenes en la ciudad de León, estuviera en relación de dos procesos: el consumo y las industrias de la cultura (Reguillo, 2000ª), y desde entonces lo ha sido, junto con otras cosas.

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