Ambientes culturales y culturas mediáticas. Primera Parte.

Hiper, meta, super. Universos en expansión.

                                                     

 

Algo se ha desbordado. Las formas de denominar una serie de realidades del mundo actual tienden a emplear términos que van más allá de lo anteriormente conocido. La modernidad se ha desbordado, la globalización se ha desbocado. Quizá un término que puede sintetizar lo que sucede es el empleado por Jaques Attali como hipermundo a partir de que ingresa el mundo virtual no reemplazando, sino expandiendo al mundo real.

 

Vivimos en mundos dentro de mundos, que aunque bien podría decirse que esto es de sobra conocido desde hace mucho tiempo, ahora esto ha estallado por lo virtual y más bien tendemos a vivir dentro de universos en expansión, donde hay mundos ya conocidos, en transformación, que se han integrado dentro de una constelación mayor, que a su vez contienen o engendran otros mundos que comienzan a expandirse, ramificarse, re integrarse. También hay otros mundos que han comenzado a desplegarse, a habitarse, a crecer, y que no sólo se integran a los otros, sino que comienzan a expandirse y a engendrar otros mundos.

 

Los mundos mediaticos son uno de esos universos en expansión. En su interior hay mundos dentro de mundos que en sus incesantes interacciones y modificaciones propician no sólo que ellos se expandan, sino que el universo lo haga, y aparezcan otros más. Esto lo podemos ver en el paso de los medios tradicionales a lo que ahora se llama nuevos medios de comunicación donde hay una integración con las nuevas tecnologías de información, que tanto han propiciado cambios en la interacción y organización de la sociedad y de los individuos, como de las habilidades y competencias de los mismos sujetos frente y a través de las tecnologías de información y de comunicación (Livingstone, 2003).

 

Estas nuevas presencias, y su accionar en diferentes realidades, mundos sociales y culturales, han puesto a pensar en mucho cómo dar cuenta de las transformaciones culturales, de la misma tecnología, y de las audiencias o públicos que entran en contacto con ellas. Los ambientes culturales se observan como un modo de acceder a observar lo que sucede en las culturas, la presencia y accionar de los mundos mediáticos, y su presencia dentro de los distintos grupos de personas.

 

El desarrollo actual del cine, como industria, tecnología y estética, nos da pistas para asomarnos a explorar esos mundos, pues no sólo nos habla del paso de los medios tradicionales a los nuevos medios, sino la manera como entre ellos se han interrelacionado, así como con otros mundos mediáticos más, y han ido propiciando en los últimos años un dialogo interesante que se materializa en la estética y los sistemas narrativos. Además, los dos son emanaciones de los nuevos ambientes culturales, pero ellos mismos actúan como tales, pues han ido propiciando que los espectadores, jugadores, receptores o usuarios se relacionen con ellos a través de ambientes, reales y/o virtuales, pues forma parte de la relación, uso y apropiación de lo que sucede con los mundos mediáticos.

 

Es por ello que en el presente artículo primero abordaremos a los ambientes culturales, a los mundos mediáticos, para después exponer algunas cosas que han sucedido con el nuevo cine y, finalmente, como se produce una estética dentro de los videojuegos.

 

 

Ambientes culturales.

 

 

Desde hace un buen tiempo el mundo está en transición. No es un proceso reciente, sino lejano,  donde incluso se percibe un lejano aliento histórico que en varias ocasiones hemos olvidado. Sin embargo, de unas cuantas décadas a la fecha el motor de la historia ha introducido el tiempo aceleración y muchas cosas han cambiado de manera evidente y definitiva. El tiempo ha entrado nuevamente en nuestras vidas.

 

Los cambios recientes nos tienen tomados de sorpresa y nuevas metáforas intentan darle un sentido, un orden, un camino. Términos que intentan diferenciar épocas, transiciones, tendencias, travesías, realidades en emergencia principalmente sobre la modernidad y la postmodernidad, o el tipo de modernidad y/o postmodernidad (Ianni, 1999:5). Disputas van y vienen, pero se resiente y se acepta un cambio, nuevo un giro, ya sea como parte de un proceso mayor, como una nueva fase de un proyecto más amplio que en estos momentos está en la globalización (Robertson, 1992), de un sistema mundo (Fossaert, 1994).

 

Los cambios significan una modificación de la totalidad del mundo, y esto implica varias cosas. Por un lado no sólo que el todo es mayor que la suma de las partes, sino que la misma suma de las partes es mayor que el todo. Es decir, no sólo el mundo está interconectado y puede respirar con un mismo o simultáneo aliento, sino que con ese impulso el factor local se ha activado y ha comenzado a actuar. Pero lo local entra en procesos de bifurcación a partir de los procesos históricos de su configuración inicial y desde ahí se suma a lo global. Es por ello que el entorno del mundo se hace también múltiple, con realidades varias y en paralelo. Y con esto, la dimensión cultural se hace presente y actuante, no sólo porque adquiere visible en tiempos de lo global, sino como un factor de comprensión y construcción del mundo social.

 

La dimensión cultural ha llevado a entender la manera como se producen, distribuyen y consumen las formas simbólicas en la sociedades, y esto a su vez ha insertado al factor comunicación como un elemento por medio del cual se han realizado los principales procesos de diferenciación para la organización y la reproducción de lo social (Luhman, 2000), y en ese proceso de diferenciación las formas de comunicación claves, así como la aparición de los medios de transporte y de comunicación (Luhman y De Georgi, 1993). La comunicación es la síntesis del empleo de una tecnología que configura un tipo de percepción, de construcción social de la realidad, y de una organización de mundos de sentidos que organizan a la sociedad y a las intersubjetividades. La pregunta es por la tecnología de comunicación o de información que ha tenido la fuerza y la capacidad de realizar esas síntesis e impulsar nuevos cambios en la organización del todo social, y las respuestas lleva a considerar a los medios de comunicación y a las nuevas tecnologías de información como las principales en los tiempos que corren, es decir, los principales productores de formas simbólicas que se distribuyen y se consumen en diversos entornos sociales (Jensen, 1995).

 

Sin embargo, hay tres procesos importantes de considerar en este reconocimiento. Primero, que las anteriores tecnologías o formas de comunicación no desaparecen, sino que se re organizan dentro de un sistema de comunicación social. Segundo, que en la aparición y desarrollo de los medios de comunicación y de las nuevas tecnologías de información hay una historia que se va desarrollando más por una progresión orgánica, genealógica, que por una trayectoria lineal y secuencial. Tercero, que el mundo de los medios de comunicación y de las nuevas tecnologías ha crecido y se ha expandido, ha creado tanto múltiples interrelaciones con otros sistemas sociales, como en su propio interior. Si bien puede verse al mundo de los medios de comunicación como una nueva superestructura social (Caro, 2004), también es importante ver que ha pasado de ser un sistema a una ecología, un sistema que contiene sistemas varios. Su ambición es la totalidad, mundos dentro de mundos.

 

 

Semiósfera, iconósfera, mediología..

 

 

La premodernidad se centro en el logos de la palabra. La modernidad en el del discurso. La postmodernidad en el texto, la gramática. Esto no sólo ha sido la manera de concebir la relación del logos con la realidad, sino la manera como se ha conformado una realidad social por la manera como se han producido formas simbólicas (Jensen, 1995). El proceso simbólico se ha transformado a lo largo del tiempo, desde una copia, reflejo, representación, hasta los tiempos más recientes donde tiene la capacidad de crear a la misma realidad. El logos de la postmodernidad ha tendido más hacia la estética.

 

Desde la estética, el pensamiento postmoderno ha visto a una sociedad que se desenvuelve más desde lo orgánico, es decir, desde las múltiples formas que lo constituyen, que le dan una organización, que en momentos de transformaciones se re configura y re organiza, y que son vistos más desde la socialidad que en lo social, en lo cotidiano que en la estructura, en lo genealógico que en lo histórico, en lo intersubjetivo más que en lo subjetivo, más en lo colectivo que en lo individual (Maffesoli, 1993). Pero también desde la estética ha sido posible observar que la sociedad entera se ha movido a través una gran ecología dominante que contiene sistemas de sentidos, y que son los ambientes y entornos desde donde se han configurado tipos de sociedades, personalidades colectivas, mentalidades, conocimientos y percepciones de la realidad, que en parte puede ser como el mega ordenador del conocimiento y de la cultura (Morin, 1995). A esa gran ecología, universo de sentidos por donde la sociedad se autoorganiza Iuri Lotman la llamó semiósfera. Por su parte, Regis Debray (1997) habla de la mediología, es decir el proceso de mediación por medio de la cual la materia simbólica se organiza y se materializa, a través de la comunicación y de la transmisión, es decir, de aquellos sentidos que deben perdurar a lo largo de un periodo de larga duración y aquellos que se utilizan y son necesarios para la continuidad del presente de un grupo social. Lotman y Debray apuntan de una u otra manera a mostrar cómo a través de la organización de los procesos de sentido, la sociedad ha generado un conocimiento, una percepción y una organización a lo largo del tiempo. Y en mucho, en los tiempos resientes será la iconósfera la que será fundamental para la semiósfera y los procesos mediáticos contemporáneos.

 

Postmodernidad, estética, comunicación y medios de comunicación audiovisuales, tradicionales o nuevos, se convierten en un punto de interés para muchos porque son parte de los nuevos ambientes y dinámicas culturales contemporáneas (Martín Barbero y Silva, 1997). Y esto nos lleva a considerar dos puntos.

 

Primeramente, está la propuesta del mismo Regis Debray (1994) en el sentido de que la forma como la humanidad ha mirado no ha sido de la misma manera a lo largo de la historia, y que la mirada, podríamos decir que por la semiósfera y la iconósfera dominante de distintas épocas, han tenido instituciones diversas y con la fuerza suficiente para imponer su logos, su estética, sus medios de producción y difusión, así como las subjetividades e intersubjetividades que requieren para su continuidad y trabajo especializado en organizar y materializar sus universos de sentido. Debray menciona la etapa de la mediásfera de la religión y de la filosofía, después del arte y la ciencia, para llegar a nuestro tiempo mediante el entretenimiento y el consumo, que en mucho se realiza a través de los medios de comunicación, quienes han conformado una videosfera. De una u de otra manera, las travesías de la cultura y los medios de comunicación llevan a situaciones y entornos similares. Pero habría que enfatizar que no todo aparece y se difunde por los medios de comunicación, sino que se hace presente en los diversos entornos de la vida cotidiana de las personas, de ahí su dimensión de semiósfera, iconósfera, videosfera.

 

Su ambición, también es la totalidad. Y en eso se puede observar desde la dimensión de la cultura en los tiempos actuales. La cultura desde la dimensión simbólica ha actuado con la idea de la omnipresencia de los procesos simbólicos, más allá de las divisiones de estructura y superestructura, pero visto desde un panorama donde el eje es el territorio fijo y estable. Pero cuando se entra a los procesos de interrelaciones debido a los medios de comunicación y las nuevas tecnologías de comunicación, así como a flujos masivos por medio de las migraciones, de profesiones o actividades globales o internacionales, el panorama cambia sensiblemente, no es que el eje territorio se altera, sino que se genera un proceso total donde el territorio se desterritorializa y se vuelve a territorializar, adquiriendo procesos acelerados de orden, desorden, reorganización, donde emergen realidades múltiples, los sentidos del pasado, la tradición y la costumbre, se activan, pero tiende a darse una atmósfera global desde la cultura, lo que Ulf Hannerz (2001) ha llamado la cultura desde la “ecumene global”. Y esto es una nueva totalidad donde se re organizan y materializan los sentidos que provienen desde la “ecumene global”: estilos de vida, circuitos tecnológicos y económicos, espacios urbanos, lugares y espacios sociales especializados de acuerdo a las nuevas configuraciones de los campos culturales.

 

En segundo lugar está lo señalado Fredric Jameson cuando habla del tipo de imagen que se han dado a partir de la segunda mitad del siglo XX, y expresa que ya por los noventas, en una etapa abiertamente postmoderna, la imagen “deviene una suerte de elemento omnipresente en el cual nos solazamos, siendo éste, a la vez, las fuentes de nuevas formas de gratificación estética” (1997: 333). Detrás de la mirada que observa a la imagen, nuevamente, hay un logos que configura la percepción y el vínculo con la realidad. La mirada es producto tanto de la propia configuración histórica y cultural, como del tipo de tecnología por medio de la cual se percibe a la imagen, y la forma de acceso a la tecnología comunicativa implica una serie de prácticas, competencias y dominios cognitivos particulares. La observación de Jameson tiene dos sentidos: la imagen ha cambiado, como también ha cambiado el entorno histórico-cultural y las tecnologías comunicativas, y sus cambios implican tanto progresiones orgánicas de las mismas tecnologías, como genealogías tecnológicas que propician no sólo más tecnologías, sino sistemas de familias tecnológicas y conformando una ecología cada vez mayor; que la tendencia de la imagen acerca a la vida social más hacia una estética que parece poblarlo todo, no sólo por la acción de los medios de comunicación. El punto es que ese mundo estético ahora ha sido impulsado por el aliento del consumo, del entretenimiento, como también expresa Debray.

 

A partir de esa nueva semiósfera podemos ver no sólo que la presencia de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías de información son uno de los actores claves de la cultura actual (Lull, 2000), sino conformador de las identidades colectivas, de las subjetividades e intersubjetividades (Gergen, 1997), que cada vez más tienden a romper los límites que separan a la pantalla con las realidades sociales y hacerse presente de otras maneras, por otras vías, y que en mucho, en gran parte, es por toda la infraestructura, narrativas, formas simbólicas y prácticas culturales que proviene de una sociedad más cercana con el espectáculo (Kellner, 2004).

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