Sobre el consumo cultural en Saltillo. Segunda parte.

El consumo sirve para pensar (nos).

 

 La segunda apuesta de la autora del libro en cuestión apunta al consumo cultural. Es aquí donde se tejen las visiones del enfoque de lo cultural con el consumo, y lo realiza revisitando una variedad de investigaciones que se han realizado al respecto, y lo hace para ganar perspectiva propia. Entonces, el segundo punto para preguntarnos se refiere al mismo consumo cultural.

 

La atención al consumo cultural en América Latina cobró relevancia y se asumió como un área de estudios necesarios y pertinentes a mediados de la década de los ochentas como una consecuencia de dos procesos paralelos: por un lado, la postura asumida por una serie de investigadores que comenzaron a re pensar el pensamiento de lo social desde una base epistemológica distinta de cómo se venía trabajando anteriormente, principalmente asumiendo los retos del mismo quehacer científico y de los que les imponía las realidades, sociales e históricas que en América Latina se daban; por otro lado, por esa misma realidad que en las sociedades de América Latina estaba encarando por una diversidad de factores que se vivían en sus ciudades, y que eran propias de un nuevo impulso modernizador

 

 La apuesta por el estudio del consumo cultural fue una reacción que pretendía dos cosas también en paralelo: por un lado, acercarse a un fenómeno, a un proceso que se consideraba como vital y urgente, la manera como se estaba tejiendo la vida social de las mayorías latinoamericanas, y para ello había que recuperar la dimensión del sujeto social y de su vida ordinaria, que se descubría poco atendido y en gran parte desconocido, lleno de supuestos y pre nociones; por el otro lado, hacer visible que el consumo no era un fenómeno eminentemente económico, sino cultural y con ello se intentaba hacer a un lado las nociones eminentemente racionalistas, instrumentalistas, de un sujeto pasivo, desvinculado de sus entornos sociohistóricos, de sus matrices históricas y culturales, algo que estarían realizando simultáneamente los estudios de la recepción.

 

El consumo cultural servía como una cosmovisión de los mundos contemporáneos, no ajeno, igualmente, a debates diversos, y las formas de organización de la vida social que de ellas iba emergiendo; pero también era un instrumento metodológico de acercamiento a las “maneras de hacer”, de pensar y de sentir de las mayorías. En ese sentido, habría que decir que si bien se buscó el factor simbólico y comunicacional para señalar que “el consumo sirve para pensar”, y ver de otra manera la acción de los sujetos sociales y al mismo consumo dentro de estos nuevos entornos, también servía para “pensar” a nuestras sociedades[1], porque el consumo no sólo era una evidencia de una de las tendencias de la manera como la economía estaba actuando y apareciendo en nuestras ciudades, sino porque daban pistas para observar los desniveles y genealogías históricas como las diferentes culturas se integran a ese proceso y reaccionaban a ello[2].

 

Andado el tiempo, ya en la década de los noventas, el consumo cultural pareció tener dos tendencias en los medios académicos: por un lado, sirvió como base y plataforma para incorporar la visión sociocultural de varios estudios antropológicos, sociológicos y comunicacionales; pero al mismo tiempo se fue abandonando por otras temáticas que venían cobrando mayor vitalidad y urgencia como sería el caso de los estudios de la globalización.

 

Un lugar donde ha encontrado mayor empuje el estudio del consumo cultural ha sido en los organismos nacionales para la implementación y desarrollo de políticas culturales, los cuales han ido reconociendo varias cosas: ante los pocos recursos de fomentar la cultura en los diversos países, es necesario implementar otras estrategias de financiamiento, y ante ello ha de virar la atención hacia la economía cultural y encontrar pautas donde la misma cultura propicie un financiamiento que le de en parte cierta autonomía, como ha sido el caso de otros países del mundo, teniendo a España como un ejemplo; ante ello, y por la llegada de algunas maneras de generar otro tipo de cultura, la que proviene de los medios de comunicación y las tecnologías de información, es necesario reconsiderar dentro de los organismos encargados de las políticas y programas culturales, la misma noción de cultura, contextualizarla dentro de escenarios y contextos más amplios, como el de la globalización, e integrarla no sólo como parte de su accionar institucional y de vocación pública, sino apoyarse en ellos como parte de su quehacer, como sería el caso del reconocimiento de contar con industrias culturales propias y diversas (radio, televisión, video, cds, libros, revistas, etcétera); asimismo, se va reconociendo que para implementar políticas culturales se requiere de dos cosas: abandonar la noción de que las políticas culturales emanan única y exclusivamente del centro del país, retomando lo que acontece en sus diversas regiones, y crear estrategias diversas de acuerdo a sus condiciones, tendencias, necesidades y posibilidades. De ahí la importancia del surgimiento de los Institutos Estatales de Cultura, pero, igualmente de los municipales.

 

Pese a esto último, las iniciativas se enfrentan a un riesgo: el desconocimiento de lo que acontece, y ha acontecido, en materia cultural en cada región del país. La carencia de información se hace evidente, y la investigación cultural se torna necesaria para las adecuadas estrategias a tomar en cuenta para conformar políticas culturales, nacionales, estatales y municipales. Y generar información sobre el consumo cultural cobra importancia para “pensar” nuestra época, nuestros territorios, y la manera como se puede intervenir de una mejor manera en ellos.

 

Es ante esta inquietud que se puede entender que la investigación sobre el consumo cultural en la ciudad de Saltillo sólo se haya centrado en algunos subcampos culturales (la diversión, los medios de comunicación, el arte, la religión), y haya dejado otros tantos que hubieran arrojado mucha luz y mayor densidad a las dinámicas culturales de esa ciudad.

 

 El consumo cultural desde y en lo local.

 

 Ante el mundo global hay diversas posiciones, miradas, perspectivas. De entre todas ellas hay dos elementos que quisiéramos destacar: es un proceso irreversible dentro del proceso civilizatorio de la humanidad, y es un proceso re organizador que lentamente va mostrando la pérdida de un equilibrio, para moverse a través de procesos disipativos.

 

Con lo primero, queremos señalar que es un proceso que ha iniciado y que no muestra signos a mediano plazo para transformarse o convertirse en otra cosa. Es decir, es parte de muchos entornos del mundo actual, no es posible desconocerlo porque parece tocarlo todo y trastocar muchas cosas, aunque si es evidente que la entrada, reacción y desarrollo parece señalar que ha sido, de manera diversa. No hay marcha atrás. Con lo segundo, queremos señalar un punto que expone el físico Ilya Prigogine sobre los estados disipativos en la física: cuando una estructura comienza a moverse, a ganar complejidad, no sólo comienza a perder su centro, sino que se abre a lo posible, a varias trayectorias virtuales, y, también los factores locales e históricos se ponen en movimiento, en actividad y cobran tanto visibilidad y presencia, como una tensión actuante ante lo posible[3]. Trasladado a los procesos globales, que actuarán en mucho como un proceso de estados disipativos, quiere decir, que no se puede entender sin aquello que activa: las culturas locales y su pasado histórico. Es quizá en esa perspectiva que podamos tener pistas para entender por qué con el inicio de lo global, y sus momentos previos, lo que se ha puesto en movimiento es tanto la diversidad de ciudades del mundo, del país, como ha puesto en tensión, su pasado, sus matrices históricas y culturales.

 

Tal pareciera que con lo global, no todo es futuro, nuevo, sino que tiene un gran peso de aquello que ha estado en la esfera de los imaginarios, de las memorias, de las improntas profundas de la vida social. Es un nuevo rejuego de tiempos, tensiones de fuerza, que sólo observándolas es posible tener una mejor imagen y comprensión de lo que acontece, y para observarlo, todo indica, es importante la propuesta de la física cuántica, del pensamiento complejo: depende de la mirada de quien lo mira. Pero, ¿en dónde colocar la mirada? Una posibilidad, una vía: en aquello que pueda ser tomado como “las metáforas del cambio”[4], o en aquellos “objetos mundo”, es decir, donde los procesos mundiales se materializan en lo local, y tanto permiten observar como llegan, se instalan, actúan, como la manera como se “apropian”, “ajustan” a las dinámicas y matrices de lo local. Al decir de algunos, es el caso de los jóvenes, las mujeres, la moda, el consumo[5].

 

De esta manera retornamos al tema del consumo cultural desde dos perspectivas: la primera, como un sistema de información mediante el cual observar la manera como las culturas locales han sido tocadas por lo global; la segunda, como una vía para entender la manera como las culturas locales reaccionan y se ajustan, mediante una serie de infraestructuras urbanas que actuaran formando parte de un sistema cultural, conformado por distintos subcampos de ofertas culturales, y gestando un tipo de público cultural[6].


[1] Ver: García Canclini, Néstor (1995). Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización. México, Editorial Grijalbo.

[2] Ver: Appadurai, Arjun (2001). La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización. Argentina, Fondo de Cultura Económica y Editorial Trilce.

[3] Ver Prigogine, Ilya (1998). El nacimiento del tiempo. Barcelona, editorial Tusquets.

[4] Ver Reguillo, Rossana (2000). Emergencia de las culturas juveniles. Estrategias del desencanto. Argentina, Editorial Norma.

[5] Ver: Ortiz, Renato (1996). Otro territorio. Argentina, Universidad de Quilmas; Sarlo, Beatriz (1994). Escenas de la vida postmoderna. Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Buenos Aires, Editorial Ariel.

[6] González, Jorge (1994). “La transformación de las ofertas culturales y sus públicos en México”, en Estudios Sobre las Culturas Contemporáneas. Universidad de Colima, época I, volumen VI, número 18.

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