¿Estudios Culturales? 3 y última.

Para Walter Benjamín, la ciudad no es un espacio cualquiera, es una temporalidad del espacio, un espacio abierto a la historia, debido a que la ciudad es un depósito de la memoria y de la tradición y su sentido político está relacionado con la manera como los ciudadanos experimentan la edificación de la vida urbana y sus espacios, pero asimismo es un artificio que modela las conductas, percepciones y experiencias de acuerdo como la misma ciudad se exhibe a si misma y propicia una “puesta en escena” de la vida social y simbólica (Martínez de la Escalera, 2007: 200).

 

El proceso de la privatización de lo público y de lo político, así como la mediatización de la experiencia personal y colectiva a través de vivir y conocer la ciudad por medio de fluir a través de las avenidas y de los relatos mediáticos de la prensa, del cine, la radio, son algunas de las manifestaciones que hacen evidente lo anterior: la clave está en la manera como se experimenta la ciudad, y está ha ido modificando su puesta en escena, alterando los mecanismos de su memoria y sus artificios de representación. La experiencia se torna virtual y mediática.

 

No es gratuito que Benjamín viera la experiencia de la vida en la ciudad, a través de su desarrollo y expansión, la introducción de los procesos de industrialzación, el desarrollo de la economía del consumo, la presencia de la industria de la cultura, como la llegada de un entorno metafísico colectivo que se vive como una realidad “natural” y “común” y que era la entrada a un estado onírico colectivo. La ciudad que se desenvuelve a partir de la llegada de la iluminación eléctrica modifica lo que es visible, lo iluminado por la electricidad, y propicia una manera diferente de habitarla y experimentar sus espacios a través del fluir, de la movilidad. La ciudad, para Benjamín, pasa de ser un espacio presente para ser una realidad que se exhibe por medio de una continuidad construida por fragmentos que se van uniendo, como la técnica del montaje cinematográfico, o como el mismo acto de soñar (Barrios Landa, 2007).

 

La visión de Walter Benjamín nos lleva a dos consideraciones que son importantes en la vida actual de las ciudades.

 

El primero, la necesidad de entender el sustrato tecnológico que diseña la continua modelación de la ciudad y de la experiencia que de ello emana. Sus reflexiones realizadas en varios de sus escritos hablan de una etapa, de un estrato, de la experiencia de la modernidad, pero los relatos de autores más recientes permiten entender lo que sería lo que se ha continuado hasta nuestros días, principalmente por el paso de la electricidad al mundo de la información y de lo digital, que así mismo modifican el entorno urbano, su manera de organización a través de nuevas maneras de intervenir en el tiempo y en el espacio (Virilio, 2006), y de las alteraciones de experimentar la ciudad a través de la anulación de vectores espaciales como la trayectoria y el recorrido mediante vectores temporales como el “tiempo del instante” y el “tiempo de la aceleración” que posibilitan las tecnologías interactivas y digitales (Virilio,1996), y los procesos de percepción que alteran no sólo los mecanismos de percepción y de memoria, de representación y de liga social (Virilio, 2003).

 

El segundo, los remanentes del pasado de la ciudad que no se borran ni disuelven, sino que  permanecen como “energías oníricas” y que son indicios de su “verdadera historia”. Benjamín al estudiar la ciudad, colocaba atención a los detalles, a las antigüedades para intentar ingresar a ellas y hacerles hablar, descubrir su vida latente en el presente y descubrir los estratos profundos, como sucedía con algunas novelas de Víctor Hugo sobre los bajos fondos, las cloacas, los sótanos, y que al penetrar en ellos excavaba para observar lo que de ahí salía.

 

Pareciera que en esos dos mecanismos se configura un orden que tensiona entre dos vectores, el pasado y el futuro, y el presente se fragua y se deconstruye continuamente, abandonando las realidades estables para abrir una dimensión ante la incertidumbre y lo impermanente, con impactos profundos en el espacio, el tiempo y la manera de habita la ciudad.

 

Otro autor francés nos daría algunos elementos para continuar pensando algunas de las propuestas de Walter Benjamín, y nos da elementos para introducir algunos elementos analíticos de la afirmación que hicimos en el párrafo anterior.

 

Michel Maffesoli (2001: 19) hace la observación de que el tiempo tiene la fuerza para estructurar al ser, por lo que cada época con sus especificidades culturales lo configura de acuerdo a distintas matrices, y en esto propone que a lo largo del tiempo hay distintos resortes del tiempo con distintas matrices configuracionales.

 

A la visión lineal y mecánica de separar el desarrollo de la civilización humana a partir del mundo antiguo o pre moderno, el moderno y el posmoderno, Maffesoli señala que en distintas etapas, las culturas se han organizado de acuerdo a diferentes vectores del tiempo: algunas mirando al pasado a través de sus tradiciones, otras mirando al futuro intentando alcanzar una determinada escala de modernidad, y otras con mezclas de ambas.

 

Esto da pie a señalar que en los tiempos recientes las cosas han ido cambiando a como la modernidad estructuro y configuro al ser individual y colectivo, pero además, que el paso a lo que muchos han denominado posmodernidad hace ver que la estructura del progreso es de carácter urobórico: el pasado retorna para cabalgar en las matrices y sentidos de los tiempos neo modernos. En ese paso de la modernidad a la postmodernidad, Maffesoli (2004: 45) ve que es una trayectoria antropológica donde se muestra y manifiesta la sociabilidad, más que lo social.

 

En la visión de Maffesoli, hay una serie de transiciones fundamentales que retan al pensamiento racional, de carácter científico y político. Un primer elemento que se altera es el paso de la tendencia de estructurar al individuo y a la vida social a partir del tiempo monocromo que configura una linealidad, una estabilidad y una seguridad ontológica a partir de la concepción de que el hombre y la vida se desarrolla por la estructura de la historia, a un tiempo policromo, donde la diversidad y la temporalidad es de carácter rizomático, prevalece el presentismo, la visión trágica que asume la incertidumbre y la deotología de la vida social que se va gestando y alterando paso a paso, y cuya experiencia temporal es la de los mitos que permiten ver cómo lo que acontece adviene se hace presente por sentidos diversos.

 

Es por ello que la vida social se modifica, una vida centrada en el yo individual y en la razón, a un yo plural donde el imaginario que raya en lo onírico es la tendencia de los nuevos agregados sociales y de las prácticas sociales cotidianas. Pero estas alteraciones marcan algunos rasgos que emergen como novedades, pero que igualmente remiten a lo arcaico, a modos de ser de etapas arcaicas, antiguas, pre modernas.

 

Maffesoli (2001: 30) habla de la presencia del paganismo eterno: el retorno de lo arcaico como rasgo distintivo de la posmodernidad: tiempos de mestizajes, de sincretismos, de una nueva vitalidad que se refleja en la vida de los nuevos agregados sociales que habitan la ciudad como “tribus nómadas”, “tribus urbanas” que se mueven dentro de esferas y metabolismos diferentes al paradigma del orden social y racional de la modernidad, y que tiene su mayor visibilidad y representatividad en los sectores juveniles, quienes asumen lo trágico de la vida social, su carácter de fatalidad que hace evidente el carácter impermanente de la vida material, del sentido de la historia, de la luminosidad racional y adulta, a través de una pasión intensa por lo lúdico y de vivir el instante como una liga con una fuerza destinal y una liga comunal, asumiendo arquetipos ancestrales y de carácter antropológico invariable, y que sus acciones, mentalidad, movimientos grupales, sus tendencias hacen patente las fuerzas telúricas que se acumulan en lo oculto de lo social, sus sismos y temblores hacen patentes las anomalías, los nomadismos y migraciones que están alterándose en dimensiones más amplias: lo social, lo político, lo económico, lo ideológico y lo cultural.

 

Para Maffesoli (2004: 59), las tribus urbanas son comunidades emocionales que fundan por sus rasgos de sociabilidad lo múltiple y se mueven por la proxémica, donde la emoción compartida y la comunalización crean un lazo social que les da rasgos de permanencia pero igualmente de inestabilidad mediante las cuales tejen sus relaciones a partir de una memoria grupal y colectiva. Esto implica el deslinde de la comunidad de origen y destino, producto de la visión histórica de los sujetos sociales que se ligan por medio de lazos morales y políticos, por la comunidad emocional, que se ligan por medio de los afectos y sensibilidades que los vinculan e integran de una manera más de corte estético y lúdico, entendiendo a la estética en “su sentido primigenio, el de las emociones compartidas” (Maffesoli, 2004a: 61) mecanismos por medio de los cuales se manifiesta un “vitalismo” que busca irrumpir un orden establecido y propiciar otras maneras de estar juntos, de “escapar de la esclrerosis institucional” y fundar una nueva creación dentro de lo social.

 

Estos desplazamientos no sólo hablan de la falla sistémica de los mecanismos tradicionales que han usado las distintas instituciones sociales (familia, educación, religión, trabajo, arte, política, salud, legislación) para la reproducción social, sino que estas ya no cubren lo básico para ser y generar el lazo social que une a los individuos como personas y con destinos más amplios (Maffesoli, 2001: 34).

 

Los padres no saben que hacer con sus hijos adolescentes; en la escuela los maestros están desconcertados, temerosos y molestos con las actitudes de los estudiantes; la iglesia y la política denuncian una y otra vez la irresponsabilidad, la carencia de valores y creencias, el vacío moral y la tendencia a la superficialidad; el sector de la salud está inquieto ante tanto accidente, suicidio, enfermedades de diverso tipo donde uno de los principales epicentros es la población joven.

 

Mientras tanto, los medios de comunicación, la industria de la informática y del entretenimiento, están felices, rebosantes: pese a que las estadísticas lo contradicen, Youtube, Facebook, MySpace, Hi5, Messenger, Google, y otros más concentran millones de jóvenes por día, son medios de relación, de aprendizaje, de diversión, de identidad, recursos cognitivos, lingüísticos, afectivos.

 

Por todos lados hay una preocupación campante por los jóvenes y la condición juvenil en un movimiento de dos espirales encontradas: una tendencia que se mueve entre la posibilidad y el riesgo, los residuos indeseables e incómodos de la historia ante las aspiraciones del desarrollo social y armónico, de la conciencia solar de la razón y la emocionalidad sombría, lunar, de lo irracional.

 

Miedos circulan y se clavan en las realidades juveniles, y la tendencia es de cirujano: extirpar la anomalía antes de que crezca el tumor y la salud sea irreversible. Pero algo se olvida, Maffesoli (2001: 17) expresa de la siguiente manera: “Tomar en cuenta esa sombra asegura, a largo plazo, la perduración del ser”, pues hay que recordar que en los tiempos que corren uno de los elementos que se han desligado de la vida cotidiana y personal son los procesos que otorgan seguridad en los individuos (Giddens, 2004), pero igualmente que estos sentimientos que buscan evadir la inseguridad y el miedo son de corte antropológico e histórico, presentes desde la antigüedad y que remiten a estructuras cognitivas y de sentimiento de corte colectivo (Delumeau, 1996).

 

No es gratuito que el miedo más generalizado del tiempo moderno es el de morir, mientras que el de la época posmoderna es el envejecer. De ahí podemos entender el paso de una sociedad que se edifica a través de una economía que apela a los deseos, a la de una economía que proporciona seguridad sensible, movible, cambiante, que nunca concluye, siempre se renueva y siempre está en movimiento; una subjetivdad que se edificaba a través de representaciones funcionales y diferenciales a otra que se elabora a partir de un carácter emocional y relacional que se hace presente por la exhibición de virtualidades posibles.

 

El paso de la modernidad a la posmodernidad no sólo fue el mecanismo para que los jóvenes se tornaran visibles, las realidades juveniles de la vida social, sino que igualmente fue propiciando que muchas de las realidades sociales se juvenilizaran, tanto por la apariencia, la estética, las actitudes y tendencias, como por las dinámicas del mundo urbano y mediático que se han ido edificando más cercanos a las nuevas sensibilidades, identidades y competencias de los jóvenes, y que ahora parecen ser las pautas de las nuevas dinámicas de lo social.

 

El sino trágico que muestran los jóvenes es generalizado, es decir, no es sólo referencia de los jóvenes, sino de la mayoría de la población, un inconsciente colectivo que se mueve por rutas biferinas: frente a la aspiración de consumir, está el miedo de perderlo todo, de reconocer que detrás de la casa que se compró en un fraccionamiento exclusivo, la camioneta último modelo, el viaje de vacaciones a Europa, la pantalla de televisión, la visita dominical a la plaza comercial, todo se puede disolver.

 

Mientras la ciudad se edifica sobre sustratos de lo internacional, el consumo, la tecnología, la diversión, lo subjetivo se debate entre los valores tradicionales, la mentalidad histórica y sus referentes morales y religiosos, la marginación y la pobreza, el desamparo emocional y aspiracional: las transformaciones en la ciudad en las últimas décadas así lo marcan. Por un lado, la ciudad crece, se diversifica, se expande, por otro lado, se debate ante abrirse a lo nuevo y replegarse ante el temor de perder lo básico: los valores, las costumbres, las creencias, lo tradicional e histórico.

 

Hace diez años, y más, encuestas en el país y en la ciudad mostraban que la mayoría de la población veían como los problemas más importantes y serios el no tener un empleo y un casa donde vivir a la par de la preocupación por la pérdida y alejamiento de los valores tradicionales como la religiosidad católica, los valores familiares, la irresponsabilidad ante el futuro, y esto último tendía a ubicarse en la población joven del país y a la acción de los medios de comunicación, aunque la misma población reconocía que ella cada vez estaba menos tiempo en la casa y con sus hijos, porque tenía que trabajar, iba menos a misa y mal cumplía con sus compromisos católicos, y veía diariamente varias horas de televisión.

 

Encuestas recientes señalan que la población está preocupada por problemas de carácter global y nacional: la inseguridad social y el medio ambiente. Narcotráfico, secuestros, vandalismo, guerras de pandillas, suicidios, enfermedades se mezclan con preocupaciones por la drogadicción, el alcohol, el tabaquismo, que son vistos como los causantes de riñas, accidentes automovilísticos, asesinatos; la presencia de maras, pandillas, Zs, emos, adoradores de la santa muerte, grafiteros, góticos, ravers, cholos, y otras agrupaciones más que son vistas como parte de las realidades fantasmagóricas y de espectros que ponen en riesgo el orden social y simbólico, mientras los jóvenes se convierten a la vida del anime, los videojuegos, el espectáculo, los cómics y la manga, el juego de rol, las cartas de combate, los mundos fantásticos como Harry Potter, El Señor de los Anillos, Star Wars, los Simpson, Evangelión, Naruto, Caballeros del Zodiaco, Power Rangers, y otros más.

 

Con la posmodernidad se encuentra que el sustrato simbólico colectivo no sólo es un mecanismo que congrega y construye, sino un aditivo para la transformación para la política, la economía y la sociedad. Los miedos permiten entrar en un mundo onírico colectivo y la transformación se mueve entre tensiones, conflictos, guerras, pero igualmente mediante alianzas, redes, consensos y acuerdos.

 

Quizá haya que decir algo obvio, pero que parece olvidarse: la experiencia de las transformaciones en la ciudad son muy recientes y si bien hay tendencias que provienen del exterior, la tendencia es a asimilar, observar y evaluar las transformaciones a estructuras de conocimiento y de sentimiento previamente establecidas y conocidas, pero cada vez es más evidente y patente que muchos de los rasgos de lo que se altera escapan a ellas y buscan nuevas formas de conocerlas y de seguirles la pista.

 

En este punto podemos pensar sobre la ciudad lo que ha mencionado Immanuel Wallerstein (2001: 3) sobre el mundo, en el sentido de que estamos en el fin de la ciudad como la conocemos, tanto en el sentido de la manera como constituyó el marco de una realidad, como en el sentido de la manera de conocerlo. La pregunta entonces es sobre lo que hemos construido para saber de la ciudad, lo que sabemos de la ciudad. Y en ese punto, el conocimiento de las dimensiones culturales es fundamental para entender muchos de los procesos que se estructuraron en el pasado y que son las bases desde las cuales se están dando las mutaciones.

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