¿Estudios de la Cultura? 2

La cultura es el recinto de lo profundo y se mueve en distintos estratos del tiempo y de la velocidad. El espacio es su receptáculo, una escala geológica que se distribuye de manera orgánica en la vida humana en continuas síntesis entre lo biológico, lo antropológico y lo noológico. Doble rostro: lo profundo y oculto de lo simbólico y arquetípico cuyo aliento se organiza desde lo lejano; la superficie y visible que se materializa y despliega un campo resonante de sentidos lejanos en el tiempo que se actualiza y parece tener vida propia, la tiene.

 

Es por ello que la cultura es tanto un acto cognitivo como un acto de comunicación: se requiere trabajar sobre el orden de lo simbólico, para poder interactuar y mantener el orden y la organización. El lenguaje que conforma el logos humano y que edifica una visión y racionalización del orden cultural es el resultado de la evolución del cosmos y la noosfera que su relación y acción en conjunto edifica una visión de continuidad y congrega a un colectivo.

 

Regis Debray expresa que en el inicio estuvo el hueso: la marca del pasado por la presencia de los antepasados, es decir, la conciencia de la continuidad por el símbolo que unifica al grupo. Jean Clottes (Langaney, Clottes, Guilaine y Simonnet, 1999: 62) señala que esto marca el inicio de las capacidades de la imaginación humana, del sentimiento estético, la posibilidad de transformar la realidad mediante las imágenes mentales que el hombre puede crear.

 

El despertar del sentimiento estético fundamenta el trabajo del mundo interior humano sobre el exterior par construirlo a su “imagen y semejanza”, el inicio de la humanización y de la hominización que corre en paralelo a lo largo del transcurrir del tiempo y que ha sido la constante de las diferentes épocas de la civilización humana. “Es ese mismo hombre quien habla, entierra a sus muertos y talla el silex”, expresa Pierre Levy (2007: 5).

 

El hueso es el indicio de que el hombre simboliza un orden primario y lo establece en el espacio, lo hace habitable a través de un orden simbólico, y ese orden simbólico se mueve entre la continuidad y la actualidad en un proceso orgánico dentro de movimientos de continuidad y discontinuidad permanentes (Schuon, 1984: 34): un orden lleva a otro orden que re organiza la materialización y organización simbólica (Wilber, 2007).

 

El trabajo sobre el hueso fue la primera forma de hacer habitable el espacio, y esto fue la base primordial del desarrollo de la civilización humana que la llevo al trabajo sobre la piedra  para crear un paisaje y un receptáculo de la vida humana, donde el desarrollo de las ciudades y su creciente centralidad en la edificación de la era moderna fue su máxima expresión: un orden material que manifiesta una metafísica, su mundo simbólico con dimensiones colectivas.

 

El caso de algunas culturas pre históricas es ejemplar, como cuando expresan Robert Bauval y Adrian Gilbert (2007: 197) sobre la cultura egipcia que todas sus ciudades “sugieren un gran plan para congelar el tiempo en piedra o, mejor todavía, hacer que las propias piedras hablen del primer tiempo”, y la evidencia de ello, entre otras, son los textos atribuidos a Thoth cuando expresa: “¿No sabías Asclepio que Egipto está hecho a imagen del cielo?”.

 

El desarrollo de la comunicación humana manifiesta en su interior la conformación de espacios para ser habitados: el pensamiento, el lenguaje, la escritura, lo impreso, fueron algunos de esos espacios que corresponden a la conformación y desarrollo de espacios antropológicos y a oleadas de conciencia humana (Levy, 2004; Wilber, 2007), a una semiósfera colectiva, una ecología simbólica desde la cual el hombre se percibe y percibe al mundo, lo edifica, lo organiza y se mueve dentro de él.

 

Espacio que se torna paisaje, edificación y la textualidad que lo organiza. La cultura es la textualización del paisaje a lo largo de una serie de cuerdas temporales.

 

La piedra se edifico sobre el hueso, y ha sido, entonces, el remanente de una era que se manifestó a lo largo del tiempo humano y  sobre lo cual una fase de la civilización humana ha transcurrido, y aún permanece: las ciudades han sido su manifestación más acabada, espacios que ocultan una metafísica y una ontología de las cuales abrevan y se nutren, se organizan y se manifiestan.

 

Pero una serie cuerdas en el tiempo reciente han ido colocando una alteración en la manera como se materializa y organiza la vida colectiva en el espacio. De hecho, un nuevo espacio por habitar. La conformación del Moderno Sistema Mundo (Wallerstein, 2004), la aparición de la modernidad (Berman, 2006) y la posmodernidad (Anderson (2000), eventos de carácter sistémico y mundial como la revolución industrial, la revolución francesa (Hobsbawm, 2003), la revolución de la informática (Fossaert, 1994), han traído no sólo un cambio en la conciencia humana dentro de una espiral que inicio en tiempos lejanos, sino la entrada a un nuevo espacio y a una nueva dinámica de la vida humana, el vector de la velocidad, del tiempo que se manifiesta en la luz eléctrica (Virilio, 1997) y sus desarrollos hasta llegar a la información, a lo digital.

 

No fue gratuito que en estos momentos hayan aparecido las preguntas del hombre dentro de la historia y del espacio ampliado del mundo entero, que emergiera la conciencia sobre la vida en colectivo y el orden social, la exploración de los mundos subjetivos e intersubjetivos, el reconocimiento de la presencia del mundo interior sensible, simbólico, y metafísico que se despliega, histórica e individualmente, a través de lo irracional, lo onírico, el inconsciente colectivo. Marx, Jung, Freud.

 

Pero igualmente, fue la presencia de la base racional de la conciencia humana para edificar la visión y edificación de la vida social y cognitiva, los intentos por subordinar la dimensión subjetiva a la base material y objetiva de la realidad. El pensamiento científico conforma la modernidad ha sido una evidencia y una tendencia para pensar lo humano y lo social donde la vida subjetiva se subordinó y se delimito a esas estructuraciones. Si bien la base cultural fue considerada como una dimensión totalizante y omnipresente en la sociedad, en el transcurso histórico, su papel en la vida social fue relegado, subordinado, limitado.

 

Pero en la era moderna se descubre la luz eléctrica y el hombre comienza a modificar el paisaje social y simbólico, el inicio de una división dentro del proceso de civilización humana hasta propiciar una bifurcación que se torna manifiesta en los tiempos recientes: el mundo, la vida humana, social y subjetiva, parecen modificarse a través de la aparición del espacio antropológico de lo mediático (Lowe, 1986) y el ciberespacio (Levy, 2007), que introdujeron el vector del tiempo de la aceleración, del tiempo del instante, del tiempo en presente, que anula distancias y pasa de una especialidad geométrica a una de orden geológica.

 

Ha sido una corta historia humana donde la metafísica retorna para ampliar las dimensiones de habitar y experimentar la vida en colectivo (Lash, 2005), y esto se hace evidente en la nueva edificación de los colectivos a escala mundial a través de denominaciones como sociedad global, sociedad del conocimiento, sociedad de la información, sociedad del consumo, donde lo simbólico es parte de los procesos de la conformación de la economía, la política y la sociedad. La dimensión cultural recorre y es base que se distribuye, organiza y dinamiza, y que se refleja en la presencia del deseo, los sentimientos, los afectos, las identidades, los valores, las representaciones.

 

En los márgenes de la corta historia de la modernidad dentro la larga travesía de la civilización humana permite ver determinados trazos de las sendas recorridas con cierta distancia.

 

Dos elementos se perciben: el proceso de un orden implicado de la vida social que organiza la vida subjetiva en colectivo y que es fundamental para moverse en los ejes espaciales y temporales de la vida social, proceso que nos remite a tiempos lejanos donde la religión, la moral, las cosmovisiones simbólicas y arquetípicas son antecedentes y remanentes de lo que desde la era moderna se ha llamado como cultura, y hoy comunicación; la presencia de la base cognitiva y comunicativa para configurar y dinamizar la vida simbólica que no sólo conforman las percepciones, sino las relaciones y representaciones sociales, nos llevan a otros procesos lejanos en el tiempo, aquellos donde el hombre adquiere determinadas tecnologías cognitivas y comunicacionales para establecer una memoria y un recurso de liga social y simbólica, como sería la aparición del lenguaje, la escritura, lo impreso, los medios de comunicación electrónicos, digitales.

 

 En esos procesos hay dinámicas de continuidad y discontinuidad, donde un orden se elabora y se expande a partir del orden anterior. Y esto no es sólo lo que acontece en la evolución y desarrollo del estrato social y cultural del hombre, sino igualmente de los factores biológicos, cognitivos, lingüísticos, simbólicos y comunicativos, aunque como señala André Langaney (Langaney, Clottes, Guilaine, Simonnet, 1999: 54), sus escalas y dinámicas de desarrollo en el tiempo “no son las mismas”, pero todas ellas enmarcadas en un tiempo que abarca miles de años donde se gestaron las capacidades simbólicas y cognitivas para edificar la realidad, las facultades que el hombre ha portado desde entonces y hasta el día de hoy (1999: 61).

 

Lo espacial y lo simbólico para habitar el mundo mediante la elaboración de lo simbólico, lingüístico y cognitivo que edifican los entornos, modifican sus paisajes, estructuran la percepción y la vida social y colectiva.

 

En ese sentido, y enmarcado en la modernidad, no es gratuito que Walter Benjamín cuando hablaba del cine en su texto, Pequeña historia de la fotografía[1], y decía que “proporcionaba material para una recepción colectiva simultánea como siempre ha hecho la arquitectura” señala un punto fundamental de la conformación de la cultura, no sólo el trabajo de lo espacial para organizar a las culturas edificando un orden simbólico espacial para organizar las subjetividades, sino que los antecedentes del orden simbólico vigente están en el que le ha precedido.

 

La afirmación de Benjamín puede ser vista como dos vectores del tiempo que se tocan y se desarrollan en su propio proceso: la ciudad como espacio para la vida social que se modifica en ordenes continuos y discontinuos; la tecnología que permite y organiza la vida colectiva y que en su andar abre nuevos procesos perceptivos y nuevos espacios para habitarlos colectivamente.

 

Si hoy los marcos tienden a ser las ciudades globales, multiculturales, posmodernas, y los recursos tecnológicos tienden a gestarse a través de lo digital, la interactividad, lo multimediático y multitextual, su presencia se establece a partir de los sustratos previos: la ciudad histórica, industrial, medida; la escritura, lo impreso, los medios de comunicación tradicionales.

 

Ordenes del tiempo y el espacio que se tocan y despliegan, que fermentan nuevas dimensiones, donde algo se disuelve, algo emerge, algo está en movimiento y en nuevas formas de organización y materialización.

 

Recorrido largo para colocar la mirada en el centro: muchas de las ciudades del país permanecieron casi inmutables por siglos y décadas, su estrato histórico que tensiono procesos de modernización, y sólo hasta los tiempos recientes se han dinamizado y comienzan a mutar y a moverse por los procesos de la globalización, la posmodernidad, la video y ciber esfera. Otros estratos y vectores espaciales y temporales que se ponen en movimiento y abren nuevas trayectorias pero que en paralelo activan los procesos irreversibles de su pasado y abren realidades emergentes, inéditas, recientes. En ello hay riesgos y posibilidades no sólo en lo que se refiere a las bases de la vida social, sino igualmente en la simbólica y cultural.

 

Un rasgo: así como señala Debray (2001) que las ciudades del pasado eran edificadas a partir del modelo del adulto, en los tiempos recientes se edifican a partir del modelo del joven. Quizá esa sea una imagen que señala los procesos de transformación de las ciudades volviendo el rostro hacia el futuro, lo internacional, lo nuevo, y que gran parte de las escenas cotidianas, de las problemáticas sociales generalizadas, de los desafíos del orden y la seguridad social, así como de las posibilidades del desarrollo, estén alrededor de los sectores juveniles, de otros jóvenes que guardan en si los códigos genéticos de la sociedad del pasado, pero igualmente de las mutaciones que se están gestando en la ciudad, la vida social, los universos simbólicos, los procesos de comunicación, la memoria y el inconsciente colectivo.

 

De la biblioteca a la televisión al Internet; de la radio al MP3 a My Space al iPhone; de la casa a la calle y la plaza al Messenger al Hi5 al Facebook; del parque y la escuela al video al videojuego al Double Life; de la fotografía al cine al video al DVD; de los cuentos infantiles a las caricaturas al anime.

 

Parte de los procesos que se han ido generalizando y que tienen en la punta más visible a los jóvenes, pero que detrás de ello se encuentran mutaciones generalizadas en la sociedad que acceden a ellas de maneras desigual, diferenciada, de acuerdo a los estratos generacionales, de género y de ubicación social y económica.

 

El mundo que se despliega en varios órdenes y está en marcha.


[1] La referencia a ese texto puede verse en  Benjamín, Walter (2007). Sobre la fotografía. Valencia, PRE-TEXTOS.

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