La noche del Coecillo 3. Final.

Los tiempos del instante (¿de la historia?)

 

 

¡Ahora sí puedes convertirte en un verdadero viajero! El gran viajero no sabe a dónde va; el que de verdad contempla, ignora lo que ve. Sus viajes no lo llevan a una parte de la creación y luego a otra; sus ojos no miran un objeto y después otro; todo lo ve junto. A esto es a lo que llamo contemplación.

Chuang Tzu

 

Mala fortuna para la literatura regional. No sólo porque lo regional ha sido una prenda interior que poco ha llamado la atención e interés, sino porque ha sido una de esas realidades de confrontación metafísica perenne: se impone por su materialidad, por su permanencia a lo largo del tiempo, su continuidad a lo largo de los días, de lo cotidiano, pero es difícil decir qué ha sido, qué es, porque es algo como dice Octavio Paz sobre la poesía: Se dice y se oye:/es real./Y apenas digo/es real/se disipa./¿Así es más real?. Quizá, más que una ontología, lo regional ha sido una deontología, algo que deviene de forma continua, un juego de hacerse en su deshacerse.

 

Mala fortuna, porque la literatura regional poco ha atraído la atención y, a lo más, ha sido producto de iniciativas pequeñas, de acciones universitarias para guardarse en librerías y bibliotecas universitarias, porque las editoriales en nuestros tiempos sólo editan y distribuyen aquella literatura que atrae públicos globalizados, pese a que los teóricos de lo global expresan que su contraparte es lo regional y que es la zona que menos se conoce, pero donde más impacto tiene en sus procesos de transformación.

 

Mala fortuna, porque hoy lo regional está vivo; más vivo que nunca. Pero es una realidad que se mueve vertiginosamente, y pocos asignan nombres a lo que se está vaciando y a lo que la está llenando, pese a las continuas manifestaciones de incertidumbre ante lo que se está viviendo, ante lo urgente de todo lo que está en juego en sus propias transformaciones, sin palabras-conceptos que puedan nombrar -aunque sea parcialmente- lo que está sucediendo.

 

No dejo de pensar en una frase de Néstor García Canclini, de su libro Lectores, espectadores e internautas, sobre la palabra local: “Lo local suele estar en otra parte”. No dejo de pensar que el conocer lo local se ha producido por dos vías: los lugareños que han tenido la actitud de un anticuario, que guardan reliquias de su vida y las conservan para que en el futuro adquieran un valor histórico y colectivo, y los viajeros que -en su andar- guardan para sí mismos las memorias de su experiencia, mirando todo de conjunto. Fernando Savater expresa que la filosofía “es una actividad inventada por griegos viajeros”. Raymond Williams señala que la literatura ha sido recreada por inmigrantes que escriben sobre su extrañeza, en una ciudad extraña.

 

Hoy lo regional, lo local, es conformado por migrantes y migraciones de todo tipo. ¿Cómo hablar de lo propio, de lo regional, desde ese horizonte de nuestros días? Pareciera que hoy vivimos algo similar a lo que sucedió en la región central de México: un espacio de fermentación ante continuas migraciones. Momentos de mutación, una zona del tiempo del no tiempo, donde todo sucede, todo se mezcla, todo puede suceder.

 

Más allá de lo global, de la posmodernidad, parece que el tiempo se ha levantado y ha vuelto a correr por el mundo, tocando y modificando todo espacio posible. En términos de Paul Virilio, es la entrada del vector luz del tiempo, que no sólo trae consigo una nueva dimensión, la de la aceleración y, por tanto, un nuevo tipo de experimentar la temporalidad: el tiempo del instante, ese instante que crea algo y desintegra algo. La historia entra en colapso; el mito retorna para esculpir el tiempo, llevándolo a una extensión límite. “El hombre no es el centro del mundo; es el fin del mundo”, expresa Virilio.

 

Los reflectores del consumo no están en la literatura regional, pero ahí está la matriz del tiempo acelerado por ella. La noche del Coecillo no es una historia de o en la ciudad de León; es un fractal, un rizoma, que se distribuye y otorga sentido y orientación; una matriz desde la que se clona la ciudad misma. Tiempo del no tiempo sobre el que se funda la historia, mundo urobórico: la historia cuenta de la fundación por tribus de indígenas inhóspitos, bravos, que han sido la huella por la que corre la sangre de barrios como el Coecillo y San Miguel, antecedentes de lo que se conocerá desde los setenta como chavos banda, pandillas, que en la novela son el trasfondo y el motor de la acción, de la memoria de los personajes -hoy estaríamos hablando de subculturas, de tribus urbanas. Otra vez, tribus, mundo urobórico.

 

¿Cómo escribiría hoy Alejandro García La noche del Coecillo? ¿En qué mundos vivirían y cómo serían Otoniel y Maruca? Probablemente un Coecillo muy diferente (cruzado por avenidas, lleno de tráfico, nuevos comercios); probablemente Otoniel y Maruca subirían al Optibús para recorrer la ciudad, irían al ciber café, tendrían su mp3 y rondarían como parte de algunas tribus urbanas, comerían pizza e irían a las plazas comerciales, traerían tatuajes, piercings, escucharían reggetón, shakiras, a los Temerarios, Alejandro Fernández, los Tigres del Norte. Probablemente la noche sería propiciada por narcotraficantes, mafias, donde no sólo habría lugareños, sino gente del Distrito Federal, Hermosillo, Guadalajara, Monterrey, chinos, coreanos. Pero el trasfondo sería el mismo: la inercia del pasado desplegándose, el tiempo cíclico retornando a todo galope, o a determinada cantidad de bites por segundo y cierta capacidad de memoria ram, siendo una resonancia de lo que escribió quince años antes, que probablemente habría sido una resonancia, si la hubiera escrito cincuenta u ochenta años atrás.

 

En todos los casos, permanecería lo que hoy cunde por el mundo y ha sido norma en las regiones: el miedo a la impermanencia, al desaparecer, a la muerte individual e histórica; la búsqueda de una rendija ante sus muros, que parecen extenderse una y otra vez, en una tendencia que va y viene y, en ese ir y venir, va haciendo evidente que hemos vivido en una larga y oscura noche del alma, aunque a veces creamos tocar el cielo.

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