La Noche del Coecillo 2

Del logos al mito

 

 

A la luz de los mitos recurrentes, hay que saber identificar la repetición de las ideas obsesivas y saber repetir, de una manera no menos obsesiva, esos hechos mismos.

Michel Maffesoli, El instante eterno.

 

Al reflexionar sobre la novela de Alejandro García, no dejo de pensar en dos ideas esbozadas por Milán Kundera en su libro El arte de la novela.

 

La primera es aquélla donde expresa: “Ahora bien, no me cansaré de repetir: la única razón de ser de la novela es decir aquello que tan sólo la novela puede decir”. Entro en la idea: los libros sobre la historia de la ciudad de León no han dicho todo sobre la ciudad y su historia. Alejandro lo ha hecho alejándose de la historia, encontrando en la literatura, la novela, algo que sólo de esa manera se puede decir de la ciudad a lo largo del tiempo.

 

Y entonces viene la segunda, donde Kundera expresa: “Todas las novelas de todos los tiempos se orientan hacia el enigma del yo. En cuanto se crea un ser imaginario, un personaje, se enfrenta uno automáticamente a la pregunta siguiente: ¿qué es el yo?”. Leo una de las frases finales de La noche del Coecillo:

 

-¿Saliste del barrio alguna vez?

-Nunca.

 

Pareciera que no sólo se trata de los personajes de la novela, sino del mismo autor. Alejandro se ha marchado de León, pero su mundo interior se nutre de su infancia, de su adolescencia, de su casa o barrio. Algunas de sus novelas están ahí para hacerlo evidente; hasta su mismo blog personal. Pareciera que al pasar por su vida, al volver atrás, encuentra a un hombre entrando a la neblina, como en el haikú del principio; no a la historia, sino al mundo de los sueños, la memoria, los demonios, como diría Mario Vargas Llosa, que han poblado su mundo. Su extraña atracción por la literatura clásica o regional -extraña, porque no está de moda ni vende ni da fama inmediata como la que otorgan las líneas literarias mediáticas o globales- lo podría igualmente corroborar.

 

Pero la obra de Alejandro -al hablar de su pasado, de su ciudad- implica buscar una forma narrativa que lo exprese de la mejor manera: no la norma literaria, no la escritura intelectual o académica, no la historia novelada; sí  otra, más cercana al rumor de lo cotidiano, a los sentimientos personales y colectivos que se despliegan en cada situación y ocasión, en el malabarismo de las palabras, en la magia de los merolicos, magos o embaucadores, que juegan con la realidad, con el tiempo y lo tornan niebla, noche, todo.

 

La novela de Alejandro García no es la historia ni es para hacer historia. Quizá, quizá, sea el tono del mito, aquella dimensión del acontecimiento aislado pero que es el resonar del pasado, que permite ver cómo la fuerza del destino se asoma y deja caer su capa, su lap top, y la voz de cada personaje es la voz en plural de una sociedad, de una generación, de muchas generaciones (barrios, vecindades, amistades, pandillas). El lugar es el Coecillo, pero bien puede ser la misma ciudad, el país. Los personajes están encerrados en el Coecillo, lo odian, pero lo extrañan y lo aman. Su aspiración no es morir; es salir para encontrar otra vida, otro aire, como ha sucedido con muchos jóvenes leoneses con la ciudad misma a lo largo del tiempo; ese esfuerzo de lograr aparecer en el mapa del país, ser modernos, rechazando la modernidad.

 

Por eso, el yo de Alejandro como autor, es el yo de sus personajes: atrapados en un mundo que se ha estrechado en su vida y por su historia, habitado por arquetipos que encarnan en individuos, en personajes que son la matriz que los modela, que los conecta grupalmente, que se reinventa cotidianamente para ser vida social de todos los días, que pretender entrar en el mundo de la historia, propio de la modernidad: casarse e ir a vivir a otra parte; casarse y que el mundo violento, agresivo, corrosivo, sea disuelto en un acto de amor, coquetería, expiación, en no perder la infancia, la ilusión, el juego, el mundo que sorprende pese a que ya se conoce.

 

Es lo estrecho de un mundo que hace aparecer su lazo social, aquello que conecta los tiempos, no lo que enaltece o es meritorio heredar-retratar por la historicidad local, que en su búsqueda de sus carnes y sus músculos, lo que ha unido, lo que ha dado vida colectiva y continuidad, queda en las veredas de la periferia, en los confines de la noche, en el inconsciente colectivo

 

Juego paradójico: la ruta de la novela es el tiempo de los mitos para recuperar el pasado y entender eso que se ha llamado ciudad de León y su historia, mientras que quienes han pretendido hacer la historia de la ciudad, lo han hecho queriendo elevarla a rango de mito fundacional y devocional.

 

Lo estrecho que tiene demasiada fuerza, explosiva y expansiva, que lo torna visible de modo violento, amargo, esperanzador, en una sola noche, a la orilla de un arroyo muerto donde todos los rumores y fantasmas, como el viento, van y vienen sin haberse ido.

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