La noche del Coecillo 1.

Hace unos meses escribí la presentación del libro, La noche del Coecillo, del escritor leonés Alejandro García. El libro se editó por primera vez en 1996 y una de las cosas que me llamó la atención es que era la primera obra narrativa que leía que se ubicaba en la ciudad de León, Guanajuato, en México.

La segunda edición me hizo pensar en la obra y en las circunstancias de la ciudad en el inicio del siglo XXI.

En este espacio iré subiendo por partes la presentación que escribí.

De la impermanencia

 

 

Releer La noche del Coecillo, de Alejandro García, quince años después de su primera impresión. Nuevamente, ¿por qué? Revisó mi libro, aquel que utilice hace quince años, y encuentro sólo una nota: “Y nuevamente, ¿por qué el Coecillo? No puedo evitarlo: durante la relectura se despliegan simultáneamente cuatro imágenes, tiempo de lo sincrónico donde se tejen diversos sentidos, con rumbos en paralelo pero un mismo escenario y un actor en común: la ciudad de León y sus jóvenes. No lo niego, son dos de mis obsesiones de pensamiento

 

Por un lado, no dejo de sentir y reconocer el León de la época de la adolescencia de Alejandro, algo que compartimos pues nacimos en la misma ciudad y el mismo año. Pero también está la época, múltiple, en la que ubica la historia y que se puede identificar a través de una diversidad de referentes que cubren la atmósfera en la que se mueven los personajes. Igualmente pienso en los jóvenes de la época en que salió al público la novela, finales de los noventa. Finalmente, no dejo de pensar en los jóvenes que leerán la novela a partir de su segunda edición.

 

Quizá está forma de leer la novela a través de cuatro tramas diferentes sea porque la misma novela, conforme pasa el tiempo, lo propicia. Tal vez sea por mi obsesión de comparar, articular, tejer temporalidades y transformaciones socioculturales, sociohistóricas, para ver cómo en todas esas alteraciones hay un hilo conductor: la mentalidad, las ideologías, las costuras colectivas de lo simbólico; las huellas que se dejan para actualizar nuevos personajes, costumbres, valores, como un vaso que continuamente derrama un líquido para llenarlo con uno nuevo. Pero igualmente, me invita una serie de acontecimientos que corren por el país, el estado de Guanajuato, la ciudad de León y que a simple vista parecen hechos del momento, que ya pasarán, pero no la senda creada por la historia, que seguirá viva señalando otras cosas. Me refiero al desprecio, rechazo y repudio a los jóvenes emo, parte de los jóvenes del hoy, los que serán adultos en la segunda década del siglo XXI, muchos de los lectores potenciales de La noche del Coecillo.

 

Permítanme dar un rodeo que, reconozco, puede perder sentido y caducidad. Al ver lo que ha ido sucediendo con los emos, no dejo de pensar algunas cosas. En lo que en los últimos meses -y años, probablemente- ha sido tema de agenda política y social de los medios de comunicación, principalmente los locales. En algunas imágenes de notas principales, foros de debate, cortes informativos radiofónicos, noticias del día por la televisión, coberturas y entrevistas a políticos y funcionarios estatales y locales, consultas a especialistas en la materia, se desgrana una continua serie de temas preocupantes y urgentes: la creciente y generalizada onda de violencia; narcotráfico; suicidios, no sólo de adolescentes; homosexualidad y trasvestismos; anorexia y bulimia; el calzado chino y la saturación de calles y avenidas por la acumulación de autos y diversos tipos de transporte; envejecimiento, epidemias, gordura y sus enfermedades consecuentes; el culto a la santa muerte, tatuajes, mujeres solteras a los treinta años, accidentes viales atribuidos al alcohol. ¿Tiene algo que ver todo con todo? ¿Tiene que ver todo ello con los emos? Esbozo una hipótesis: el miedo a la muerte, para unos; el miedo a envejecer, para otros; el fin de algo que no deja de ver que hay un futuro, un camino seguro. El retorno del miedo ancestral de los bárbaros.

 

Pero, ¿es así? Pienso en el lado contrario de la moneda: las familias visitando las plazas comerciales cada fin de semana, sus hijos a los antros o rodeos cada viernes; las mujeres y sus reuniones en los cafecitos que abren, cierran, y en ese ir y venir, van creciendo; la aparición por todos lados de gimnasios, clases de zumba, yoga, spas, centros holísticos, en un mano a mano con templos católicos y no católicos por todos los rumbos de la ciudad; la pasión por el deporte, la música, las tiendas de videos llenas de personas comprando ofertas a granel, y los tianguis vendiendo las películas que aún no se estrenan, igualmente a granel; el desbordamiento de fraccionamientos, casas habitación, donde algunos, no todos ni demasiados, pueden pensar su micro mundo, decorarlo, hacerlo a su medida, gusto y sentimiento, mientras el macromundo, la ciudad y más allá, se mueve en el frenesí, el caos, la incertidumbre, lo inaprehensible de tener algo y ser alguien para toda la vida, y para ello están las camionetas, esa extensión de la casa en forma móvil que otorga seguridad y autoridad, que además, da la sensación de cubrir el molde, la expectativa de ser una familia, todavía, que resiste los embates del distanciamiento, de la edad y de la vida en la ciudad, y las modas sucesivas de ser familia, pareja, hijas e hijos. ¿Hay algo en común en todo ello? ¿Hay algo en común con las imágenes anteriores? Esbozo una hipótesis: miedo a la impermanencia, a la muerte, a envejecer, pero visto desde otra postura y forma de encarar la vida.

 

No me pregunto cuál de las dos es mejor, verdadera, auténtica o la menos peor: todos estamos en el mismo bote, en diferente zona y camarote. Más bien me pregunto por qué se da eso de una manera particular en la ciudad de León, por qué en las provincias de nuestro país. Parece algo nuevo, pero creo que es algo añejo.

 

Pensemos en la conformación del país durante la época colonial, pero todo el país, no sólo su capital: zonas alejadas de la mano de Dios, creando su propio mundo, su propia historia que poco se registra y mucho queda en sus monumentos, costumbres, ropas, comida, mentalidades. Una historia subordinada en muchos sentidos, ocupada por pocos que la guían y la mantienen. Con mecanismos creados para mantener su continuidad a través de personalidades colectivas, ritos, tradiciones, normas, sentimientos masivos como la religión, la identidad, el orgullo de ser, de tener. Cada rasgo de estos mundos como la plancha de metal para imprimir la misma huella a través del tiempo, como un acto y un conocimiento colectivo, asumido individual o grupalmente. Luchas de poder, resistencias varias, sentidos diversos de lo que es pertenecer y continuar. En muchos de estos lugares la modernidad fue un soplo que ahora, con lo global, parece no sólo moverse y traer cosas nuevas, insólitas, muy diferentes a lo anteriormente visto o experimentado, sino además, muchas cosas que parecían dormidas o que actuaban en lo oculto, pero en acueductos profundos, que comienzan a aparecer y ser parte de todos los días, de lo nuevo. ¿Cólera y sarampión en tiempos de su erradicación? ¿Misticismo en tiempo de la ciencia cuántica y la exploración del universo? ¿Rebeldes sin causa que se sumen en el iPod, en la ropa negra con rosa y en el sinsentido de la vida y del actuar por ella? ¿Jóvenes que no quieren estudiar, ni leer, en tiempos del acceso a una fuente de conocimiento y de memoria como nunca se había tenido, el internet, y de soportes para portarlo por todos lados como los mp3, los USB, los celulares, y otros más? Como expresó una alumna, ¿tiempos de mayor realismo encontrados en los manga y anime, los videojuegos y la realidad virtual en tiempos de cobertura total y tiempo real de los medios de comunicación? Pareciera que el tiempo sedimentado, guardado, ocultado, en muchas de estas ciudades desde tiempos en que comenzaba su historia y comenzaban a forjar su mito de identidad y de continuidad, se reaparecen como fantasmas, espectros, demonios, todo aquello que representa la noche y alimenta las leyendas locales, pero ahora combinados con extraterrestres, chupacabras, orcos, elfos, caballeros del zodiaco, transformers, niños índigo, maras, zetas, emos y otras especies de la zoología de lo fantástico, sobrenatural y tenebroso que corren por nuestros mundos imaginarios, tertulias y juegos infantiles de los tiempos post.

 

Otra vez me pregunto: ¿es así? ¿En la ciudad de León ha sido, es, así? Reviso los libros de historia y no encuentra nada. Reviso la prensa del pasado, y se asoma en diversas secciones, como ahora sucede con las primeras páginas. Entonces, ¿a dónde recurrir? A la literatura. ¿Cuál? ¿Qué obra se ha escrito desde y sobre la ciudad de León? Silencio, rumores, pocos libros hay. Entonces, aparece La noche del Coecillo.

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Una respuesta a “La noche del Coecillo 1.

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